Europa, más lejos de los ciudadanos

Por Mário Soares, ex presidente y ex primer ministro de Portugal. Traducción de Carlos Gumpert (EL PAÍS, 06/07/07):

El Consejo Europeo reunido en Bruselas para reactivar la marcha de la Unión Europea, después de los encomiables esfuerzos realizados por la presidencia alemana -y por la canciller Merkel, en particular-, y para dejar un mandato “claro y preciso” a la presidencia portuguesa, ¿ha sido realmente un éxito, como pretende hacernos creer el habitual marketing político con el que por lo general se saldan los cónclaves europeos?

Mucho me temo que no, por lo que he podido comprender tras la atenta lectura del “Proyecto de Mandato de la CIG”, que pude hallar en Internet y que no he visto trascrito en los medios de prensa internacionales que leo habitualmente. El Tratado Reformador, como ahora se llama, no es un miniacuerdo, ni ha sido simplificado, como pretendía el presidente Sarkozy. Es grande, amplio y extremadamente complejo.

Para empezar, vuelven a ponerse en vigor los tratados anteriores (que el Tratado Constitucional debía sustituir) y se incluyen dos cláusulas substanciales de alteración del Tratado de la Unión Europea (TUE) y del Tratado de institución de la Comunidad Europea (TCE), que pasará a ser designado como Tratado sobre el funcionamiento de la Unión. Añádase a esto que tanto el Tratado de la Unión Europea como el Tratado sobre el funcionamiento de la Unión no tendrán carácter constitucional. La palabra Constitución pasa a ser un verdadero tabú. Ha quedado absolutamente proscrita de los dos textos, como una palabra maldita. La designación de “Ministro de Asuntos Exteriores de la Unión” será sustituida también por la de “Alto Representante de la Unión para los Asuntos Exteriores y la Política de Seguridad”. Se ve que la palabra ministro hace pensar en Gobierno y Estado, y eso, para la Unión, es asimismo un tabú. Lo mismo ocurre con las denominaciones de ley y de ley-marco, que pasarán a denominarse reglamentos, directivas y decisiones. Son ejemplos expresivos de arreglos políticos oportunistas, sin alma ni visión de futuro.

A estas alturas -y sólo estamos al principio del “Proyecto de Mandato”, que se explaya a lo largo de 18 largas páginas, de diminuta letra- los lectores interesados estarán ya confusos y hastiados. ¿Qué ocurrirá, pues, con los ciudadanos comunes europeos que quieran, honradamente, conocer las reglas por las que se rige esa Europa en la que viven y en la que creen?

Nótese que las modificaciones terminológicas no son inocentes en absoluto. Todo lo contrario. Representan la expresión más acabada del pensamiento euroescéptico, antieuropeísta, que siente horror ante la Europa Política y Social, y ve la Unión únicamente como una vasta área de libre intercambio, un mercado, con una política financiera estricta y políticas económicas, sociales y fiscales insuficientemente coordinadas. ¡Cuán lejos estamos de la prometida “Europa de los Ciudadanos”!

El texto del Mandato, para todo aquel que lo lea, representa un hábil ejercicio de hipocresía política. Se ha transigido, de forma grave, con el euroescepticismo británico, al haberse permitido que desaparezcan los símbolos (bandera, himno, lema, etcétera), cuando está claro que los símbolos son formas esenciales de identidad. Los “entendidos”, sin embargo, nos guiñan un ojo y nos dicen: “tranquilidad, el 80% del contenido se ha mantenido idéntico”. Sencillamente, eso no está escrito ni es verdad.

Lo que resulta indefendible es que los gobernantes europeos, por miedo y superficialidad, se opongan a asumir la identidad europea. El federalismo, sobrentendido en el antiguo Proyecto Constitucional, desaparece. ¿Cómo resultará posible, de esa manera, estimular y desarrollar la ciudadanía europea? El foso que separa a los ciudadanos europeos de las instituciones se ha ensanchado considerablemente. Y eso es dramático. Porque de ello se derivarán, inevitablemente, consecuencias negativas que no tardarán de dejarse sentir. Wait and see.

¿De qué manera podrá la Unión Europea adquirir un protagonismo global en la escena internacional -que tan necesario sería para el mundo- cuando son reforzados conscientemente los poderes de los Estados nacionales (que son los que mandan, cada vez con mayores dificultades para establecer consensos) y vemos cómo se esfuman las competencias de la Unión, convertida en una entidad difusa y ambigua, que teme afirmar lo que es y en qué dirección camina? ¿Será todo esto una nueva forma de esa “transparencia política”, a la que tanto apelan los dirigentes europeos?

Y mientras tanto, todos los Estados europeos saben -por más que lo nieguen- que por sí solos, sean los que sean, incluso los de mayor peso, como Alemania, no tienen ni la entidad ni la dimensión suficientes para poder competir, con éxito, en el mundo globalizado de nuestros días.

En realidad, lo que ocurrió en la Cumbre de Bruselas fue que dos Estados miembros bloquearon los avances, tan necesarios, de la construcción europea: el Reino Unido (que como todos sabemos nunca los deseó) y Polonia (por razones coyunturales, aunque utilizando argumentos inaceptables). Están en su derecho de decir cuanto quieran y ser respetados. Pero no de impedir el avance de los demás. Ésa es la cuestión.

El motor franco-alemán -que según se dice ha sido recompuesto, ¡ojalá sea así!- resolvió ceder ante la presión británica, cuando 18 Estados (de 27) ya habían ratificado el Tratado Constitucional y algunos más, entre los que se hallaban Portugal e Irlanda, se disponían a hacerlo. Ni siquiera se pensó en recurrir a una cooperación reforzada, para aprobar el Tratado Constitucional, para lo cual bastarían nueve países, por ejemplo. Realmente, insisto, ¿tiene sentido que dos Estados bloqueen los avances que los otros 20 o incluso 25 aceptan, con mayor o menor entusiasmo?

A Portugal, independientemente de su voluntad, le ha correspondido la muy embarazosa papeleta de la “patata caliente”, es decir, la responsabilidad de llevar a buen puerto -y con rapidez- el mandato imperativo que el Consejo Europeo de Bruselas le ha legado. Confío en que no surjan nuevas dificultades (Polonia ya ha planteado veladas amenazas), ahora que los antieuropeístas lanzan cohetes y se consideran vencedores. Veremos.

Portugal, además, va a tener que ocuparse, exhaustivamente, de las muy importantes cumbres previstas para Lisboa: de la Unión Europea con Brasil, con Rusia, con África y otras más, aparte de su objetivo de estimular la muy importante “Estrategia de Lisboa”. Sin olvidar los imprevistos, que siempre surgen.

Jacques Delors, en un artículo que publicó en Le Nouvel Observateur, escribía con contenida resignación: “Europa siempre ha avanzado así: dos pasos hacia adelante y uno para atrás”. Mucho me temo que esta vez los dos pasos hacia adelante son de menor calado -y significado político- que el enorme paso que se ha dado hacia atrás. Pero, claro, y lo digo como europeísta convencido: “Atrás de tempo, tempo virá” [demos tiempo al tiempo].

La Unión Política Europea (con Turquía, desde luego) es indispensable, representa el proyecto político de paz más original y prometedor del siglo XX y para el siglo XXI, y algún día acabará por asentarse, en contra de los egoísmos nacionalistas, de tan cortas miras, de ciertos políticos europeos.