Europa no es tonta

Hace unas semanas, el futuro inmediato de España pasaba por la relación embrionaria de Sánchez con Iglesias. Sánchez, como un huevo de Fabergé, adornado por fuera y hueco por dentro, e Iglesias como uno de serpiente, denteroso en apariencia y peligroso en su interior. La simbiosis se concretaba en que Iglesias colmaba de ideas la vacuidad de Sánchez, y este le aportaba un poder del que el otro carecía. Sin embargo, el destino de esta vida en común va a cambiar. Europa, a quien traspasamos libremente parte de nuestra soberanía, tiene sus propias ideas de cómo salir de la crisis.

Como nos han relatado hasta la saciedad, los presidentes europeos más conscientes del valor del dinero, preferían que la ayuda dedicada a la reconstrucción pos-Covid fuese en créditos a devolver en breve. Desde los liberales (Países Bajos) hasta los socialistas (Suecia) ven que la forma de ayudar al pobre es hacer de él un elemento productivo y no un adicto a la benevolencia del estado. Su tesis es que lo que nos tiene que unir a los europeos es la querencia al proyecto en común, y no una deuda de por vida, porque el despilfarro -Sánchez ha disparado el déficit un 24%- tiene dientes y deja huella.

El Covid ha sido una tragedia para todos, pero unos la afrontaron mejor que otros (8-M) y no se puede premiar al que lo hizo mal. El planteamiento de los más concienzudos pretende ayudar a la Unión: exige reformas para evitar caer en un pozo sin salida; no desean financiar con sus ahorros regímenes clientelares como el nuestro. Por si fuera poco, quienes piden esos fondos son los que han dicho que los europeos disfrutan imponiendo recortes, atacan al Rey, la prensa, los jueces y fomentan el independentismo. Definitivamente para esto no debe haber dinero y creo que la mayoría estará de acuerdo.

Por el contrario, nuestros gobernantes han invocado que el dinero es de todos, con amenazas sutiles del riesgo que corre Europa de no aceptar esa premisa. «La solidaridad está bien», nos contestan, pero si es inteligente. Los viajes de nuestro presidente por Europa no lo han sido. Sabía Sánchez desde hacía meses lo que pensaban nuestros socios y lo ocultaba para poder presumir de que con él las cosas iban a ser diferentes, confiando en que una carambola de última hora le diera la razón. Creía, en su desbocada presunción, que podría hacer a nuestros socios un «Pedrosánchez» (expresión que algunos medios digitales indican que será admitida por la Real Academia de la Lengua Española) y justificar los gastos a chorro en Bruselas con cromos del hombre lobo.

Europa no es tonta y por eso ha discutido tanto. Resulta fácil concluir que en esta negociación al final todos han cedido en la cuantía y proporción de ayudas y préstamos, sin marcados vencedores ni vencidos, aunque Sánchez -patéticamente- ya se está proclamando campeón. Los fondos fluirán con unas condiciones en forma de ajustes, derechos fundamentales o blindaje de la reforma laboral. Ahora bien, ¿esas imposiciones no deseadas supondrán en nuestro caso la ruptura del gobierno de coalición? No lo creo; Iglesias, por no perder sus canonjías, es capaz de aceptar cualquier cosa, incluso que no lo enseñen; pirueta que no lo hace desaparecer. Alguien me apuntaba que para algunos europeos, es Makavity el personaje maligno de TS Elliot, en huida permanente de los conflictos que a hurtadillas genera.

Iglesias sabe que si sale del Gobierno, no regresará. Él, que se ha acostumbrado a tener diez guardias civiles a la entrada de su casa, no podría vivir con solo una portera. Como buen leninista, la dignidad le trae al fresco, solo le importa el poder y no le sacarán de La Moncloa ni con polvorones. Pues bien, anticipar esa certeza, le ha proporcionado flexibilidad a Sánchez para ceder en esta tensa negociación. Pero que prefiriera que fuese la Comisión Europea (los «ejecutivos») y no el Consejo (los «presidentes») los que le controlasen, delataba que pretendía un coladero imposible para hacer con el dinero lo que quisiera.

Aun con el acuerdo cerrado, Sánchez seguirá precisando avales para los sucesivos desembolsos. Pero los busca sin gracia y mal. Repite que «algunos» deben ayudar. Pero, ¿quienes son «algunos»? «Algunos» es el Partido Popular (con mayores influencias e imagen de seriedad en La Unión) a quien ha intentado de manera infantil culpar por adelantado de sus fiascos, cuando lo suyo sería dejarse ayudar acordando temas económicos y sociales con él en España.

Todo desprecio tiene su limite, y el PP «no debería intentar contentar al que no se va a contentar». Una cosa es no perder la moderación y otra que «cuando hay que dar hay que dar». Pudimos comprobar que Sánchez nunca agradeció a Casado su comportamiento leal en el estado de alarma, o su apoyo en Bruselas a la candidatura de Calviño a presidir el Eurogrupo. Por eso, el PP bien haría en plantar cara a las acusaciones del presidente de que estorba en Europa (le estorban a él), o que quieren derribar al Gobierno (pues claro que quieren derribar al Gobierno). Ese clima no debería ser incompatible (aunque lo parezca) con consensuar unos presupuestos. Por lo menos durante dos o tres ejercicios vamos a necesitar respiración asistida, circunstancia que, si Sánchez la intenta sobrellevar solo en Europa, le tostará en el caldero, a la cuisson douce, y permitirá al PSOE por fin concienciarse de por qué ni los socialistas europeos se fían de su líder.

Por primera vez, en mucho tiempo, los esfuerzos de la izquierda pueden valer para aprender a administrar nuestra economía (contabilizar, medir, controlar; sin olvidar estas dos últimas). Estaban acostumbrados a llegar al Gobierno a mesa puesta cuando el trabajo duro y el buen criterio lo servían los demás. Ahora se están dando cuenta de que gobernar es desempeñarse en lo práctico con disciplina y obligación de acertar. Cierto es que con la pandemia han trabajado, pero acertar han acertado muy poco; tal vez porque sus cuadros son mediocres, porque consideren la eficacia una virtud enojosa (que lo es) o porque lograr permanentes compromisos con su socio desde posiciones ideológicas distantes, induce al error. Pues bien, tenemos la suerte de que esa virtud de la eficacia en Europa es la dominante, que sus dirigentes la administran con decencia como buenos padres de familia y que todos ellos, al margen de la posición que parezca que les alinea -cambiante en cosa de horas- están al cabo de la calle de la pareja con la que están tratando. Europa es para todos el gran valladar que nos defiende de la insensatez; y es nuestra enorme fortuna.

José Félix Pérez-Orive Carceller es abogado.

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