Europa, patria ‘nostra’

En la tediosa y chabacana campaña electoral europea se habló de todo menos de Europa, y en eso han coincidido todos los comentaristas. Europa sigue siendo sólo ocasión, pretexto y excusa para tirarse los trastos a la cabeza, pensando en las próximas elecciones legislativas o autonómicas, o para defender los intereses de cada partido. Si las últimas campañas ya fueron malas, ésta debió de ser la peor de todas. La larga abstención ha sido uno de sus frutos. Y el análisis general de los resultados en clave electoral española, otro.

Recuerdo con nostalgia las primeras campañas, cuando hablábamos del nacimiento de la entonces Comunidad Europea, de su desarrollo, sus posibilidades; de su significado para la paz de Europa, para el equilibrio económico y social de sus Estados, el desarrollo de sus antiguas colonias y de todo el llamado tercer mundo… Citábamos con entusiasmo a los «padres» europeos Schuman, De Gasperi, Adenauer, Monnet, Spack, Madariaga, Spinelli… Sabíamos que unos eran democristianos (la mayoría), socialistas, socialdemócratas, liberales, independientes…Qué más daba. Yo venía de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, donde habíamos votado, también mi grupo socialista, a Marcelino Oreja para secretario general del Consejo, y donde los que nos precedieron habían votado a José María de Areilza para presidente de la Asamblea. Qué entusiasmo aquel, qué concordia en lo esencial, Dios mío.

Quienes parecen querer levantar un poco el tono hablan ahora, con retraso de cuarenta años, de la Europa de los Pueblos, los Estados Unidos de Europa o de la Europa federal. Pero la Unión Europea no va a volver a los reinos, repúblicas, principados, ducados, condados o señoríos de la Edad Media, como añoran algunos tradicionalistas empantanados en el tiempo; ni va a ser un mega Estado omnipotente y omnipresente, ni una Federación al uso, porque las naciones-Estados de Europa tienen hoy una personalidad histórica que las colonias europeas en la Norteamérica del siglo XVII y XVIII, o los estados federados alemanes o suizos del XIX no tuvieron ni de lejos. La Unión de los 27, que no es tampoco la Europa «carolingia» de los Seis, es un hecho nuevo al que debe corresponder un derecho nuevo igualmente: que el derecho sigue al hecho, y no al revés.

Se dice y se repite, para ennegrecer más el cuadro, que Europa está en decadencia o que Europa no sabe a dónde va ni qué va a ser de ella: que si el Tratado de Niza, que si el de Lisboa, que si esto o que si lo otro. Y algo de eso sucede, porque, entre otras cosas, en la Unión se cultiva poco, y en España todavía menos, la memoria (que siempre es histórica), pero no una parte de ella sino toda, el entendimiento y la voluntad para saber qué ha sido (y sigue siendo en buena parte) y qué es, a fin de poder saber qué puede ser y qué queremos que sea.

Tras un siglo a cuya cuenta hay que poner algunos de los mayores crímenes colectivos de la humanidad, y dentro de un sistema económico-político neoliberal que supura múltiples violencias, ninguna institución como la Unión Europea puede tener los arrestos para hacer posible esa cultura del amor y de la paz, más allá de la estricta justicia, que ya sería mucho, a favor de ésos que llamamos beatíficamente «desfavorecidos» y que suelen ser en realidad los «humillados de la tierra». Aunque las cifras económicas de la solidaridad actuante son todavía mínimas, no hay nada en el mundo, excepto algunos estados miembros, que igualen o superen los esfuerzos hechos hasta ahora en este sentido.

Y, en fin, la Unión está hoy en el primer lugar de la ayuda a la comunidad mundial en la defensa de los «derechos de la Tierra», la causa más popular, después de la lucha contra el hambre, en todo el mundo. La Europa que dominó el mundo durante siglos y abusó con frecuencia de él, ha aprendido mejor que nadie, después de sufrir muchos escarmientos, las ventajas y las posibilidades activas del «desdominio», del reposo sabático y no pasivo del «homo faber» y del homo «dominator», reconvertido a otros valores distintos de la pura y exclusiva acción depredadora.

Por lo visto, hay temas suficientes para una buena campaña electoral, en la que pueden incluirse los grandes asuntos actuales, desde el paro a la violencia, desde la inmigración al fracaso escolar, en un marco europeo, sin concesiones a la demagogia ni a la impostura. Pero eso es casi imposible mientras Europa sea sólo para nosotros mercado y, a lo más, administración. Hace cinco siglos y medio, uno de los más gloriosos humanistas de su tiempo, Aeneas Silvius Piccolomini, de nombre legendario y pagano, escribía sobre uno de los acontecimientos más graves de sus días: «Nunc vero in Europa, id est, in patria, in domo propria, in sede nostra…» («Sucede esto ahora mismo en Europa, es decir, en nuestra patria, en nuestra propia casa…)

Víctor Manuel Arbeloa, parlamentario del Consejo de Europa en 1982-1986 y diputado al Parlamento Europeo en 1986-1995.