Europa perdida

Europa está perdida. Y esta vez no parece haber sido el toro quien la ha raptado. Más bien es ella misma la que se ha perdido en el bosque de una democracia que no termina de funcionar al nivel de la soñada Europa. De aquella Europa que comenzó como una necesidad para evitar de nuevo las guerras cruentas en su territorio, y que se fue desarrollando a partir de la necesidad de hallar soluciones a problemas concretos, sin un marco competencial claramente delimitado, pasando por expansiones sucesivas hasta llegar a contar con 27 miembros actualmente. Y con un intento, por ahora fallido, por dotarse de una especie de Constitución, compleja, demasiado extensa, repetitiva y que más que una Constitución era una refundición de leyes y directivas en vigor, se ha llegado a una Europa que se ha perdido a sí misma porque ha perdido a sus ciudadanos, o no ha logrado atraerlos. Europa es una realidad como mercado único.

Es una realidad como moneda única. Posee dos órganos de gobierno, el Consejo de Ministros y la Comisión, y un órgano legislativo, aunque aún no plenamente desarrollado. Pero no posee una ciudadanía común que se sienta como tal. Y tampoco posee una opinión pública común. La ciudadanía parece estar referida todavía al marco de los estados nacionales, al igual que la opinión pública. Y a falta de estos dos elementos, Europa no existe como democracia de pleno valor.

Es cierto que en la mayoría de los países la campaña electoral para las últimas elecciones europeas se centró en cuestiones de política interior de cada país. Más cierto, y mucho más preocupante, es que cuando el tema de la campaña electoral fue la Europa política, lo fue para oponerse claramente a ella: de ahí el auge de los partidos de extrema derecha y de los partidos contrarios a la unión política europea, coincidiendo en algunos casos ambas tendencias.

Como se preguntaba una periodista alemana, analizando los resultados electorales, ¿será que el electorado socialista y/o socialdemócrata es especialmente reacio a la Unión Europea, pues sus malos resultados han sido adjudicados a la abstención?

Sería demasiado fácil cargar sobre las espaldas de los votantes abstencionistas los problemas de la falta de proyecto europeo. No es fácil suponer que los ciudadanos europeos no sean conscientes de que a la globalización, con todos sus problemas, especialmente en las actuales circunstancias, no es fácil hacerle frente desde los estados nacionales de forma individual, máxime cuando los responsables han recurrido casi exclusivamente a la raíz externa de los problemas propios.

Sería también demasiado fácil recurrir al argumento de que los ciudadanos actuales de Europa ven la libertad como algo evidente y que no está en peligro, siendo así que la preservación de la paz y de la libertad fue el motor del desarrollo de la unidad europea. Es cierto que la mayoría de las generaciones europeas actuales no han tenido que conquistar la libertad y la paz con el sacrificio propio. Pero no es suficiente.
Mejor sería apuntar a que la Unión Europea ha sido más un proyecto de las élites políticas e intelectuales que un proyecto ciudadano. Es cierto que al principio la ciudadanía pudo acompañar a sus élites con cierta ilusión. Pero el edificio resultante ha crecido hasta hacerse irreconocible: además de que la mayoría de ciudadanos europeos serían –mejor: seríamos– incapaces de decir cuáles son las competencias de la Comisión, cuáles las del Consejo de Ministros, cuáles las del Parlamento, quién posee la iniciativa legislativa, cuándo actúan los órganos europeos, cuándo funciona el principio de subsidiariedad. A casi todos ellos se les plantearía el problema que forzó la reforma del orden federal en Alemania: a quién se le pueden pedir responsabilidades, en qué caso y por qué razón.

Sin esa adjudicación de responsabilidades, sin la posibilidad de pedir cuentas claras por actos concretos en casos también concretos, la democracia sufre, y a los ciudadanos les resulta difícil identificarse con determinadas instituciones. En esta situación, de nada sirve proclamar que Europa debe avanzar hacia una verdadera federación de estados. Tampoco creo que sirva mucho reclamar la elección popular de un presidente europeo, ni quejarse de que el Consejo de Ministros europeo no cuente con suficiente legitimidad democrática porque no ha sido elegido: no lo ha sido a nivel europeo, pero ninguno de los que se sientan en dicho Consejo podría hacerlo si no tuviera legitimidad democrática en su país de origen.

Sería mucho más conveniente considerar dos cuestiones básicas: una simplificación de la estructura europea, con atribución clara de competencias y de responsabilidades, trasladándolas a nivel europeo solo cuando ello sea necesario, y no perder de vista que el horizonte posible de los humanos no puede ser un horizonte universal, sino que siempre ha de ser un horizonte concreto, visualizable, conocible –¡si en España hay quejas porque no se hacen esfuerzos en todo el territorio por tener un conocimiento mínimo de las lenguas minoritarias, pobre Europa!–, lo que hace que el discurso que acompañó al proyecto de unión política europea, un discurso basado en la crisis de los estados nacionales, está siendo desmentido por los ciudadanos.

Joseba Arregi, presidente de Aldaketa.