Europa sin Turquía

La mayoría de los ciudadanos europeos (por ejemplo, más del 60 por ciento en Francia y Alemania) creen que Turquía no debe pasar a formar parte de la Unión Europea. Hay varías razones para esa oposición, algunas válidas, otras basadas en prejuicios: Turquía es demasiado grande; los emigrantes turcos podrían inundar a los otros Estados miembros; Turquía no tiene una brillante ejecutoria en materia de derechos humanos; Turquía oprime a los kurdos; Turquía no ha resuelto sus problemas con Grecia sobre Chipre.

Pero la razón principal es, sin lugar a dudas, la de que se considera a Turquía, país de mayoría musulmana y gobernado por un partido musulmán, demasiado diferente. Como dijo el ex Presidente francés Valéry Giscard d’Estaing, uno de los autores de la Constitución de la UE: “Turquía no es un país europeo”.

Resulta difícil de aceptar para los miembros de la minoría secular y occidentalizada turca, que han pasado decenios, si no más tiempo, intentando demostrar su bona fides europea. Como dijo recientemente un turco muy instruido que trabaja para una organización internacional: “Jugamos al fútbol con ellos, cantamos canciones con ellos en la televisión, hacemos negocios con ellos, hemos mejorado en materia de derechos humanos y hemos democratizado nuestra política. Hacemos todo lo que nos piden y, aun así, no nos quieren”.

En efecto, dijo, al oírlo, otra turca, hablante de inglés con fluidez y que pasó mucho tiempo en Londres, trabajó para ONG en pro de los derechos humanos y fue encarcelado en el decenio de 1980 por oponerse al régimen militar: “Detesto a Europa. No soy europea y, en cualquier caso, ¿quién necesita a Europa?”

Buena pregunta. Mientras la crisis griega está rompiendo las costuras de la zona del euro, la economía turca está en auge. Desde luego, “Europa” fue durante muchos años un símbolo no sólo de riqueza, sino también de política liberal, sociedades abiertas y derechos humanos. Y la sociedad turca se ha beneficiado en gran medida de su intento –aún no perfecto, aún no completo– de estar a la altura de las normas europeas.

Pero cada vez hay más europeos desilusionados con la Unión. Lejos de ser un modelo de democracia, se asocia a la UE con un mandarinato arrogante y distante que emite normas y edictos con una paternalista y despótica despreocupación por los ciudadanos comunes y corrientes. Y algunos de sus nuevos miembros –Rumania, Bulgaria y Hungría, por ejemplo– no son exactamente parangones de democracia liberal y transparente.

Así, pues, si los europeos ni siquiera creen en su unión, ¿por qué habría Turquía integrarse en ella? En realidad, a la mujer que afirmaba detestar a Europa no por ello dejaría de gustarle mucho que Turquía formara parte de la UE. Su rabia era la de una amante desdeñada.

Los miembros de la minoría secular y proeuropea de Turquía, que gobernó casi continuamente desde que Kemal Atatürk fundó la república en 1923, están empezando a verse ahora presionados desde dos direcciones. Además de verse obstaculizados por la UE, una nueva minora más provinciana, más religiosa y menos liberal, pero no necesariamente menos democrática, una cohorte personificada por el enormemente popular Primer Ministro, Recep Tayyip Erdoğan, los está desalojando de sus posiciones de privilegio.

Para esos turcos occidentalizados, la aceptación por la UE representa un salvavidas contra las corrientes del populismo islámico que representa Erdoğan y necesitan aliento, porque los islamistas de este último pueden ser democráticos, pero los secularistas, en conjunto, son más liberales.

Pero la antigua minoría privilegiada no es el único grupo de Turquía a la que puede beneficiar la integración en Europa. Las minorías se encuentran bien en los imperios, sobre todo en los benévolos. Como los catalanes o los escoceses, los kurdos de Turquía son partidarios de la integración en la UE, porque ofrece una protección contra la mayoría de su país.

El propio tamaño de Turquía y su población preocupan a los europeos y con cierta razón, pero ese miedo probablemente sea exagerado. Ahora que la economía turca está prosperando, habrá menos razón para que los turcos pobres busquen trabajo en otros países y menos aún para que los “invadan”. Y, si la enormemente ampliada composición de la UE impidiera la creación de un futuro Estado federal, podría no ser algo negativo. En cualquier caso, la adición de Turquía no constituiría una diferencia decisiva.

Desde la perspectiva de los turcos de mentalidad occidental, el orgullo de la integración en Europea tal vez sea menos importante que el dolor del rechazo, pero lo mismo se puede decir de los europeos. Si la república más occidentalizada, más moderna, más democrática del mundo islámico cayera en un amargo resentimiento antieuropeo, tampoco sería un resultado positivo para Occidente… ni, por lo demás, para el resto del mundo.

Turquía está en buenas condiciones para guiar a otros países musulmanes en una dirección más liberal y democrática. Además, con la posibilidad real de integrarse en Europa, Turquía estaría en mejores condiciones para desactivar tensiones reales y potenciales entre Europa y Oriente Medio. Sin Turquía, la actitud de la UE en Oriente Medio seguirá pareciendo imperialismo occidental.

La perspectiva de la integración de Turquía en la UE disiparía también la anticuada idea de que Europa equivale a cristianismo. No cabe duda de que las religiones cristianas contribuyeron a moldear la civilización europea, pero no todos los ciudadanos europeos son cristianos practicantes. Muchos de ellos en modo alguno son cristianos.

Si una gran democracia, con una mayoría de población musulmana, puede integrarse en la UE, resultará más fácil aceptar a los musulmanes franceses, británicos, holandeses o alemanes como otros europeos más. Quienes creen que los intereses comunes y las instituciones liberales deben caracterizar a la UE se beneficiarían de esa aceptación. Quienes buscan una identidad europea basada en la cultura y la fe le opondrán resistencia.

Lamentablemente, en esta época de crisis, nacionalismo en aumento y populismo cerrado al exterior, las posibilidades de que un país musulmán pase a ser un miembro de la UE son escasas, por no decir algo peor. Semejante proceso no se puede imponer a la población. Insistir en ello, contra los deseos de la mayoría de los ciudadanos europeos, apestaría precisamente al tipo de paternalismo no democrático que ha hecho a muchos europeos volverse ya contra la UE.

Pero la mayoría no siempre acierta y los tiempos podrían cambiar. Además, podríamos llegar a lamentar que no cambiaran con la rapidez suficiente.

Ian Buruma, profesor de Democracia y Derechos Humanos en el Bard College y autor de Taming the Gods: Religion and Democracy on Three Continents. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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