Europa y el nuevo imperialismo

Hace un siglo, Lenin escribió que el imperialismo se define por cinco características fundamentales: concentración de la producción; fusión de capital financiero e industrial; exportación de capital; carteles transnacionales; y división territorial del mundo entre las potencias capitalistas. Hasta hace poco sólo los bolcheviques más acérrimos consideraban pertinente esa definición. Pero ya no es así: la descripción de Lenin parece cada vez más exacta.

Hace unos pocos años, se daba por sentado que la globalización diluiría el poder de mercado y estimularía la competencia. Y se esperaba que una mayor interdependencia económica evitaría conflictos internacionales. Si había que citar autores de principios del siglo XX, estos eran Joseph Schumpeter, el economista que identificó la “destrucción creativa” como fuerza motora del progreso, y el estadista británico Norman Angell, quien sostuvo que la interdependencia económica había vuelto obsoleto el militarismo. Sin embargo, nos encontramos ahora en un mundo de monopolios económicos y rivalidad geopolítica.

El primer problema halla su máxima expresión en los gigantes tecnológicos estadounidenses, pero en realidad está muy difundido. Según la OCDE, la concentración de mercado aumentó en una variedad de sectores, lo mismo en Estados Unidos que en Europa; y China está creando megaempresas nacionales con apoyo estatal todavía más grandes. En cuanto a la geopolítica, parece que Estados Unidos abandonó la esperanza de que la integración de China a la economía global llevaría a su convergencia política con el orden liberal occidental establecido. Como expresó con crudeza el vicepresidente estadounidense Mike Pence en un discurso de octubre de 2018, Estados Unidos ahora ve a China como un rival estratégico en una nueva era de “competencia entre grandes potencias”.

La concentración económica y la rivalidad geopolítica son en la práctica inseparables. Internet, que pasaba por ser un ámbito abierto, universal y competitivo, se está fragmentando en un archipiélago de subsistemas separados, algunos de ellos administrados por gobiernos. Crece el temor a que el dominio de la megatecnológica china Huawei en el mercado del hardware 5G pueda usarse para obtener ventajas geopolíticas. Y la asociación industrial alemana BDI advierte que China inició una “competencia sistémica con las economías de mercado liberales” y que está “aunando capacidades en pos de objetivos políticos y económicos en forma muy eficiente”.

Pero Estados Unidos también se está reposicionando, en particular en el ámbito del comercio y la inversión. Una ley aprobada hace poco autoriza al Departamento del Tesoro a individualizar inversiones extranjeras “con motivaciones estratégicas” (léase: chinas) que puedan “plantear una amenaza a la superioridad tecnológica y seguridad nacional de los Estados Unidos”, lo que indica que la administración Trump pretende limitar las inversiones de modo de proteger la ventaja tecnológica de Estados Unidos.

A China muchos la acusan de mezclar la economía con la política. Pero lo mismo puede decirse de Estados Unidos. Basta pensar en cómo la administración Trump usa el dólar (una moneda a la que se consideraba un bien público global) y su papel central en las finanzas internacionales para imponer sanciones secundarias a empresas extranjeras que hagan negocios con Irán. Esto obligó a SWIFT, el servicio de mensajería financiera con base en la UE, a negar el acceso a bancos iraníes, so pena de perder su propio acceso al sistema financiero estadounidense. Asimismo, bajo presión de Estados Unidos, el año pasado el Bundesbank bloqueó una importante transferencia de efectivo a Teherán desde una cuenta iraní en un banco de propiedad iraní en Hamburgo. Es evidente que Estados Unidos ya no siente necesidad alguna de contenerse en el uso del poder monetario y financiero.

Para Europa, todo esto supone un golpe enorme. Económicamente, la Unión Europea está en la avanzada del orden liberal de la posguerra: como firme defensora de la competencia, obligó más de una vez a poderosas empresas extranjeras a respetar sus leyes. Pero geopolíticamente, la UE siempre intentó mantener la economía separada de las relaciones internacionales, de modo que se sentía cómoda en un sistema multilateral basado en reglas, donde el ejercicio absoluto del poder estatal se hallaba necesariamente restringido. El nacionalismo y el imperialismo son sus peores pesadillas.

Europa se enfrenta ahora al desafío de posicionarse en un nuevo contexto en el que el poder importa más que las reglas y que el bienestar de los consumidores. La UE tiene ante sí tres grandes preguntas: si debe reorientar su política de competencia; cómo combinar los objetivos económicos y de seguridad; y cómo evitar convertirse en rehén económico de las prioridades de Estados Unidos en política exterior. Responderlas demandará una redefinición del concepto de soberanía económica.

La política de competencia es objeto de intenso debate. Algunos quieren modificar las normas antitrust de la UE para permitir la creación de “campeones” empresariales europeos. Pero es una idea cuestionable. Es verdad que Europa necesita más iniciativas de política industrial en campos como la inteligencia artificial y las baterías eléctricas, donde corre riesgo de quedar rezagada respecto de otras potencias globales. Es verdad que al momento de emitir dictamen sobre fusiones de empresas y ayudas estatales, los reguladores deberían tener en cuenta el alcance cada vez más global de la competencia. Y es verdad que a la evaluación estática del poder de mercado hay que complementarla con otras ideas más dinámicas que valoren la innovación. Pero nada de esto cambia el hecho de que en un mundo de gigantes corporativos, necesitaremos políticas de competencia todavía más fuertes para proteger a los consumidores.

La lógica económica y los temas de seguridad se mezclan fácilmente. La decisión de rechazar una fusión o autorizar una inversión que beneficie a un competidor extranjero políticamente motivado puede tener sentido en lo económico, y al mismo tiempo generar inquietud en el ámbito de la política exterior. Pero la solución no es alterar las reglas de competencia, sino dar a las autoridades encargadas de la seguridad cierta participación en el proceso de toma de decisiones. En tal sentido, en un artículo de próxima publicación del que soy coautor con varios expertos en política exterior y economistas, proponemos dar a la Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad el derecho a cuestionar ante la Comisión Europea por motivos de seguridad propuestas de fusión o decisiones de inversión. Los estados miembros de la UE ya tienen mecanismos de esa índole, y también debería tenerlos la UE.

Finalmente, la UE debe esforzarse más en desarrollar su instrumental financiero y promover el uso internacional del euro. No hay que hacerse ilusiones de que el euro reemplazará al dólar, pero ahora que Estados Unidos da señales de que usará Wall Street y el billete verde como instrumentos de política exterior, Europa ya no puede ser un espectador neutral pasivo. Por el contrario, puede usar líneas de swap con bancos centrales asociados y otros mecanismos para aumentar el atractivo internacional del euro y al mismo tiempo reforzar su propia soberanía económica.

Jean Pisani-Ferry, a professor at the Hertie School of Governance (Berlin) and Sciences Po (Paris), holds the Tommaso Padoa-Schioppa chair at the European University Institute and is a senior fellow at Bruegel, a Brussels-based think tank. Traducción: Esteban Flamini.

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