Europa y el precio del progreso

El pasado domingo se celebró en Estados Unidos la Super Bowl, un partido entre los mejores equipos de fútbol americano que, de hecho, con las cheerleaders y toda la parafernalia, reúne los tópicos de un cierto estilo de vida del país. La final de este año era la número 50. Hasta ahora la Super Bowl siempre se anunciaba con números romanos, probablemente para darle al partido un aire épico, de gladiadores en el circo. Así, el año pasado tuvo lugar la edición XLIX, pero en esta ocasión la Liga de Fútbol Nacional (NFL) creyó que la L del medio siglo luciría poco y decidió que sería la Super Bowl 50. A eso lo llaman espíritu práctico, o márketing: cinco décadas de tradición (aunque un poco kitsch), anuladas en beneficio del 50 redondo y más comercial de las bodas de oro.

Quizá no sea más que una simple anécdota, pero me parece que en el fondo, en algún nivel del subsuelo de la economía, habla de la alianza entre capitalismo y competición. Abriendo más el foco, no es difícil entender que el patrón que acaba por determinar la política nacional e internacional de EEUU está marcado por esta combinación de dinero, valores tradicionales y sentido del espectáculo. Y por lo tanto, como consecuencia directa, la necesidad de reducirlo todo a un ganador y un perdedor, a favor y en contra. Lo vemos ahora mismo con las primarias de republicanos y demócratas en la carrera presidencial, largas como una temporada de fútbol y con una gran final que incluso tiene nombre: el Supertuesday –el supermartes de elecciones, el próximo 1 de marzo.

Lo vemos también, a una escala más preocupante, en la forma de proceder en la política internacional. En su conferencia en el CCCB, en octubre del 2014, titulada El nuevo desorden mundial y publicada por el centro, el escritor Pankaj Mishra lo describió con precisión: a lo largo del siglo XX, Europa y EEUU -lo que conocemos como Occidente– impusieron al mundo el experimento de «las instituciones del Estado nación y la democracia liberal» y deformaron la idea de progreso hasta dotarla de un carácter absolutista. El resultado de esta fe en el capitalismo de consumo para equilibrar las democracias mundiales, algo que la globalización ha impulsado aún más, ha llevado precisamente a todo lo contrario. La China actual, con sus contradicciones entre la economía de mercado y la falta de libertades, es un buen ejemplo.

Como consecuencia, según Mishra, esta situación ha exacerbado la necesidad dominadora de EEUU, quien pese a fracasar en intentos democratizadores como los de Irak y Afganistán (y antes en el Vietnam), sigue discriminando entre buenos y malos. El comunismo de la guerra fría es ahora la amenaza del fundamentalismo islámico y, tal como sucedía entonces, los matices y las ideas se simplifican y se sirven a la opinión pública como un combate que hay que ganar para asegurar el futuro de las libertades individuales. Tienen su parte de razón, pero la ecuación adquiere todo el sentido cuando se substituyen las libertades por oportunidades de negocio, y como prueba las relaciones económicas fuera del radar entre Occidente (España incluida) y algunos gobiernos que no respetan los derechos humanos, como Arabia saudí y otras potencias del Golfo.

Ahora sabemos que Siria es el principal sitio donde este proselitismo capitalista ha descarrilado con más fuerza. La crisis humanitaria es sobre todo consecuencia de un enroque imposible, donde tan enemigos son Bashar el Assad como las fuerzas rebeldes como Estado islámico, y donde las únicas víctimas son los ciudadanos, los refugiados a quien privan de libertad. Y entretanto las Naciones Unidas son incapaces de mantener unas conversaciones de paz.

Este inmovilismo de los norteamericanos tiene un eco en las reacciones de la UE ante la llegada de refugiados sirios. Habitualmente el papel de la vieja Europa, la idea filosófica que transmitía, era el diálogo social y cultural. Era el policía bueno que templaba con la tradición del humanismo las agresiones de un policía duro y con cara de Clint Eastwood. Lo que vemos ahora, sin embargo, son unos países que reaccionan con medidas radicales de control. Mientras la UE sigue negociando en secreto para lograr el pacto de libre comercio con EEUU (el famoso TTIP), el espacio Schengen está amenazado. Los refugiados ven cómo les cierran fronteras y requisan sus pocos bienes. Las ayudas humanitarias son analizadas con recelo por los gobiernos. Quizá, ahora que Europa está descubriendo «las contradicciones trágicamente insuperables de la occidentalización», como escribe Mishra, deberíamos cuestionar su autocomplacencia intelectual, si este orgullo de modernidad y humanismo no se estará convirtiendo en una forma de desprecio.

Jordi Puntí, escritor.

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