Europa y la otra orilla

¿Cuánto durará la incertidumbre en el mundo árabe? Muchos años. Quizá tantos como las dictaduras que solo ahora barre una ventolera imprevisible de la historia. El último episodio en cadena, la caída del muro, acabó rápidamente y bien porque había una solución disponible, tan al alcance como un libro de bolsillo: una vez derribado el telón de acero, los países liberados no tenían otro designio que huir del oso ruso, ingresar en la OTAN y en Europa. Europa los ha querido, les ha dado un marco de bienestar y valores democráticos. La OTAN los ha protegido del temor a Rusia. En términos históricos, la jugada ha sido de un éxito sin precedentes (pese a la guerra de los Balcanes).

En este caso no hay manual, ni receptáculo ni modelo que aplicar. Los países del Magreb están hoy mucho más atrasados y desfibrados que los de Europa del Este a finales de los 80. La precariedad del punto de partida es muy superior, sideral la distancia entre la situación actual y la meta a la que aspiran los sublevados. Sabemos cómo están y que quieren vivir como los europeos. Ahora bien, con respecto al camino -o los caminos- todo son incógnitas. Solo se puede asegurar que es más largo, más errático, forzosamente con muchas más trabas y frustraciones. Hay que tener también en cuenta, a diferencia del caso con el que lo comparamos, que en este tablero Israel juega un papel fundamental, y no precisamente para favorecer el propósito democratizador que Europa y Estados Unidos parecen compartir.

Pese a la enormidad de las distancias, aún se puede rastrear otro paralelismo. El factor determinante a la hora de evitar situaciones de caos (también de provocarlas, como vemos en Libia) son los ejércitos. El egipcio ha sufrido una profunda occidentalización. Otros, no tanto, pero hace tiempo ya que iniciaron el mismo camino. El resto de Fuerzas Armadas, las que quedan entre Egipto y Marruecos, no disponen de alternativa estratégica. Se exagera, por el interés de favorecer al Gobierno israelí, el peligro de que caigan en manos del radicalismo islámico. Si el trabajo de EEUU en el terreno militar es clave, y ha funcionado, Europa es el socio disponible que puede ofrecer a esos países la mano hacia el crecimiento y un cierto bienestar. No hay ninguna otra fuente de estabilidad, y operaría a medio plazo. Otros pueden ayudar, pero la responsabilidad es europea. Es una obligación que nos llega en mal momento, pero es imprescindible empezar a invertir de manera prioritaria. Al menos y sobre todo, en el Magreb. Asegurados el desarrollo, la proximidad y la democracia de Turquía, no podemos dejar pasar por alto ni la oportunidad ni el deber contraído con los cinco países de la orilla sur del Mediterráneo. Como europeos, no hemos estado suficientemente atentos y hemos remoloneado en el Proceso de Barcelona.

Se ha destacado con mucho énfasis la connivencia de los líderes europeos con los dictadores árabes. No queda bien decirlo, pero no tenían más remedio que exponerse al vituperio actual. La geoestrategia, en primer lugar militar, la ha marcado y llevado a cabo EEUU. Es Washington quien ha sostenido a los dictadores a cambio de que no se opusieran al expansionismo israelí, condición y principio de toda amistad con el Tío Sam. Europa se condenó al seguidismo y se ha encontrado cómoda en él, sin que nadie, de derechas o de izquierdas, haya propuesto nunca ninguna alternativa más allá de la fraseología demagógica. En realidad, Europa dispone de muy poco margen efectivo para la discrepancia. Y salvo en los casos de Vietnam e Irak, nunca ha sido profunda.

La connivencia, pues, es fruto de la aceptación de la doctrina de la estabilidad no problemática a cambio de soportar las dictaduras. No han quedado muy bien ni quienes abrazaron a Mubarak o Gadafi ni quienes nos abstuvimos de criticarlos, que somos todos. El Magreb, todo el mundo árabe, era considerado un caso perdido. La seguridad en el Mediterráneo, asunto de la Sexta Flota. El centro de Europa miraba y mira al este. Italia y España miraban al norte. Aquí, en la exclusión del sur inmediato, es donde ha fallado toda Europa (y más los vecinos). Esto es lo primero que hay que rectificar. Si ahora pagamos con justificados temores y subidas de precio la imprevisión de los últimos decenios, cuanto más tarde nos pongamos manos a la obra más incrementaremos el riesgo de desestabilización. Nunca es tarde para descubrir que por sí solos los ejércitos no resuelven nada.

Gadafi, su hijo y los otros responsables de las matanzas en Libia deben ser llevados ante los tribunales internacionales sin duda y pronto. Pero con esto no basta. En lugar de sanciones, es necesaria una intervención internacional. Liderar la conciencia planetaria de los derechos humanos es una hipocresía si no se favorece el desarrollo, la única base conocida que garantiza el respeto de aquellos. Puede ser, como prevé Carles Boix con un argumentario muy sólido, que estas primaveras sean efímeras y vuelvan las dictaduras. Aun así, hoy está más claro, en el mundo árabe, pero también en China o Irán, que la libertad es terca y asoma la nariz siempre que encuentra una rendija. Y si la cortan, vuelve a crecer.

Por Xavier Bru de Sala, escritor.

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