Euskadi, paz en precampaña

La desaparición de la amenaza explícita de ETA se palpa en las calles de Euskadi. Se percibe en un cierto relajo social que va más allá de la reducción o desaparición de escoltas en derredor de las personas amenazadas. Hoy, en Euskadi, es socialmente inconcebible una vuelta a la violencia en la calle, la amenaza y la extorsión. Respirar este aire es también un modo de consolidar su permanencia. Poco a poco se va sintiendo bajo los pies el tacto de un terreno nuevo no transitado antes, ni siquiera en las treguas de 1998 y del 2006, que concitaron raudales de ilusión y acabaron en un torrente de decepción. Por eso, esta vez hacía falta recorrer aquellos mismos terrenos y llegar más lejos para afianzar la expectativa del fin real y definitivo del terrorismo. El hecho de que quede por recorrer un espacio amplio que debe concluir con la desaparición de ETA no impide admitir que hoy estamos en un momento sin precedentes.

No lo tenía la consideración expresa del portavoz de Amaiur en el Congreso, Iñaki Antigüedad, cuando sostenía que ETA no debe esperar más para su disolución. No es esta una postura monolítica en la izquierda aberzale, pero tiene el valor del emplazamiento público. Que la izquierda aberzale haya reflexionado en esa dirección consolida su propio liderazgo político frente a la tradicional supeditación al diseño estratégico bruñido a conveniencia de ETA. Hoy la conveniencia es del liderazgo político, no el terrorista, y aspira a un caudal de voto sin precedentes en las autonómicas, que algunos observadores apuntan que el anuncio de disolución de la banda -en fechas electoralmente fructíferas- podría multiplicar.

También es relevante la obligación de reconocerse como agente que en el pasado ha sido copartícipe de la victimización. La declaración realizada en este sentido en febrero en el Kursaal donostiarra debe valorarse desde esa perspectiva aunque sea insuficiente el reconocimiento de culpa que incluye. Sigue demasiado fresca la actitud ante los asesinatos, el señalamiento y el acoso como para pretender que la memoria cierre la herida aceptando como involuntario todo ese dolor, como sostiene el texto. Denota la aspiración de la izquierda aberzale de salir de este proceso con un discurso exculpatorio, similar al que propició décadas atrás la transición de la derecha franquista a la democracia. Aquel ejercicio sin reconocimiento ético de responsabilidad ha dejado heridas abiertas y, sin caer en el extremo contrario, no debería repetirse la fórmula en Euskadi. Hace falta una reprobación específica de la estrategia acuñada en torno al lema de ETA, Bietan jarrai -reivindicativo de la simultánea actividad política y militar-, no su superación táctica por su fracaso social y político.

Los presos, junto al reconocimiento de las víctimas, son el otro elemento central de reflexión. Es el factor de mayor cohesión en torno al proyecto de la izquierda independentista y el que concentra sus esfuerzos apelativos hacia el resto de fuerzas. La izquierda aberzale mide sus tiempos en función de su propia hoja de ruta. En ese sentido, lleva ventaja al resto porque no tiene que consensuar esa hoja con nadie. En ocasiones, esto le permite fijar la pauta del debate público. Con sorprendente facilidad, en plena crisis y desde una responsabilidad institucional de primer nivel en Guipúzcoa, Bildu evita arriesgar ante su músculo electoral con propuestas económicas. Su dinámica y la dificultad de sus rivales electorales para cambiar las suyas propias le permiten mantener su discurso en la demanda a terceros pese a ser protagonista institucional.

La izquierda aberzale tampoco teme la frustración que sus mensajes en relación a los presos puedan provocar. No teme la negativa del Gobierno del PP y ya descuenta que se retrasará durante meses cualquier medida. El mantenimiento de la política de dispersión cohesiona a su electorado, prolonga la ola de una adhesión acrítica y le permite girar su coste a otras fuerzas políticas que, como el PNV, no comparten su estrategia pero reclaman la suspensión de medidas de incremento del grado de pena que se columpian en los límites de la legalidad (mantener en prisión a enfermos, algunos terminales, o la no progresión de grado penitenciario con elevados porcentajes de pena cumplida).

EN ESTE SENTIDO, aunque parezca mentira, a más de un año del fin de la legislatura la precampaña está lanzada en Euskadi. La debilidad del Gobierno de Patxi López ha quedado en evidencia en el Parlamento vasco. Su intento de trasladar el consenso en el Congreso que puso freno a la presión ilegalizadora abanderada por UPD acabó en la Cámara de Vitoria en un desencuentro abierto entre el lehendakari y su socio en la sostenibilidad del Ejecutivo, el popular Antonio Basagoiti. Faltó cocina para evitar tensiones innecesarias y pasa factura la ruptura de puentes del PSE con el resto de fuerzas cuando apostó por gobernar en minoría. Cosecha ahora la desconfianza sobre sus motivos, que todos tachan de electoralistas. Un largo año de precampaña, si las apreturas de afrontar un nuevo presupuesto vasco no lo remedian en otoño próximo.

Por Iñaki González, periodista.

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