Eutanasia, ¿un debate trucado?

Por Manuel Aznar López, miembro correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación (LA VANGUARDIA, 23/08/08):

Es esta, en lo atinente a la palabra, una desdichada época, en la que una copia de políticos en general y de legisladores en particular, en vez de acomodarse a las pautas gramaticales y a los cánones lingüísticos, la emprenden a golpes, un día sí y otro también, contra gramática y diccionario, pariendo leyes de lectura insufrible o proponiendo, sin el menor recato verbal, descabelladas modificaciones lexicales. Por ello, a la hora de afrontar cualquier debate, es menester, como ineludible introito, tomarse la molestia de delimitar con cuidado el terreno de juego, no vaya a ser que, pensando en dialogar sobre tal o cual objeto, se acabe discutiendo acerca de un asunto inopinado. No en vano decía Confucio que las palabras del hombre honrado deben adecuarse a las cosas y corresponder a ellas con exactitud.

Viene lo anterior a cuento por las declaraciones, realizadas semanas atrás por un notorio político, en torno a la intención del partido gobernante de abrir un debate sobre la eutanasia, a cuyo efecto aludía a la conmoción que produjo el largometraje Mar adentro. Pues bien, mal empezamos tal debate cuando se coloca al filme de marras como mascarón de proa de la nave eutanásica, pues no parece que aquel refleje la historia de un caso de eutanasia.

Según el diccionario de la Real Academia Española, eutanasia es “la acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él”. Y, en una segunda acepción, significa “muerte sin sufrimiento físico”. Pues bien, el propósito del protagonista de Mar adentro no cuadra con el segundo significado, pues su pretensión no era morir sin sufrimiento, sino hacerlo para dejar de sufrir, que no es lo mismo. En cuanto a la primera acepción, por paciente desahuciado se entiende, conforme al diccionario, el que no tiene posibilidad de curación, lo que incluiría enfermedades irreversibles, pero no mortales. Ahora bien, debe repararse en que también se habla de acelerar la muerte, lo que remite a dolencias que, además de ser incurables, estén en fase terminal.

Y resulta que dicho protagonista estaba afectado de una tetraplejia y esta no es, ni por asomo, una enfermedad terminal.

No quisiera incurrir en la osadía de contradecir a quienes piensan que el filme ganador de un Oscar relata un supuesto de eutanasia, pues es archisabido que, en estos tiempos relativistas, realidad y fábula se rigen por el principio democrático y la mayoría parece haber dictado sentencia inapelable: lo de Mar adentro es un caso de eutanasia y vale ya. Pero la verdad es la verdad, aunque la diga un porquero frente a cien Agamenones, y yo no veo en fase terminal a los parapléjicos que conozco.

Antes bien, los encuentro dispuestos a afrontar cotidianamente, con sus penas a cuestas y con sus alegrías en bandolera, la tarea de existir, habiéndoselas con sus problemas de movilidad, que procuran paliar mediante ayudas técnicas. Así le ocurría, por ejemplo, a mi buen amigo, recientemente fallecido, el ingeniero Francisco García Aznárez, a quien su tetraplejia no impidió tener una vida familiar feliz y desarrollar una actividad profesional fecunda. Sin embargo, acaso por estar en el polo positivo de la discapacidad, las historias de Paco y de otros como él nunca inspirarán – o tempora, o mores!-ni un cortometraje.

No siendo la tetraplejia una enfermedad terminal, se me antoja, por ello, que urge esclarecer los límites de la cancha dialogal, para saber con certeza a qué atenerse, máxime cuando el asunto no es precisamente baladí. Confieso, empero, que no abrigo ninguna esperanza de que, antes de abrirse el debate, se definan con claridad las aguas en las que se quiere botar la fúnebre barca de Caronte. Lasciate ogni speranza voi che abitate en este país, donde, cuando es menester, se enmienda la plana al diccionario o se fuerza a conveniencia el significado secular de instituciones jurídicas inmemoriales. Es más, si a los guardianes de lo políticamente correcto se les ha metido en el colodrillo, a lo que parece, llamar eutanasia al suicidio asistido, pues a san joderse tocan, como dicen en algunos lugares. Si el diccionario se opone, peor para el diccionario.

No obstante, resulta de todo punto necesario que se patentice el objeto de la reflexión propuesta – eutanasia, cooperación al suicidio, ambas cosas, o ninguna de ellas-, de modo que no se acabe desembocando en un debate trucado, a través de una suerte de tocomocho conceptual. Y es que tengo para mí que, para evitar el confusionismo, debería seguirse el consejo del confucionismo.