Evitemos el portazo

Por Vicenç Villatoro, escritor y periodista (EL PERIÓDICO, 04/10/05):

Cuando el lendakari Ibarretxe presentó la propuesta de reforma del Estatuto vasco aprobada por el Parlamento de Euskadi, el Parlamento español le dio un portazo en toda regla, basado en dos excusas o, si se prefiere, en dos razones: no llegaba con el consenso de la sociedad vasca sino con una mayoría ajustada y se había redactado en un contexto de violencia política. Por fortuna, para dar un portazo al Estatut salido del Parlament de Catalunya las razones o las excusas que se pueden esgrimir son mucho más frágiles. Por fortuna para Catalunya, pero también para España. Porque para Catalunya, sería una tragedia que una propuesta votada por 120 de 135 diputados no fuese escuchada. Pero para España sería también una tragedia la incapacidad de dar respuesta a lo que pide la representación política de casi siete millones de sus ciudadanos.
Un siglo largo de portazos no ha solucionado el problema catalán, en los términos en que se planteó en el siglo XIX. Pero tampoco lo ha hecho desaparecer. En cien años no se que querido escuchar la reivindicación del catalanismo, pero no se ha conseguido acallarla. ¿Qué sería ahora un portazo? Existen dos posibilidades. Una, la más abrupta, no admitir el Estatut a trámite. Otra, el portazo con talante, educado, pero portazo, sería desnaturalizar la propuesta catalana, desactivarla, desoír las aspiraciones de reconocimiento colectivo, de una financiación justa y de una reparación histórica que el texto estatutario lleva consigo.
Pero las excusas para el portazo son frágiles. De entrada, no sirven las que se utilizaron en el caso vasco. La propuesta catalana se ha redactado sin ninguna violencia, como ha sido la tradición fundamental del catalanismo. Y si se pedía consenso, se responde de sobras: cuatro de cinco grupos parlamentarios, que representan más del 85% de los votos populares. Algunos nos dicen ahora que esto no es representativo, que una cosa es el Parlament y otra la sociedad. Resulta curioso que sólo se acuerden de los déficits de la democracia representativa cuando hablan de Catalunya. ¿Abstención? Más abstención hubo en las municipales, y los ayuntamientos son democráticamente legítimos. ¿Han apoyado al Estatut votos socialistas que ahora lo considerarían excesivo? También lo han apoyado votos independentistas que lo considerarían insuficiente.
Un Estatut es un pacto. Un parlamento es un lugar donde se pacta. Unas elecciones, una delegación de confianza para poder pactar. Si esto no sirve para Catalunya, no sirve para ninguna parte.

OTRA EXCUSA para dar un portazo al Estatut de Catalunya es que rompe la igualdad entre los españoles, sobre todo cuando se habla de financiación. El argumento sería más potente si esta igualdad existiera. Si se pidiese para Catalunya una excepción a un régimen común. Pero la igualdad no existe. La excepción, sí. Euskadi y Navarra tienen ya un régimen económico que se parece bastante a que se plantea para Catalunya, pero con menos correcciones solidarias. ¿Por qué unos sí y otros no? Si se trata de evocar derechos históricos, Catalunya también puede presentar los suyos. Si –como algunos insinúan– Euskadi y Navarra tienen una situación excepcional porque tenían planteado un problema de orden público, el terrorismo de ETA, la conclusión sería disolvente para un Estado de derecho: se premiarían las vías violentas y se castigarían las pacíficas. No pido que a Euskadi y Navarra se les quite lo que tienen, a lo que tienen derecho. Simplemente recuerdo que el germen de la diversidad de soluciones ya está instalado, no lo instala ahora el Estatut de Catalunya.
La última gran excusa para el portazo sería la inconstitucionalidad. De repente, cada ciudadano y cada político ha descubierto su irrefrenable vocación de magistrado del Tribunal Constitucional. Todo el mundo se ha autoproclamado especialista para detectar y anatemizar inconstitucionalidades. No me apunto al proceso. Simplemente, tengo la sensación de que las interpretaciones de la Constitución pueden ser muy diversas. El Consell Consultiu catalán exhibió –entre juristas expertos y solventes– la variedad de las lecturas. Se hizo caso a la más restrictiva. Pero parece evidente que entre lecturas diversas existe un margen muy amplio, una oportunidad para la generosidad. Y una cosa es la Constitución y otra la LOFCA, la LOAPA y toda la batería de restricciones al espíritu constitucional y estatutario que siguieron al 23-F.

EN ESTOS momentos, parece recorrer la opinión publicada española y una parte de su clase política la tentación del portazo. Consideran el Estatut de Catalunya inaceptable: los más educados piensan que debe reformarse de arriba a abajo en el Congreso y los menos educados que se debe devolver al remitente sin ni siquiera desenvolverlo. Sería, en mi opinión, un error histórico. Este Estatut no es secesionista. Si el catalanismo pide esto y se le da con la puerta en las narices, ¿a qué se le invita? ¿Con qué excusa? Es probable que la relación con España que propone el Estatut incomode a muchos españoles. Pero la que tenemos ahora, sobre todo en el aspecto económico y fiscal, incomoda a la mayoría de los catalanes.
Se nos ha pedido solidaridad. Más a menudo se nos ha tomado esta solidaridad sin ni siquiera pedirla. ¿No podemos reclamar solidaridad también nosotros? El déficit fiscal actúa hoy como un corsé de una Catalunya que ha sido locomotora y que, encorsetada, puede dejar de serlo. Un portazo es un problema para Maragall, pero también para Zapatero. Es una humillación al catalanismo, pero también una fosilización de España. En Catalunya abriría un horizonte de frustración. Para España, eternizaría y complicaría un viejo problema irresuelto.