Excepción española

Por Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní. Traducción de Jesús Cuélla (EL PAÍS, 11/07/07):

Mi reciente viaje a España y mis reuniones con diversos periodistas e intelectuales del país me han inspirado diversos pensamientos sobre Europa, el islam y el futuro de la diversidad en nuestro mundo. Me sigue pareciendo que, en toda su complejidad, la experiencia histórica de España, basada en el diálogo y la diversidad, es contemporánea y relevante, y me doy cuenta de que, para bien o para mal, la única forma de alcanzar una paz y una seguridad auténticas, y de librarse del miedo y del odio, es mediante una aceptación tolerante y una apreciación de nuestras diferencias, y también del mutuo fomento de lo mejor de todas nuestras tradiciones. Sin embargo, sé bien que esta afirmación es bastante polémica.

Desde el atentado terrorista ocurrido en Madrid el 11 de marzo de 2004, que acabó con la vida de 191 personas, hiriendo a casi otras 1.800, las cuestiones relativas al islam y a los emigrantes musulmanes que residen en España se ven desde una perspectiva muy diferente. Los debates registrados en 2004 sobre la catedral de Córdoba (una mezquita consagrada en 1236 por Fernando III con la dignidad catedralicia) y la polémica desatada en 2007 en torno a la construcción de la mezquita más grande de Europa en Sevilla, son signos evidentes de que entre muchos españoles y europeos cunde la sensación generalizada de que existe un proyecto islamista de “reconquista” de España y de Europa. En cuanto a los islamistas, repiten que no tratan de reconquistar Al Ándalus, sino que pretenden demostrar que el islam no es un credo ajeno a la historia de España. No es ésta la primera vez que católicos y musulmanes discuten virulentamente sobre la conquista de la península Ibérica. Los terroristas que reivindicaron los atentados de marzo de 2004 citaban como motivación la pérdida de Al Ándalus. “Continuaremos nuestra guerra santa hasta llegar al martirio en la tierra de Tarik ben Ziyad”, decían en un comunicado emitido después de la masacre, aludiendo al guerrero moro y primer conquistador musulmán de la península Ibérica.

Hoy en día, España, como el resto de Europa, se esfuerza por incorporar de alguna manera a una población musulmana que crece con rapidez, sin perder de vista la diversidad de su patrimonio histórico. Como muchos saben, mientras Europa languidecía durante la Alta Edad Media, en Andalucía, musulmanes, judíos y cristianos constituían juntos un complejo tejido social, basado en una estrecha y fructífera colaboración cultural. España, una sociedad relativamente homogénea desde el final de la “convivencia” en el siglo XV y tras la expulsión de judíos y moriscos, cuenta con menos musulmanes que Francia o Alemania. Sin embargo, es el único país de Europa donde en la actualidad es posible plantear un auténtico debate sobre el entendimiento intercultural y el diálogo entre credos. El paradigma de Córdoba no sólo demuestra las posibilidades de un intercambio dialógico en el que personas de distintas religiones y culturas podrían vivir en un mismo espacio, distinguiendo territorios y valores comunes sin odiar ni lo que no son ni a quienes no son como ellas, sino que también apunta la fortaleza de la diversidad identitaria europea, que podría fomentar una mayor permeabilidad entre las fronteras de las civilizaciones islámica y europea, en el sur y el norte del Mediterráneo. La experiencia andaluza simboliza el potencial de universalidad que tienen las culturas humanas para comunicarse entre sí.

Con frecuencia resulta difícil ir más allá de las tragedias históricas para reconocer los lazos culturales que nos vinculan con lo mejor de las tradiciones islámica, judía y cristiana. En este sentido, quizá podamos aprender algo de la excepción española. Como afirmaba Ortega y Gasset en una frase admirable, necesitamos “de la historia íntegra para ver si logramos escapar de ella, no recaer en ella”. A Ortega le preocupaba, con razón, cómo podemos asumir conscientemente la responsabilidad de la historia. España necesita rescribir la suya para ser una vez más lugar de encuentro de credos y filosofías.

Hoy en día, la diversidad, más que la similitud, se ha convertido en una base fundamental de la construcción cultural y política de Europa. Sin embargo, para la política de la diversidad, lo importante no es sólo de “qué” tradiciones hablamos; también de “cómo” lo hacemos. En el continente europeo, la “solidaridad de las diferencias” puede aprovecharse de los recursos históricos de la excepción española. El paradigma de Córdoba se antoja igualmente oportuno en el actual momento europeo: ¿por qué el Viejo Continente, en lugar de entrar en una situación de auténtica diversidad, se hunde en nuevas proclamas absolutistas que se niegan a relativizar sus propias formas de vida frente a las de los demás? El hecho de celebrar una cultura de diálogo y de diversidad europea no convierte en obsoletas las identidades nacional y religiosa, sino que, por el contrario, pretende conservar su integridad regional y cultural en un contexto multicultural definido por la política de la diversidad. En términos pragmáticos, las aspiraciones nacionales y religiosas de las diferentes culturas y credos no pueden abordarse desde un universalismo que se sirva de principios radicales de índole nacionalista y religiosa. Como tal, la idea de un islam o de una Europa convertidos en fortalezas culturales y políticas hechas de culturas homogéneas encerradas en sí mismas resulta anacrónica. Es cierto que históricamente el islam ha sido una fuente de tensiones para España, pero aún más lo es que el híbrido histórico formado por la religión musulmana y el catolicismo es uno de los aspectos más alabados de la cultura española.

El islam forma parte esencial de la historia de España y, en consecuencia, de la de Europa. Es irónico que en España y en otros lugares de Europa se rechace el islam, porque éste se encuentra muy cerca del Viejo Continente y, al mismo tiempo, muy lejos de él. Sin embargo, la excepción española hace que Europa no pueda rechazar vigorosamente el islam. Por tanto, si éste no se integra en la diversidad europea, no habrá forma de superar el fundamentalismo islámico ni de desenmascarar y derrotar el odio nacionalista. En suma, sin diversidad, la democracia no sólo se antoja algo incómodo, sino algo carente de futuro.