Exiliados en tiempos de paz

Marta, 33 años, licenciada y doctora en Biología Molecular por la Universitat de Barcelona; trabaja desde hace cuatro años en un laboratorio de investigación en Estocolmo, Suecia. Pablo, 33 años, licenciado en Filosofía y en Lingüística por la Universitat Autònoma de Barcelona, doctor en Lingüística por la Universidad de Nueva York; situación laboral: profesor en la Universidad de Leiden, Países Bajos. Laura, 35 años, licenciada en Sociología por la Universitat de Barcelona, doctora en Ciencias Políticas por la Universidad de Yale; profesora en la Universidad de Chicago. Marco, 36 años, licenciado y doctor en Ingeniería de Telecomunicaciones por la Universitat Politècnica de Catalunya; es directivo de una empresa de alta tecnología en Múnich, Alemania. Borja, 34 años, licenciado en Física, máster en Matemáticas, doctor en Ciencias Biomédicas por la Universitat Pompeu Fabra; investigador en la Universidad de San Francisco.

La lista podría continuar hasta hacerse prácticamente infinita. Todas estas son personas de nombres ficticios, pero todas comparten perfil y trayectoria con gente de mi generación y de mi entorno cercano. Se trata de personas formadas en un sistema educativo público y de calidad, que han hecho estudios de posgrado aquí o en el extranjero y que, siendo personas de talento, con potencial y ambición, están trabajando en el extranjero. Algunos solo han tenido esta alternativa, ya que aquí estaban en el paro. Otros han decidido hacerlo ante las oportunidades que se les ofrecían fuera, que implicaban un sueldo y unas condiciones de investigación dignas, así como la posibilidad de consolidación académica a medio y largo plazo; condiciones que superaban, por tanto, a las que se les planteaban aquí, donde vivían en una precariedad que no habían imaginado experimentar una vez superada la treintena. Aparte de ser personas altamente cualificadas, cuyo trabajo tiene un elevado rendimiento en el país que los acoge, todas ellas comparten que les gusta vivir en Catalunya y que, ceteris paribus, les encantaría trabajar aquí y no en otros países, donde a menudo sienten añoranza y lamentan no acabar de entender las maneras de la gente. Todos ellos comparten, sin embargo, el hecho de saber hacer de tripas corazón cuando la añoranza les invade y de concentrarse en las ventajas de haber tomado la decisión de marchar.

Estos son los abanderados de una serie de generaciones de jóvenes talentos que seguirán marchando ante la falta de oportunidades en nuestro país. Hace unos días, por primera vez en la historia de España el número de parados ha superado el de ocupados entre los menores de 25 años. También recientemente hemos sabido que la partida de programas de investigación se ha reducido en un 31% en los Presupuestos Generales del Estado del 2012 respecto de los ya recortados presupuestos del 2011 (pasando de 2.015 millones en el 2011 a 1.292 millones en el 2012).

Hemos sabido que el total del gasto en investigación civil se reduce en un 25% (la investigación militar se reduce en la misma proporción) y que el presupuesto del principal organismo de investigación español, el Consejo Superior de Investigaciones Centíficas (CSIC), se reduce en un 2,8%. Si tenemos en cuenta los drásticos recortes que han sufrido las universidades públicas en los últimos dos años, esto implica, entre otras muchas cosas, que jóvenes universitarios catalanes raramente podrán optar a formar parte de equipos de investigación, a hacer doctorados, y aún menos a consolidarse aquí como investigadores y profesores universitarios. Esto implica, en pocas palabras, que la carrera académica se certifica como carrera fantasma en nuestro país.

El Gobierno de Mariano Rajoy nos lo ha dejado claro en estos últimos Presupuestos: la I+D+i es la penúltima de las prioridades para el Estado español, la última es la cooperación para el desarrollo (este, sin embargo, es otro gran tema). Estos Presupuestos no nos preparan para salir de la crisis ni nos ayudan a transformar el modelo de crecimiento: el error de no invertir en conocimiento lo pagaremos muy caro, y nos relega a ser un país de segunda división, dentro y fuera de Europa.

Por delante de la investigación pasan partidas como los deportes, el gasto militar o la inversión en infraestructuras. Estas partidas no generan los beneficios difusos y a largo plazo que aporta la investigación, pero generan beneficios a corto plazo y concentrados (en unos pocos bolsillos).

Bien mirado, sin embargo, quizá sí que habrá que seguir invirtiendo en infraestructuras, y sobre todo en aeropuertos: pronto serán la infraestructura más utilizada. Pero no por los turistas extranjeros, sino por todos aquellos que trabajaremos fuera y que vendremos a hacer turismo en verano, a ver a la familia en Navidad y a jugar alguna partidita en el Eurovegas, en su caso. Y es que, ante estas políticas, no se nos está dejando otra alternativa que ser exiliados en tiempos de paz.

Laia Balcells, investigadora del CSIC.

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