Exit del Brexit

La noche del referéndum del Brexit, David Dimbleby –el carismático periodista de la BBC– dijo a las cinco de la mañana: «Señores, we are out», y con palabras tan livianas creyó haber puesto fin a cuarenta y tres años de tormentoso matrimonio con la Unión Europea.

Meses antes escribía yo en esta página acerca de los riesgos de la deserción de Gran Bretaña, que cifraba mayores para la isla que para nosotros. Resaltaba que los ingleses harían lo que más les conviniera, como habían hecho siempre. ¿Pero era de verdad el Brexit lo que más les convenía? Los absurdos no existen, solo lo parecen y cuando nos encontramos con uno como este, lo que subyace es una lógica distinta, no siempre patente. Pues bien, este artículo intenta profundizar en esa lógica distinta.

Cuando una empresa desea hacer una escisión o desligarse de una rama de actividad de cierta entidad, el consejo de administración o la junta de accionistas, o incluiso los dos, han de aprobarlo. Pero han de aprobarlo dos veces, una cuando se decide la escisión y otra cuando conocidas sus condiciones hay que revalidar el acuerdo. El pasado referéndum inglés podría equivaler al primero de esos casos. Pero queda el segundo. Los británicos para decidirlo precisan una información que antes no tenían: ¿tendrán que pagar 100.000 millones de euros por compromisos adquiridos? ¿Perderán un tercio de los trescientos treinta bancos de la City? ¿Destruirán cuarenta mil puestos de trabajo? ¿Cuál será la caída del PIB? O, en otro orden de cosas, algunos querrán saber: si nos separamos de Europa, ¿Escocia podría separarse de nosotros? O, ¿podría Irlanda del Norte sentirse imantada por la República de Irlanda para seguir produciendo la cerveza Guinness o el Baileys? O, ¿acaso aprovecharán los «bloody spaniards» para poner su bandera en el Peñón? Todo esto y mucho más, como la gracieta de si Picardo está de los nervios pensando que va a dejar Sotogrande para irse a vivir al soleado Surrey, se plantea el inglés o el gibraltareño disgustado/desorientado, cuando la justificación callejera que se le ofrece es que todo se hace para frenar una llegada masiva de emigrantes (que llevan años dentro) y que se reproducen como conejos para compensar, imagino, el conocido: «No sex, please, we are british».

El problema es que muchos que sufrieron al optar entre salirse o quedarse, ahora agonizan al reconocer que en otro referéndum más rigurosamente informado el resultado sería distinto; las estadísticas sobre el particular son continuas y la sensación de que se cometió un error va in crescendo. Lo sintetizaba un importante empresario inglés: «Estamos ante una elección Hobson» que, traducido al román paladino, viene a decir «entre Guatemala o Guatepeor”.

Los ingleses, para no perder la compostura, hacen de la necesidad virtud y cuentan ahora que se están empeñando en un ensayo con trajes, que les anticipe los problemas que acarreará su decisión; prueba emocional y económicamente onerosa que con calma y presupuestos asequibles podrían haber evitado mucho antes.

¿Qué salida tiene el Brexit si los resultados de su ensayo/negociación demuestran que son contraproducentes? Cuando Theresa May firmó la carta del artículo 50 –un «hasta luego Lucas» con maneras de los Windsor– lo que tenía en mente era «ya que se ha decidido Brexit, hagamos por lo menos de ello un buen negocio: maximicemos nuestras opciones de mantenernos dentro del mercado común y soltemos lastre de legislación y extranjeros». Pero pronto advirtió que el Imperio que les permitió imponer su voluntad a los demás (nosotros también gozamos en su día de esa prebenda) se había acabado y que perder Escocia, Irlanda del Norte y compartir Gibraltar, para no encontrarse con unos búlgaros comprando en Peter Jones, o simultanear con polacos la menesterosa seguridad social británica, era infinitamente peor que para nosotros lo fue perder Filipinas. Cuando May, excelente administradora, interiorizó esa idea debió de sufrir un ataque de pánico; su seguridad, después de todo, no es la de Rajoy. Dicen que lo primero que preguntó a sus asesores legales era que, si llegado el caso, podía dar marcha atrás a la carta de despedida y sustituirla por una que tal vez dijera: «Lo siento, no iba en serio, humor inglés». No creo que nadie pudiera resolverle la duda, entre otras cosas porque no ha habido precedentes, pero tener que explicar a cada uno de los restantes 27 socios lo del humor inglés, o algo parecido, podría ser humillante.

Imaginemos que la primera ministra llega a la convicción, que llegará, de que el Brexit no es un buen negocio. Entonces se habrá topado con una conclusión inesperada: «La decisión del Brexit no depende de nosotros, depende de Europa: cuanto más exigentes sean, menos posibilidad tendremos de irnos». Lo que nos traslada a los europeos el problema de fondo: ¿Queremos que se vayan o no? Para entonces y en paralelo habrán ocurrido varias cosas: a) El Parlamento contará dentro de unos días con nuevos miembros y quizá sean más «proquedarse» que «pro-irse». b) Ello dependerá de las encuestas y la presión social cuando las noticias que lleguen de la negociación sean difíciles de ocultar. c) La reelección de Mark Rutte en Holanda, el éxito de Macron en Francia y las buenas perspectivas electorales para Merkel y Renzi ennegrecerán las perspectivas.

Dos opciones afortunadamente tendría todavía Theresa May. La primera, invocar que en el Reino Unido, al contrario que en cualquier país democrático, la soberanía no recae en el pueblo, sino en el Parlamento, por lo cual sometería el acuerdo alcanzado a la aprobación de «ese» consejo de administración, como en la escisión empresarial, a la que, por lo visto, podría decirse que no. La segunda, que Europa, actuando de oficio o a petición discreta de Downing Street, establezca en el anexo de «Garantías» del acuerdo de escisión –donde ya se recogerán datos fidedignos– que requiere la aprobación del pueblo británico como condición esencial para consumar el acuerdo, exigiendo para su sanción definitiva la convocatoria de otro referéndum. Para justificarlo, Bruselas apelaría a algo tan comprensible como que los británicos siguen siendo europeos y Europa está obligada a velar por sus conciudadanos. Después del insuperable «we already miss you» de Donald Tusk, ¿cabría algo más enternecedor? En resumen: si de verdad queremos que se queden, y buscamos para el Brexit una salida, el Brexit, me temo, ha de ser duro. Los británicos no querían irse, querían especular negociando para ver qué obtenían. El resultado de la consulta les cogió por sorpresa y se equivocaron. Esa, tal vez, podría ser la lógica que explicara todo este enredo. Lo que empezó como «un corte inglés», podría acabar como Galerías Preciados.

José Félix Pérez-Orive Carceller, abogado.

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