Expatriados

Tenía los ojos puestos en la primera página de mi libro cuando, de improviso, una voz de mujer me obligó a alzarlos. «Buenas tardes», dijo con aplomo, «¿podría firmarnos también éste?». Fue su acento lo que me alertó. Estaba a más de diez mil kilómetros de casa, en el otro extremo del mundo, en la Feria del Libro que estos días se celebra en Santiago de Chile, y ya casi acostumbrado a escuchar el español cantarín de ese rincón del planeta. Aquel timbre, sin embargo, no era mapuche. Era como el mío. Más rudo. Más seco. Castellano. Una muchacha de ojos claros, acompañada de un hombre que no despegó los labios en ningún momento, me tendió entonces su ejemplar con los ojos humedecidos. «Usted no lo sabe», se arrancó, «pero mi marido y yo nos vinimos a vivir hace seis meses a este país en busca de trabajo y nos hace mucha ilusión encontrarnos con un compatriota».

La joven forzó entonces una sonrisa encantadora. Era evidente que iba a decirme algo más, como así fue. «La noche que nos vinimos expatriados a Chile compré su libro en el aeropuerto de Barajas», prosiguió. «¿Sabe? Fue lo último que me traje de España. Por eso es tan especial que usted nos lo pueda dedicar ahora».

En ese momento a este escritor se le hizo un nudo en la garganta. «¿Expatriados?», balbuceé. «Como tantos de mi generación, Javier», respondió. «Aquí nos hemos venido ingenieros, periodistas, médicos, abogados… de todo. Gente muy preparada. Con doctorados. Y siguen llegando más semana tras semana. Todos sentimos que nuestra patria nos ha traicionado. Nos ha empujado a buscar fortuna muy lejos de casa, de los nuestros…».

Tragué saliva. Me quedé un segundo observándola, mientras abría su libro para dedicárselo. Aquella chica podría ser mi vecina. O mi hermana. Sus ojos seguían húmedos pero brillaban con una fuerza contagiosa. «¿Y cómo… cómo os va?». Ella sonrió de nuevo. «Oh, muy bien. Chile es un país muy acogedor. Los dos tenemos trabajo y ya estamos ahorrando para volver a casa para celebrar la Navidad».

Le pedí sus nombres, les rubriqué su copia de El maestro del Prado, y me quedé toda aquella tarde –una velada de cuadros, misterio, saludos y alegría aparentes– meditando para mis adentros nuestro encuentro. Aquella chica y su marido, lectores de mis obras, oyentes vía Internet del programa radiofónico Milenio 3 de la SER y milenarios convencidos según me confesaría al despedirse, se agarraba a mi libro como si de verdad fuera el último pedazo de su casa demolida.

La viveza de ese instante vivido hace apenas unas horas me obliga a escribir estas líneas y a arrancarme un puñado de interrogantes de los que duelen de veras. ¿Qué estamos haciendo con el futuro de España? ¿Qué están haciendo por ellos, por los que se nos van, los gestores en los que hemos confiado la gestión de nuestro país? Y lo peor. La pregunta que siempre salta cuando perdemos a alguien querido. ¿Por qué siempre se nos van los mejores?

Ánimo a los que estáis en esa situación. Al menos quien esto escribe no piensa olvidaros.

Javier Sierra es escritor. En estos días recorre Argentina, Chile, Colombia y México presentado su obra ‘El maestro del Prado’ (Planeta).

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