Experimentar con animales

El uso de animales en experimentos de laboratorio genera periódicamente cierta polémica. Hace unos días se celebró una manifestación ante una empresa de producción de animales, y no hace mucho se liberaron unos cuantos ejemplares de una de ellas. Estos sucesos hacen que quienes utilizan los animales se pregunten qué hacen y que los políticos se pregunten si las normativas existentes son suficientemente severas. Todos deberíamos plantearnos qué estamos haciendo y tomar decisiones que traten de evitar los conflictos, aunque parece un logro difícil.

Quienes experimentan con animales lo hacen porque están convencidos de que no hay otra forma de responder a preguntas importantes de la biología o la medicina, y así ha sido desde los inicios de la biología experimental. Con el tiempo, la relación de nuestra sociedad con los animales en general ha ido cambiando, y también lo han hecho las condiciones en que se trabaja con animales en el laboratorio. En Europa la cuestión ha sido objeto de mucha atención y se han dictado regulaciones estrictas. En el 2007 se aprobó en España una ley que es la que actualmente guía el trabajo de los laboratorios.

La legislación europea está basada en el principio llamado de las tres erres. Todo experimento con animales tiene que tender a la reducción del número de animales utilizados; al reemplazo de animales por cualquier otro medio cuando sea posible, y al refinamiento del experimento para intentar causar al animal el menor sufrimiento posible. La ley prevé la existencia de comités de experimentación animal que tienen que aprobar los experimentos y el funcionamiento de los animalarios, y también prevé una formación específica del personal. Esta ley está en vigor y debe aplicarse en todas partes. Las actuales normativas distinguen también el tipo de animales. Por ejemplo, en Europa se ha prohibido experimentar con chimpancés, mientras que la ley no es aplicable para los invertebrados.

Tal vez alguien piense que sea cual sea la norma seguida nada justifica tratar a los animales como un objeto para nuestro beneficio. A menudo, este razonamiento lleva al vegetarianismo, ya que por definición la carne que comemos procede de animales que hemos cuidado y sacrificado para sacar algún órgano que usamos para alimentarnos. En Europa nos preocupamos por el bienestar de los animales de granja y tenemos unas normativas sobre su estabulación, transporte y sacrificio en los mataderos, y se aplican. Sin embargo, hay que reconocer también que la mayoría de europeos comemos carne, una costumbre que procede de nuestros ancestros cazadores. Es posible que haya razones nutricionales y de medioambiente para reducir el consumo de carne, pero la mayoría de nuestros ciudadanos no están dispuestos a prescindir de ella por completo. Somos conscientes de que estas directivas de protección de los animales acaban encareciendo el producto final, algo que es posible que muchos de nosotros estemos dispuestos a aceptar.

Igualmente, no parece que sea posible eliminar completamente la experimentación con animales. Por una parte, necesitamos animales de laboratorio para entender la biología animal, para entender lo que pasa cuando nuestra biología no funciona bien, es decir, cuando estamos enfermos, o para intentar encontrar formas de curar estas enfermedades. Hoy mantenemos miles de ratones con modificaciones genéticas que usamos como modelos del cáncer, de enfermedades del corazón o del cerebro. Por otra parte, usamos animales para probar los efectos negativos de alguna sustancia, y esto en Europa ha sido objeto de discusión; por ejemplo, en los cosméticos. Si queremos conocer los efectos de un producto sobre la salud, ensayar una vacuna o un nuevo medicamento, hasta ahora lo probábamos antes en animales para evitar efectos negativos cuando los utilizamos en humanos. En algunos casos, como la malaria o el sida, tenemos que hacerlo en primates porque otros animales no sirven.

Por todas estas razones, debemos decidir qué hacemos. O seguimos utilizando animales de laboratorio de forma controlada -solo cuando hace falta y en el marco de unos protocolos muy establecidos- o abandonamos completamente partes de la investigación biomédica o de los controles que parece que nos interesan. Quienes trabajan en estos temas, las empresas que tienen que hacer los controles que les pedimos y las que ayudan a que todo esto se cumpla tienen que trabajar en un marco claro y muy definido. Este es un tema que despierta reacciones emotivas que son respetables pero que no pueden justificar actitudes agresivas. No es posible, por ejemplo, que a cada protesta aumenten sin justificación los controles burocráticos de los experimentos. No debería aceptarse que se sienta atacada gente que trabaja para conocer nuestra biología y para buscar soluciones a enfermedades en las condiciones estrictas que ya hemos impuesto.

Por Pere Puigdomènech, director del Centro de Investigación Agrigenómica.

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