Explosión controlada

Por Joseba Arregui (EL CORREO DIGITAL, 31/12/06):

Con el cuidado necesario por escribir con las noticias aún frescas, por el significado de lo sucedido y por la urgencia temporal, se podría utilizar la metáfora de la explosión controlada para describir el paso dado por ETA, en el supuesto casi seguro de que ha sido ella la autora del atentado de Barajas, al colocar un coche bomba en uno de los aparcamiento de la Terminal 4: si la Policía Nacional ha podido proceder a una explosión controlada de la carga mortal es porque ETA ha iniciado, no se sabe con exactitud cuándo, una explosión controlada de la tregua permanente que tantas esperanzas nos hizo concebir.

La experiencia nos enseña que ETA posee una capacidad casi infinita de burlarse de los ciudadanos y del Estado, pues no otra cosa es despertar esperanzas para después frustrarlas. La experiencia nos enseña que ETA posee una capacidad casi infinita de desmentir de la manera más cruel el optimismo del político de turno, en este caso del presidente del Gobierno, pues no otra cosa es esperar a que éste proclame su convicción de que el año próximo estaremos mejor que en estos momentos -en los que él hablaba- y que ahora estamos mejor que hace cinco años, para avisar de la colocación de un coche bomba en un lugar público con capacidad de hacer mucho daño.

Parece que ETA, o alguien en ETA piensa: ‘¿Quién es ése, el presidente de Gobierno, para decidir sobre lo que nosotros, los auténticos soberanos, podemos y vamos a hacer?’. ETA tiene que demostrar siempre que la iniciativa le corresponde, que son los dueños de los tiempos, que nadie les marca la agenda, de la misma forma que nadie les marca el lenguaje. Ellos son los actores por excelencia. Su propia existencia se reduce a poder sentirse actores principales en todo momento.

Es cierto que no pocos pensábamos que, en el caso de que ETA decidiera romper la tregua, lo haría anunciándolo previamente con toda claridad. Pero es que quizá no hemos sabido, o no hemos querido ver, las señales que iban anunciando el fin de la tregua, no hemos sabido, o no hemos querido, escuchar las voces que iban diciendo de forma cada vez más clara que el tiempo de prórroga se había acabado. Hemos hecho lo contrario: minimizar el significado de todas las señales que apuntaban en esa dirección. Y esa minimización es el peor error que se puede cometer ante alguien cuya estrategia puede reducirse, como afirma Kepa Aulestia, a seguir existiendo.

Es probable que algún portavoz más o menos autorizado de ETA salga al público para decir que ETA-Batasuna sigue apostando por la solución del conflicto, por la superación de todas las dificultades, por la paz, por la democracia y por devolver la palabra al pueblo. Que su apuesta no ha cambiado. Que es el Estado el que es incapaz de dar los pasos precisos para traer la paz a Euskadi.

Es la ventaja de jugar siempre en todos los campos y con todas las lógicas: dentro del sistema, y fuera de él, con la lógica de los ciudadanos, con sus esperanzas y deseos, y con la lógica de la supervivencia como organización terrorista. Son los únicos que tienen libertad para todo: para hablar diariamente ante la prensa, para hacer política como si no estuvieran fuera de la ley, y para amenazar con el uso de la violencia y el terror para condicionar la voluntad de los demócratas.

Creíamos que podían haber cambiado. Se nos había hecho creer que habían cambiado. Pero hemos minusvalorado las dificultades que una organización terrorista tiene intrínsecamente para saltar sobre su propia sombra: sólo si se les concede la victoria, o una victoria parcial, intentarán de verdad el salto. Cuando ETA-Batasuna ha visto que esa victoria parcial es imposible, ha comenzado a apretar la soga sobre el cuello de la democracia.

Si la ruptura de la tregua es definitiva -y con ETA siempre es necesario colocar condicionales a las afirmaciones- todos debiéramos extraer algunas lecciones. Para no volver a cometer las mismas equivocaciones. Una primera lección es que los acontecimientos llamados internacionales quizá no tengan tanto efecto en la lógica de ETA como se les ha atribuido: ETA sabe que puede seguir actuando como si el terrorismo internacional no existiera. No le afecta tanto como se ha creído.

Una segunda lección radica en que el argumento de la profecía que provoca su propio cumplimiento, mantener la esperanza de que ETA no puede volver a atentar y a matar porque esa esperanza es el mayor freno para que pueda volver a actuar, no funciona: ETA puede reírse a carcajadas de esos juegos florales a los que nos entregamos los periodistas y los comentaristas de los medios.

Una tercera lección estriba en que debemos tener mucho más cuidado con los juegos de lenguaje: a ETA no le sirven las ambigüedades. Sólo le sirve, llegado el momento decisivo, el lenguaje claro que proclama su victoria, la consecución de sus metas, al menos parcialmente. Y tampoco le sirve que los demás adoptemos su lenguaje, mientras esa adopción sea sólo oral: podemos hablar de mesas, de conflicto, de proceso de paz, de ampliación de consenso, pero todo ello no sirve de nada si ese lenguaje no va acompañado del lenguaje institucional que es el que a ETA de verdad le importa: el cambio de marco jurídico-institucional, para Euskadi y para España.

Pero la lección fundamental que se debe extraer de lo que viene sucediendo es que nunca se puede iniciar un proceso parecido, nunca se puede intentar poner fin de forma dialogada a ETA sin el consenso básico de los grandes partidos que pueden asumir el gobierno del Estado, consenso necesario para que la actuación de todos los poderes públicos, e incluso de los medios de comunicación y de las asociaciones de la sociedad civil, camine, con sus discrepancias, pero en la misma dirección. Es el mayor error que hemos cometido esta vez.

Y para que ello no vuelva a suceder en el futuro, se debe comenzar desde este mismo momento: la responsabilidad de la ruptura de la tregua, si la hay, es exclusivamente de ETA. No lo es ni del Gobierno ni de la oposición. A unos se les podrá criticar el exceso de optimismo, y a otros su pesimismo radical. Pero de los actos de ETA sólo es responsable ETA. Sería de desear que los unos no se refugiaran en la buena voluntad, en la corrección de la intención y en el deseo de paz, y que los otros renunciaran a afirmar que ellos ya lo habían predicho y previsto.

A todos, ETA les dice lo mismo: yo soy el actor principal, nadie me condiciona. Por eso lo que cabe es seguir luchando con todos los medios al alcance del Estado de derecho contra el terror organizado que se llama ETA. Y esa lucha incluye la exclusión de Batasuna del espacio público mientras no condene la violencia, o mientras ETA siga existiendo.

Se trata simplemente de recordar lo que hemos ido aprendiendo de la larga y dolorosa lucha contra ETA.