“Fábrica de independentistas”

Cuántas veces habré escuchado esto desde que estoy en política.

Que no debíamos luchar contra el adoctrinamiento porque los íbamos a multiplicar y los nuestros no lo iban a entender.

Que no debíamos acabar con las subvenciones a los medios y asociaciones en catalán porque la revuelta iba a ser mayor que el beneficio social.

Que no pasaba nada por renunciar a algunos de nuestros principios, por contentar a unos nacionalistas cuyo proyecto político nacía y moría en acabar con el nuestro, que lo importante era que la suma de votos nos permitiera gobernar; es igual de dónde se perdían o dónde se ganaban, porque lo importante era el gobierno mientras sumáramos con ellos.

Cuando el 27 de octubre los senadores tuvimos la oportunidad de devolver la legalidad en Cataluña no tuve ni la más mínima duda de que hacíamos lo correcto.

Incluso a pesar de nuestras posibles opciones electorales o de que los analistas políticos más mediáticos nos acusaran con la mayor de las vehemencias de perpetuar el problema porque “los del PP no entendemos la realidad catalana”.

Como si mi compañero Xavier García Albiol en Cataluña, Isabel Bonig en Valencia o yo mismo en Baleares no supiéramos lo que es hacer frente, día tras día, al acoso de los que nos quieren imponer un modelo de vida y cultura en contra de la voluntad de la mayoría de los ciudadanos de nuestras Comunidades Autónomas.

Por eso, porque estaba convencido de que habíamos hecho lo correcto a pesar de todo y todos, quise estar en Barcelona el pasado jueves día 21 de diciembre acompañando a Xavi García Albiol y a mis compañeros del PP de Cataluña en un día que se suponía difícil para nosotros pero que, pese a ello, era la consecuencia de habernos arriesgado a cumplir con nuestra obligación.

Sabíamos que las encuestas no auguraban el mejor de los resultados, aunque, por supuesto, no imaginamos hasta qué punto iba ser el resultado electoral.

Estuve en el CEIP Brasil toda la jornada, compartiendo horas con apoderados e interventores de todas las fuerzas políticas, con toda cordialidad y afabilidad, y, por supuesto, discrepando en obviedades ideológicas en las que nunca nos pondremos de acuerdo, pero con respeto y educación.

Igual que hacía antes del 155, igual que antes del 1 de octubre, igual que antes de combatir el nacionalismo desde la Presidencia del Govern de las Islas Baleares.

No negaré que mi llegada no sorprendiera a los presentes.

El primero en recibirme fue Joan, apoderado de Junts per Catalunya: “¿Tú eres Bauzá?”. “Pues sí, soy yo”. “¿Y qué hace todo un president como tú en este colegio?”. “He venido a ayudar a mis compañeros, igual que otros compañeros senadores, diputados y de partido”. Y le dije: “Y a vivir y que me contéis lo que está pasando”. Después hice lo mismo con Santos, de ERC, los más numerosos, más de 12; nosotros sólo éramos 3.

Me dijeron todos que no les entendíamos, que no se podía encarcelar a la gente que no piensa igual, que la Policía no puede ir pegando a quien se ponga delante y un largo etcétera que fui desarmando con argumentos legales, racionales e incluso emocionales.

Llegamos al 155, que según ellos era una herramienta de fabricar independentistas, y concluimos que por la noche veríamos juntos hasta qué punto teníamos razón unos u otros.

Y al final, pese a la decepción por el mantenimiento de la mayoría absoluta de JxC, ERC y la CUP; y por supuesto de la necesaria autocrítica que tenemos que hacer en mi partido, los hechos fueron los que fueron.

Y es que la aplicación de la ley y del artículo 155 de la CE, tras menos de dos meses de vigencia, ha conducido de manera inequívoca al descenso de votos y de escaños de los partidos independentistas, además de provocar que por primera vez en la historia un partido constitucionalista, Ciudadanos en este caso, haya ganado las elecciones en votos y en escaños.

Es verdad que los resultados no eran los que esperábamos, pero también es cierto que la valentía política que requería la aprobación del artículo 155 no sólo no ha provocado más independentistas -como auguraban mis compañeros interventores de ERC, así como tantos y tantos analistas políticos que poco más o menos nos tildaban de traidores a la patria por provocar una revolución en Cataluña por intervenir el Gobierno golpista-, sino que además ha provocado que los ciudadanos premien en votos a los que defendemos que frente a la insurrección la única vía posible es la de la legalidad.

Y es que si hay una lección que debemos sacar de las elecciones del 21 de diciembre es que la contundencia de principios, lejos de fabricar independentistas, provoca que los ciudadanos nos demuestren una vez más que ellos son más valientes que nosotros.

Que periodistas, políticos y analistas debemos tener claro que ante la injusticia nuestros votantes sólo entienden justicia, y que ante la desazón independentista la única respuesta es más y mejor España.

Lo que me lleva a reafirmar lo que llevo advirtiendo desde hace años, que cualquier milímetro de concesión a un nacionalista es un milímetro de no retorno, un derecho adquirido y un hecho consumado.

Menos mal que, pese a todo, son buenos tiempos para los principios.

Que nadie nos convenza de lo contrario.

José Ramón Bauzá Díaz, senador del Partido Popular, fue presidente del Govern Balear (2011-2015).

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