Falacias plebiscitarias

Los comicios catalanes de hoy se han convertido en una encrucijada de incierta salida, pues cualquiera que sea su resultado planteará problemas irresolubles. Pero así lo ha querido el doble designio nihilista de los presidentes Rajoy y Mas. Dada la burda manipulación de los argumentos utilizados, son muchos los equívocos que se podrían analizar, pero aquí me limitaré a comentar dos grandes contradicciones. La primera puede llamarse una falacia de representación, y la segunda, de tipo plebiscitario, es falaz por partida doble.

Por falacia de representación me refiero a que el secesionismo va a ganar la mayoría en número de escaños a pesar de ser minoritario en las preferencias de la ciudadanía, y a que probablemente tampoco vencerá en número de votos. Lo cual pone en duda la representatividad de unas elecciones parlamentarias que, al traducir las preferencias en votos y a estos en escaños, convierte a la minoría secesionista en mayoritaria en perjuicio de la mayoría no independentista, que quedará en minoría. ¿A qué se debe esta falacia que traiciona la democracia representativa? Comencemos por el primer escalón, que distorsiona las preferencias al traducirlas a votos. Aquí la clave reside en la distribución desigual de la participación, pues casi todos los que prefieren la secesión acudirán a las urnas mientras que muchos de los indiferentes o contrarios a ella se quedarán sin votar.

Pero además hay otros dos factores que priman el voto secesionista y reducen el no independentista. El primero es el mayor activismo de los secesionistas, pues cada ciudadano catalán habrá estado expuesto al impacto de 90 llamadas radicales a la secesión por cada 10 apelaciones a la cordura. Y este efecto estará reforzado por la polarización, que induce la abstención de los moderados y favorece la toma de partido de los desafectos por las opciones extremistas. Es decir, los potenciales votantes del PSC y UDC huirán del griterío polarizador mientras que los habitualmente indolentes correrán a las urnas para expresar su protesta o su ansia de milagros votando secesión.

Así, la preferencia independentista quedará sobrerrepresentada y la españolista, infrarrepresentada. Pero en el siguiente escalón que traduce votos a escaños volverá a ocurrir otro tanto, a partir de la aplicación provincial de la ley d’Hondt que penaliza la proporcionalidad favoreciendo al vencedor, que se lo lleva casi todo. De este modo el secesionismo, que se concentra en los distritos menos urbanizados de Lleida y Girona, se impondrá a los más poblados de la Gran Barcelona, quedando los no independentistas infrarrepresentados: la mayoría de electores perderá y vencerá la minoría en número de escaños.

Y a esa falacia de representación se superpone la falacia plebiscitaria. Aunque legalmente sólo son comicios autonómicos, el soberanismo los define como una elección dicotómica entre el sí y el no a la independencia. Pero a la hora de valorar los resultados, interpreta que el sí habrá vencido si obtiene la mayoría de escaños aunque no consiga la mayoría de votos. Una interpretación falaz que sólo sería válida para la elección de representantes donde se trata de repartir escaños, y no para una elección plebiscitaria donde se trata de contabilizar votos. Y la razón de que desprecien los votos y se apunten los escaños es que se saben minoritarios en términos de preferencias políticas, aunque luego su mayor activismo logre obtener una proporción superior de votos y la ley electoral traduzca esa ventaja en un número de escaños todavía mayor. Por eso al soberanismo le conviene más celebrar comicios convencionales, donde puede dar gato por liebre, que un verdadero plebiscito, donde sería probablemente vencido.

Y en el bando gubernamental sucede otro tanto pero al revés. Oficialmente denuncian la impostura plebiscitaria de Mas, recordando que legalmente sólo se trata de comicios autonómicos. Pero luego plantean la contienda como una disyuntiva donde está en juego el futuro de España, aceptando de facto ese referéndum de autodeterminación que siempre han rechazado en términos legales. Y la razón de que lo hagan así es que si las elecciones sólo fueran autonómicas, la abstención de los españolistas sería muy elevada, proporcionando una holgada victoria al secesionismo: el que calla, otorga. Y el único modo de evitarlo es lograr que el 27-S se convierta en la práctica en un auténtico plebiscito, a fin de meter el miedo en el cuerpo a los abstencionistas para que acudan masivamente a las urnas por temor a la ruptura.

Enrique Gil Calvo es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

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