Fallas en febrero

El pasado domingo, La Sexta emitía el final de Crematorio, la serie basada en la novela del valenciano Rafael Chirbes, una obra imprescindible sobre la brutal especulación urbanística de nuestra costa, la degradación moral de empresarios y políticos y los efectos de todo ello en los microcosmos personales de estos inquietantes, por verosímiles, personajes. Quiso el azar que el día siguiente estallara en el céntrico instituto Lluís Vives de Valencia una protesta estudiantil: una más, en principio, de las que agitan las aulas valencianas en los últimos meses.

Los adolescentes pedían una mejora en las condiciones materiales de la enseñanza pública: calefacción, iluminación, folios o actividades extraescolares, ya ven. La respuesta policial fue brutal, sin perdón. La bisoñez de la delegada del Gobierno, Paula Sánchez de León, que lleva meses saltando de un cargo a otro a merced de los vaivenes político-judiciales de su mentor Francisco Camps, quiso rendir homenaje a Manuel Fraga dejando bien claro que la calle es solo suya. El resultado es bien conocido: Valencia ya está en el mapa y en las portadas de periódicos de todo el mundo. Una visibilidad -la de la ciudad, pero sobre todo la suya propia- que ha sido durante años la obsesión del mismo Camps, de ahí su apego a los grandes eventos que generaron nuestra bancarrota. Varios días después, las calles de la ciudad continúan ocupadas por estudiantes, profesores y padres de familia, pacíficos ciudadanos que pagan desorbitados impuestos para sufragar el saqueo de las arcas públicas perpetrado por los personajes que inspiraron a Chirbes su Crematorio, que es el nuestro. Los adolescentes que se manifiestan estos días por Valencia tendrán que pagar -ya lo hacen ellos y sus padres- la vergonzante factura generada por las bandas de los Gürtel, Emarsa, Brugal y los amigos autóctonos del apostólico Papa de Roma y de Bernie Ecclestone, un hombre de palabra que prometió la celebración en Valencia de un gran premio de fórmula 1 solo si el PP ganaba las elecciones autonómicas, como así fue.

La casualidad ha querido que esta revuelta juvenil haya prendido en el instituto que lleva el nombre del humanista valenciano Joan-Lluís Vives. Nacido en 1492, leído y respetado por Montaigne, Descartes y todo el santoral de la ilustración francesa, Vives representó un hito del pensamiento moderno. Fue un preclaro reformador de la educación -otra ironía de la historia- y en su Tratado del Socorro de los Pobres reflexionó por primera vez en Europa sobre el «servicio organizado de asistencia social», pidiendo la intervención del Estado (!) en la protección de las clases populares. Y, claro, con este currículo Vives se convirtió a pesar suyo en pionero de nuestra sangrante y actualísima fuga de cerebros, pues salió por pies para no terminar en la hoguera purificadora como parte de su familia. Ya entonces la derecha valenciana -española, por definición esencial- se caracterizaba por su profundo antiintelectualismo. En aquellos tiempos, con formato antisemita e inquisitorial, y tanto daba prender piras de libros como de escritores y pecaminosos lectores. Ya en el siglo XX, por adaptación a los tiempos modernos, la lucha contra las ideas se volvió anticatalanista y xenófoba, como pudo comprobar en sus carnes, entre otros, el escritor Joan Fuster. La tradición pirómana valenciana se especializó entonces en quemar a sus intelectuales en autos de fe más o menos metafóricos. La efigie del mismo Fuster ardió en las Fallas de 1963, a las puertas del ayuntamiento, a pesar de sus hermosas páginas sobre la fiesta. Años después, y para que no quedaran dudas, Fuster salió ileso de milagro de un atentado con bomba que destrozó su biblioteca.

Y poco a poco, dicen, llegó la primavera. Los alumnos del Lluís Vives, y con ellos miles de ciudadanos, han encendido la mecha luminosa de la temida ilustración. Siglos después de la persecución contra Vives, en las calles adyacentes al claustro de la Universidad de Valencia presidido por la estatua de nuestro humanista, miles de gargantas claman por reconquistar la hegemonía cultural, con permiso de Antonio Gramsci, que el bloque social progresista perdió en la mal llamada transición democrática. Los dueños de las porras y de las lecheras ocupan los resortes institucionales del País Valenciano e intentan, perplejos ante la osadía adolescente, imponer al «enemigo» el sobado discurso del orden público.

Pero cualquiera de estos chicos lleva, junto a sus libros y apuntes, un terminal móvil que impugna la espiral del silencio en que vive sumergida, quizá por instinto de supervivencia, una parte de nuestra sociedad y que puede alimentar la portada de este diario, de la BBC o del New York Times. Los grandes avances en comunicación virtual no los gestaron los políticos en despachos, sino menores como estos en dormitorios universitarios o en los garajes de sus padres. Aquí en Valencia, a esta nueva generación que hereda un país arruinado, le toca reinventar la democracia o, por lo menos, remover una sociedad «en perpetua somnolencia digestiva», según la sagaz descripción de Fuster. La alternativa es, como sabemos, el crematorio valenciano.

Por Toni Mollà, periodista.

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