Fanatismo

Por Francisco Bustelo, profesor emérito de Historia Económica de la Universidad Complutense, de la que ha sido rector (EL PAÍS, 05/01/07):

Es sabido que la insondable condición humana hace a nuestra especie contradictoria: ora racional, ora irracional; capaz, como suele decirse, de lo mejor y lo peor; solidaria e insolidaria; generosa y egoísta; sensible ante las desgracias del prójimo y capaz de matarlo por muchos y diversos motivos. Como somos civilizados nos distinguimos, entre otras cosas, de los animales por nuestra capacidad homicida, pues ellos sólo matan a sus congéneres en muy contadas ocasiones, cuando escasea mucho la comida o por rivalidades extremas en época de celo.

A lo largo de la historia los seres humanos, en cambio, han atacado a otros seres humanos por infinidad de motivos. Por considerar que el otro es siempre un peligro, por motivos religiosos, por apoderarse de la riqueza de los demás, por subyugar a otras naciones, por imponer las ideas propias, por considerar incluso que el que piensa de otro modo no tiene derecho a vivir.

Trabajosamente y como parte del progreso, en los tiempos modernos la agresividad que parecía consustancial a la especie fue cediendo terreno y vivir en paz es hoy uno de los principios recogidos en la Carta de las Naciones Unidas y en todas las Constituciones. La violencia, es cierto, sigue presente a escala individual, como demuestra, sin ir más lejos, la llamada violencia de género. La violencia colectiva, sin embargo, ha ido menguando. A pesar de los cruentos conflictos locales que hay en estos momentos en media docena de lugares, la mortandad que provocan, siendo terrible, es mucho menor que la habida en el siglo pasado. La Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, causó la muerte por término medio durante cinco años de cincuenta mil personas cada día. Incluso la cifra bastante más modesta de nuestra Guerra Civil de unas quinientas personas es quince o veinte veces mayor que el trágico balance cotidiano de Irak, el peor de los conflictos actuales.

No obstante el optimismo que se derivaría de esas cifras, hay hoy una fuente de violencia que no desaparece y que incluso parece aumentar. Me refiero, claro es, al fanatismo. Su malhadada presencia se manifiesta en todo el mundo en el terrorismo de los islamistas radicales y en España, para desgracia nuestra, en la existencia de ETA. Es un flagelo terrible por tratarse de un virus letal y contagioso, contra el que no existe vacuna conocida. Se creía, además, equivocadamente que se propagaba sólo en un ambiente de pobreza extrema cuando no es así. Buena parte de los terroristas internacionales no son personas necesitadas. El caso de ETA confirma ese hecho.

El País Vasco, social y económicamente, es un lugar muy privilegiado en el plano mundial e incluso está por encima de la media europea. Ocurre allí, sin embargo, que una parte de la población, quizá tanto como el veinte por ciento, está descontenta porque no logra la independencia que desea. Como desdichadamente es bien sabido, desde hace treinta y cinco años algunos de esos independentistas recurren a la violencia para intentar conseguir sus fines y lo hacen como lo que son, es decir, como unos fanáticos.

Combatirlos no es fácil, tal como demuestra su persistencia. Muchos van a la cárcel como es inexcusable que suceda en un país civilizado, pero son sustituidos por otros, al tratarse como ya dije de una enfermedad contagiosa. Si se intenta dialogar con ellos, los riesgos de fracasar son muy grandes, ya que siempre será difícil que quienes son demócratas y razonables se entiendan con quienes no son ni lo uno ni lo otro. Los Gobiernos de González, Aznar y Zapatero lo han intentado, sin embargo, por confiar en que, pese a todo, quedaba un rescoldo de racionalidad en los violentos que los condujera a abandonar la violencia. Esa confianza, lo acabamos de comprobar una vez más, no estaba justificada. Pero intentar el diálogo era casi una obliga-ción, pues los gobernantes tienen el deber de buscar todos los medios a su alcance, siempre que sean, claro está, constitucionales, para erradicar los males de la patria. El reproche que se les puede hacer es que pecaran de optimistas, tal como ha quedado patente estos días con unas desafortunadas declaraciones del presidente del Gobierno en vísperas del último atentado. Es indudable que cualquier posibilidad futura de diálogo tendría que sustentarse en cimientos mucho más sólidos de los que ha habido hasta ahora.

La historia de ETA demuestra una vez tras otra que sus miembros no aceptan dos obviedades. La primera es que en estos comienzos del tercer milenio y en un país avanzado la violencia con fines políticos no puede llevar ni por asomo a ningún sitio. La segunda es que la situación del País Vasco ofrece cauces para defender pacífica y democráticamente todas las ideas, incluidas las independentistas. La irracionalidad de los fanáticos los lleva, en cambio, a esperar que acabará habiendo un Gobierno en España que harto de violencia se doblegará ante las exigencias de ETA. Ello es tan absurdo que sólo cabe en personas enajenadas. Constitucionalmente sería de todo punto imposible. Además, supondría el suicidio político inmediato del Gobierno que lo hiciera y de quienes lo apoyaran. Ello es tan patente que sorprende que lo desconozcan, no ya quienes, totalmente obnubilados, viven entregados en cuerpo y alma a la lucha violenta, sino en personas aparentemente capaces de razonar.

El independentismo es una posición tan respetable como cualquier otra. Aunque sea una afirmación que escandaliza sobremanera a quienes creen en la sagrada unidad de la patria, un concepto, a decir verdad, que es eminentemente histórico y no tiene nada de sagrado, ese independentismo, en el País Vasco o en cualquier otro lugar del mundo, si consigue un apoyo mayoritario cualificado, tendrá que ser escuchado, pues así lo exige la democracia. Quién sabe, por cierto, lo que nos deparará el futuro en ese particular, sobre todo si se fuera difuminando la Europa de las naciones en favor de la Europa de las regiones, o si se prefiere, de las nacionalidades.

Nada de ello parece hacer mella en los independentistas vascos, al menos en los que dejan oír su voz o, más bien, sus explosivos. Como tampoco hacen una comparación elemental con los independentistas catalanes. Éstos, sin violencia alguna, han logrado algunas de sus aspiraciones y tienen ocasión de demostrar con hechos el acierto o desacierto de sus anhelos de mejora del pueblo catalán. Entre unos y otros hay una diferencia esencial, a saber, que unos aceptaron al final de la dictadura desenvolverse en un marco democrático y otros no. Mientras tengan pendiente esa transición no habrá convivencia posible con ellos.

¿Cuál es el porvenir de los independentistas vascos si siguen en sus trece? Avances nulos en sus afanes, años y años de cárcel para muchos de sus militantes, sufrimiento para sus familias y sufrimiento mucho mayor para sus víctimas. La existencia de éstas hace de la práctica del atentado terrorista una barbarie tal que llegará un día que se recordará su existencia como una de las manifestaciones más siniestras de la falta de racionalidad de que da muestras en ocasiones el ser humano.