Fantasmagorías sanchistas

Antonio Gramsci (1891-1937), fundador de PC italiano, propuso «conquistar la hegemonía controlando el sistema educativo, las instituciones religiosas y los medios de comunicación», cosa tanto más sencilla en los años 20 cuanto que los docentes de secundaria y superior llevaban varias décadas entendiendo que cooperación y competencia son actitudes opuestas. No lo son, desde luego, pero perderíamos el tiempo defendiendo lo inverso -el llamado armonismo- cuando se acercan elecciones generales, y el plan gramsciano desembocó en un dominio total sobre las áreas comprendidas por el Ministerio de Educación y el de Cultura, vástago a su vez del Narkomkult soviético.

Considerando el voto del 28 ¿tienen los gramscianos españoles algo más que dicho control? No lo sabremos hasta la medianoche del evento, cuando se confirme o no que viene una victoria del PSOE por mayoría simple. Ni yo, ni mi familia ni mis conocidos lo confirmamos, aunque haber permitido que la enseñanza media y la superior estén monopolizadas por las tesis de Gramsci -en definitiva, la posverdad y lo políticamente correcto- les otorga un pagaré tan indeterminado como presentable al cobro, y el potencial respaldo de una generación sujeta al lavado ideológico de cerebro desde el jardín de infancia al máster. El señor Sánchez llegó a La Moncloa con 84 escaños, el apoyo de Unidas Podemos y el de los separatistas, con los cuales juega al te indulto si gano, una especie de parchís; y tuvo tres cuartas partes de año para poner los recursos públicos al servicio del autobombo.

Si echamos una rápida ojeada al mundo, se diría que el programa del Narkomkult anda herido por fenómenos como el fracking y la empresa Odebrecht, uno bajando el precio del crudo y otro aireando la trama montada por Lula para forrar al llamado Socialismo del Siglo XXI, desde el río Grande al estuario de La Plata. Malas noticias son Trump, Bolsonaro, Macri y otros mandatarios americanos, sobre todo combinadas con el estado de cosas en Nicaragua, Cuba y Venezuela, aunque la fe sea inasequible al desaliento y colabore la radicalización del papa Francisco. Su Evangelii Gaudium deplora «la tiranía del mercado» y el liberalismo «salvaje» omitiendo las alternativas del tipo Castro y Maduro, como si el estatismo no dejara de crecer por todas partes, multiplicando la deuda y la carga fiscal para sufragar el enjuague de la clase política con lobbies de nuevo cuño, aferrados al caciquismo de las subvenciones.

Me encantaría que el elector español optase por separar la paja del grano, sin confundir espectros con seres de carne y hueso, como resulta de suponer que los disconformes con el altermundismo y la filosofía anti militan en la ultraderecha fascista. Como quizá todos los mussolinianos del planeta no superan hoy una cifra de tres dígitos, y los fascistas a juicio de Unidas Podemos superan sin duda los nueve dígitos, releí El fantasma de Canterville, una novela corta de Oscar Wilde, buscándole ángulos adicionales al contraste entre seres espectrales y efectivos, y algo encontré.

Satisfecho con espantar a muchos visitantes, sir Simon de Canterville empezó sufriendo cuando la familia de un reverendo norteamericano se hizo con su castillo, porque al aparecer decapitado y dando alaridos la madre le ofreció bicarbonato, atribuyéndolos a ardor de estómago. El padre propuso tres-en-uno para el chirrido de las cadenas, cuando irrumpió como esqueleto cargado de ellas, y los traviesos gemelos le tendieron trampas bochornosas; pero la quinceañera Virginia le ayudó a arrepentirse de asesinar a su esposa, decidiéndole a abandonar su precaria vida de payaso terrorífico, y asumir la digna serenidad del difunto.

Abascal, por ejemplo, debería reafirmarse en su condición de misántropo racista, fiel a Hitler; y tanto Casado como Rivera reconocer que el centro no existe, al ser solo el disfraz de los insensibles al desfavorecido. Burgueses secretamente comprados por la pandilla ya descrita en Protocolos de los Sabios de Sión, son en realidad «feixistes» indiscernibles unos de otros, que las masas explotadas y escarnecidas por el Capital deberían desenmascarar, pues quien no está con el anti imperialismo es enemigo del género humano. Para acabar de fingir, ni siquiera han reconocido que son franquistas, enemigos de la mujer y verdugos de la comunidad LGTBI.

¿Será esto el principal activo del señor Sánchez y sus aliados, fundamento de que el primero confíe pasar de 84 escaños a quizá el doble? Por ahora solo sabemos que teme debatir en público, que su tesis empieza con un «las innovaciones lideran», y que no se aleja ideológicamente del señor Zapatero. Mi mujer me mostraba ayer el tuit de una amiga, sintiéndose decepcionada por la frase «nada podría importarme menos que la unidad de España», y me pregunto hasta qué punto esa actitud viene heredada de mi generación, cuando algunos le perdimos el respeto a la vida -propia y ajena-, pensando que la clase trabajadora había traicionado sus intereses, y era preciso pasar a la acción directa, reivindicando la necesidad indiscutible de una revolución.

Pasaron cantidad de años, durante los cuales fui preguntándome quién había delegado en nosotros el espíritu de la verdad y la justicia, hasta comprender que nadie lo hizo, y había sido -al menos en mi caso- una erupción de autoimportancia, reforzada por Vietnam y el agravamiento de la Guerra Fría. Lo más parecido del nuevo siglo iba a ser el atentado a las Torres Gemelas, poco después de que Rusia decidiera no seguir siendo soviética, aunque el eje Moscú-La Habana fue sustituido con presteza por el Teherán-Caracas, financiador a ciencia cierta de Podemos y Syriza.

¿Qué votamos? Pues cualquier cosa que rompa el turnismo y el monopolio sectario de la enseñanza, sin despreocuparnos tampoco de que gente como Otegi y Puigdemont impere en ciertas regiones, gracias a una trama de reflejos condicionados subvencionada por todos, aunque en beneficio de unos pocos. Basta de fantasmas.

Antonio Escohotado es filósofo y escritor. Su última obra publicada son los tres volúmenes que conforman Los enemigos del comercio, editados por Espasa-Calpe entre 2008 y 2017.

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