Fantasmas del pasado

En un sondeo llevado a cabo en 12 países de nuestro continente por la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (con sede en Viena) entre 16.500 personas definidas como de “religión judía”, una tercera parte de los entrevistados respondió que el año anterior había sido víctima de actos de carácter antisemita.

Las autoridades alemanas han aconsejado recientemente a los judíos que no lleven kipá en público, mientras que la canciller Angela Merkel, en una entrevista concedida a la cadena de televisión estadounidense CNN, se mostraba preocupada por el aumento de los sentimientos antisemitas en Alemania.

En la vecina Austria, por dos veces se han desfigurado los retratos de los supervivientes de la Shoah realizados por el fotógrafo Luigi Toscano y expuestos en el Ring, el anillo de avenidas que rodea el centro de la capital. En Roma, algunos se ensañan contra las placas que recuerdan a los deportados del gueto. Y eso no es todo: la Comisión para la Igualdad y los Derechos Humanos de Reino Unido ha decidido investigar, de nuevo por antisemitismo, al partido laborista de Jeremy Corbyn.

Por si no fuera suficiente, en Polonia, la Fiscalía decidió no proceder contra quienes, en la vigilia de Pascua, ahorcaron en un pueblo un fantoche de Judas con los rasgos de un judío, mientras la edición local de la revista Newsweek citaba en un reportaje el “antisemitismo corriente de la clase media” para afirmar que la plaga del odio contra los judíos ya no afecta solo a zonas marginales sino al corazón de la nación.

Entonces, la pregunta a la que que nos enfrentamos es qué nos pasa a los europeos si, al cabo de 74 años de la apertura de las puertas de Auschwitz y 75 del descubrimiento de las cenizas de Treblinka, vuelven los fantasmas que creíamos derrotados definitivamente, aunque solo fuera porque después de la Shoah el antisemitismo se ha convertido en un tabú, e incluso quien tenía prejuicios contra los judíos no se atrevía a expresarlos abiertamente, so pena de ser excluido del consenso civil.

Por otra parte, transcurridas más de siete décadas desde el Holocausto, la memoria se debilita porque faltan los testigos directos de la catástrofe de Occidente y las elaboraciones artísticas e históricas, aunque de calidad, no siempre tienen la misma importancia que la palabra directa.

Y también hay un problema político. El asalto a lo políticamente correcto, entendido no como ideología sino como lenguaje que no debe ofender al otro y como vigilancia constante sobre el idioma, ha liberado impulsos que hasta ahora permanecían reprimidos y escondidos.

Añadamos a esto el regreso de los nacionalismos, que son exclusivos por definición, en el sentido de que excluyen al otro. Y como había intuido Umberto Eco en su novela El cementerio de Praga, dedicado a los Protocolos de los sabios de Sión (un texto muy difundido en el mundo islámico y que alguien por error citó en Italia), el otro, en la historia europea, es el judío. Dijo Eco en una ocasión: “La opinión dominante es siempre la de la antisemita británica Nesta Webster: ‘Será falso, pero es un libro que dice exactamente lo que piensan los judíos, de modo que es cierto”.

Todo lo anterior se puede explicar parafraseando a los autores Hannah Arendt y Zygmunt Bauman. En la actualidad, los judíos son el paradigma de la dialéctica integración-exclusión. Se les pide que se integren, pero en el momento en que lo hacen, se les dice que no forman parte de la nación; sobre todo cuando los Estados nacionales están en crisis y, por lo tanto, como reacción, el nacionalismo se fortalece. Nacionalismo tanto de derechas como de izquierdas.

Por eso el antisemitismo es el origen de todos los racismos. Y por último hay que decir, por honestidad intelectual, que en el mundo del islam, cada vez más presente en nuestro continente, no existe el discurso de la Shoah y el antisemitismo. Y también que quien critica con razón a Israel y las políticas de su Gobierno, emplea a veces un lenguaje que recuerda a los prejuicios contra los judíos.

Wlodek Goldkorn es escritor y fue redactor jefe en L’Expresso. © Lena (Leading European Newspaper Alliance)

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