Fariñas, un ‘mahatma’ criollo

La Historia y la Geografía barajan sus cartas para seleccionar y repartir sus ases de corazones. Entremezclan naipes de amor y de paz, forjada a golpes de hambre y de esperanza. Así las cosas, en cualquier momento llegaré a preguntarme: ¿Cuba se halla en la India? ¿Santa Clara en Ponbandar? ¿Cuándo irrumpió a la vida: en 1869 o en 1962? Lo mismo me ocurre con los nombres. Cómo debo llamarlo: ¿Mohandas Fariñas o Guillermo Gandhi? Es solo un lapsus mentis. Me basta con desempolvar la memoria para que enseguida broten mis recuerdos personales, y vea la imagen magra del Premio Sajarov del 2010.

A Guillermo Fariñas lo conocí cuando era casi un desconocido. Antes había oído hablar de él. Fue cuando a mediados de los 90 protagonizó una acción cívica frente al Hospital Pediátrico Pedro Borrás, en La Habana, donde trabajaba como psicólogo.

Con aquella protesta denunciaba la corrupción en un centro médico. Nada más. Es cierto que se trataba de una actitud valiente en un país donde discrepar significaba amputarse el futuro, y hasta la libertad. Sin embargo, aún su motivación no trascendía a una injusticia laboral casi doméstica. Todavía el árbol frondoso era una simiente mínima. Ni siquiera se trataba de una promesa, de un buen augurio.

De modo que Guillermo Fariñas era un nombre y un apellido más en mis cuartillas de periodista independiente, en aquel mundo proscrito y noticioso, contemporáneo y cubano; o sea, casi clandestino.

Después, su imagen se escapó del papel y de la tinta, para tornarse en piel y en sangre. Para adentrarse en mis ojos como un ser de carne y sueño. En un ser híbrido de dos razas, pero sobre todo de la más importante: la del alma, en la cual conviven su hambre de justicia -casi con sabor a rabia- con una ternura inmensa y útil.

Mas entonces no sospechaba siquiera la grandeza de espíritu de aquel mulato de ojos enormes, que miraba al futuro sin pedir permiso. Tampoco imaginaba que muy pronto lo llamaría El Coco, como lo apodó la familia, como le decimos los amigos; y, mucho menos, que 13 años después su última huelga de hambre estaría vinculada a mi primer día de libertad.

Recuerdo bien por qué nos conocimos. Transcurría el verano de 1997 cuando un grupo de militantes del Partido Pro Derechos Humanos, afiliado a la Fundación Andrei Sajarov, inició un ayuno cívico en Santa Clara, a 300 km al este de La Habana, para apoyar a su líder Daula Carpio Mata, a quien la policía política había citado para interrogarla.

El ayuno se realizó en una casa particular. A los pocos días agentes de la seguridad del Estado irrumpieron en la vivienda y arrestaron a los ayunantes. Fariñas, quien ya gozaba de mucho prestigio, sirvió como mediador entre las autoridades y los disidentes.

Todo parecía haberse solucionado tras 105 días de ayuno. La única condición del Gobierno era que comenzaran a comer y que ingresaran en el hospital Arnaldo Milián. Solo entonces serían liberados sin juicio.

El Coco y los ayunantes lo consideraron un buen trato, pues el Gobierno había accedido a su demanda de que los excarcelaran, y aceptaron. La capacidad de Guillermo Fariñas como negociador acrecentó su prestigio.

Mas el Gobierno rompió el pacto. A Daula y a los demás los alimentaron a la fuerza y a través de la nariz, con una comida líquida y hervorosa. Sintieron un volcán en sus estómagos. Después los arrestaron y los enviaron a prisión. Esta traición de las autoridades radicalizó aún más la actitud del Coco Fariñas.

En esa época yo trabajaba en Cuba Press, una agencia tan pequeña como prohibida, y se me encomendó informar día a día sobre la situación de Los Ayunantes de Santa Clara, como pronto se les llamó. Mi comunicación con Fariñas era cada vez más frecuente, hasta que nos conocimos personalmente, y su nombre dejó de ser para mí de tinta y de papel, para tornarse en sangre viva y en la piel de un corajudo.

Por eso, en julio del 2010, cuando me hallaba en prisión y me faltaban pocas horas para ser excarcelado, aproveché una oportunidad y desde la cárcel telefoneé al Coco. Nos despedimos como hermanos. Yo iría a España. Él permanecería en Cuba para proseguir la lucha, pacífica y generosa, venciendo sus propios miedos por amor a la libertad, como actúan los héroes.

Bertolt Brecht, en su obra Galileo, escribió que Andrea Sarti, discípulo del hereje arrepentido, repudia a su maestro con estas palabras: «Desgraciada la tierra que no tiene héroes». A lo que Galilei responde: «No. Desgraciada la tierra que necesita de héroes».

La disidencia cubana ha merecido tres veces el Premio Sajarov, y no han faltado propuestas para el Nobel de la Paz. Quizá un 10 de diciembre, lejano o no, en Oslo sean aplaudidos Oswaldo Payá, Las Damas de Blanco y Guillermo Fariñas.

Como no soy profeta no me atrevo a asegurarlo. Solo sé que la Historia, la Geografía y los nombres barajan sus naipes, y reparten sus ases de corazón.

Por Ricardo González, periodista.

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