Fascismo o democracia

En la presente campaña electoral, el eslogan de la derecha es ‘socialismo o libertad’, y el de la izquierda, ‘fascismo o democracia’. Espero que, gane quien gane, la libertad y la democracia se conservarán, porque están garantizadas por la Constitución y la Constitución, a su vez, contiene un inequívoco artículo octavo. No cabe duda, sin embargo, de que estamos ante acontecimientos enteramente nuevos. Cuando a la democracia que empezamos a construir entre todos en 1976 se le intentó desviar de su camino, los adversarios tuvieron tan poca fortuna que el intento no duró ni veinticuatro horas y al socialismo democrático que reconstruyó por entonces Felipe González nadie osó acusarle de suponer un peligro para la libertad. Por eso digo que invocar el socialismo o el fascismo como alternativas a la democracia y la libertad son auténticas novedades de nuestro escenario político.

Lo atribuyo a la presencia de sectores comunistas o filocomunistas que, desvinculados del partido que lideró Carrillo, pretenden regresar a los tiempos de la Segunda República, estimulados por el hecho, absolutamente inesperado, de que el presidente Sánchez, después de superar sus anunciados insomnios, aceptara lo que había negado a sus electores, es decir, el pacto con quienes rechazan abiertamente la Constitución.

Fascismo o democraciaNo sé si el presidente del Gobierno conoce cuanto escribió Indalecio Prieto de la alianza de su partido con el comunismo: «Se reaccionó contra la influencia comunista a destiempo (...) Con frecuencia, volviendo la mirada hacia aquellos tiempos, no deja de herirme el remordimiento (...) Con los comunistas no podemos ni debemos seguir, no solo porque nos agobia el recuerdo de las viles coacciones que han sido eje de su política con nosotros a lo largo de la guerra, sino por razones de conveniencia colectiva en cuanto al Partido y patriótica respecto a España (...) El comunismo lo repele España entera (...) Deberíamos arrojarlo por la borda para que España nos pudiera acoger al amparo de instituciones democráticas que salvaguardaran nuestra vida y nuestra libertad».

Tampoco sé si el presidente del Gobierno está informado de que, ya durante la guerra, cuando Azaña encargó a Largo Caballero que formara gobierno, puso este como condición la entrada de los comunistas. Aunque los comunistas pensaban que lo revolucionario era no colaborar, sometieron su decisión a Moscú, que les dio la orden de participar. Así entró en Instrucción Pública Jesús Hernández, que había asistido como delegado del Partido Comunista Ibérico al Congreso de la Internacional, en Moscú en julio de 1935, donde asumió la tesis de Dimitrov sobre el frente único del proletariado y se apresuró a ofrecerse a Largo Caballero para formarlo en España, creando un partido revolucionario único, capaz de derrocar el poder de la burguesía y erigir el poder proletario.

Hernández Tomás entró en el Gobierno de Largo Caballero en septiembre de 1936 y siguió con Negrin hasta abril de 1938. Esa es la etapa en la que se publica un libro titulado ‘Lo que cuentan los amigos de Perico’, editado por el Ministerio de Instrucción Pública para los niños antifascistas de España. La edición es de 1936 y al citar la imprenta -Sociedad General de Publicaciones de Barcelona- no dejan de advertir que se trata de una ‘empresa colectivizada’. Los editores lo dedican a las pequeñas víctimas inocentes de la barbarie fascista y la contraportada, ilustrada con el escudo de la República, incluye estas expresiones: «Niños españoles: Mientras los asesinos fascistas os tiran bombas y matan a vuestros hermanitos, el Ministerio de Instrucción Pública del Frente Popular os regala juguetes y cuentos y se preocupa de vuestra instrucción, para que mañana seáis hombres útiles a la nueva sociedad».

Los cuentos son seis. Perico se ha roto una pierna y está en la cama, sin compañía alguna y distraído solo con lo que le cuentan el carbón de la estufa, la cajita de cerillas, la botella de agua, la colcha de su cama, el puchero y una flor de nieve, regalo de su madre. Los imaginativos relatos son el pretexto para impartir doctrina a los niños españoles.

Según el carbón, después de una explosión en la mina, mientras los cadáveres de las víctimas yacían en sus casuchas y sus mujeres e hijos lloraban, en casa del dueño rico se celebraba una gran fiesta, en la que mujeres bonitas bailaban luciendo vistosas ‘toilettes’, porque «los ricos hacen trabajar a los pobres para ellos, para poder llevar una vida regalada».

La caja de cerillas insiste en que venía de un bosque, propiedad de un hombre rico, que hizo meter en la cárcel a un campesino porque había matado una liebre para alimentar a su mujer enferma.

Antes de que intervenga la botella, el autor inventa la visita a Perico de una señora que frecuentaba los barrios pobres para hablar a los niños de Dios. Un Dios siempre enfadado que exigía que los hombres trabajaran y que además estuvieran contentos y agradecidos de que les hubiera deparado esa vida miserable. La señora atribuía la rotura de la pierna al castigo de Dios porque Perico no rezaba y le explicaba que su dolor no tenía nada que ver con el que él y su madre, que no le enseñaba a rezar, sufrirían en el infierno. Cuando se fue la señora «para llevar a otros los consuelos de nuestra santa religión», la botella y el vaso se reían de tal manera que apenas podían tenerse de pie. Según ellos, el infierno no está creado por Dios, sino por los ricos, que mandan a los pobres a ese infierno, empleando como tenazas el hambre y la pobreza.

Llegó el turno de la colcha, atribulada porque sus bellos colores se fabricaban en un taller donde los vapores de anilina envenenaban a los obreros, por culpa de los propietarios, que preferían habitaciones sin ventanas porque eran más baratas. La caja de cerillas recordó que en su bosque había un ave de rapiña que se llevaba las crías de los pajaritos, hasta que uno de ellos consiguió que una infinidad de pajaritos picotearan al buitre hasta sacarle los ojos y matarle. Era lo que se esperaba de los niños que, cuando crecieran, sabrían lo qué hay que hacer para conquistar sus derechos.

El quinto cuento es el del puchero, que reprochaba a los demás hablarle a Perico del «sistema», del «capitalismo» y de otras palabras que él difícilmente podía entender: «Yo soy un tipo sencillo y llamo a esas cosas ‘injusticia’ y ‘canallada’».

Cuando interviene la flor de nieve, su tesis es que el invierno es malo y que hace con las florecillas lo que los ricos con los hombres, pero un día los hombres que trabajan se unirán, echarán a los pocos ricos ociosos y ya nadie pasará frío, ni hambre, ni perecerá en las minas.

Resulta difícil precisar si es más infantil la mentalidad del autor de semejante panfleto o la de los niños a los que se dirige. Lo evidente es que el titular de Instrucción Pública que así quiere moldear las cabezas de los niños españoles es el autor del libro ‘Yo fui Ministro de Stalin’. No he encontrado en esa obra alusión alguna a su política educativa, pero hay un momento en el que describe al público que asiste a un mitin suyo en la Valencia de 1937 y dice que «todos tenían un Dios, Stalin, y un reino, Moscú», añadiendo: «Nosotros, yo el primero, se lo habíamos esculpido en los sesos».

Que esas eran las ideas que deseaban esculpir en los sesos de los niños españoles admite pocas dudas, a la vista del libro que comento. De ahí que, entonces como ahora, sea demasiado grosero sostener que quienes no compartan esas ideas son fascistas o luchan contra la democracia. Salvo, claro, que se entienda por democracia lo que defendían Jesús Hernández y los clarividentes líderes socialistas que le otorgaron su confianza.

Fernando Suárez González es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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