Federalismo catalanista bajo el franquismo

En las últimas fechas, muchos son los que han señalado, como si del descubrimiento del Mediterráneo se tratara, la trascendental importancia que ha tenido el factor educativo en la configuración de una masa catalanista suficiente como para plantear la secesión de la región catalana. Como es sabido, generaciones de catalanes han sido sometidos a una inmersión que va mucho más allá del plano lingüístico. Nos referimos, en este último caso, a la maniquea manipulación de la Historia según la cual, el franquismo, tan de actualidad en este otoño de 2017, habría aniquilado todo aquello que tuviera que ver con las eternas y telúricas señas de identidad de una Cataluña que habría constituido uno de los bandos de la Guerra Civil frente a la siempre fanática y autoritaria España. Tal tesis, tan maniquea como falsaria, encaja mal, sin embargo, con multitud de datos.

En relación a la lengua catalana, una simple consulta al registro ISBN debiera servir para cotejar hasta qué punto la edición en catalán gozó de buena salud en aquellos días pese a su casi nula presencia educativa. Paralelamente a la cuestión lingüística, lo que nos proponemos exponer morosamente en este escrito son unas acciones que, articuladas en la necesaria discreción del momento, mostraron sus resultados tras la muerte de Franco, cristalizando en la Constitución de 1978, aquella que distingue, de modo calculadamente impreciso, entre nacionalidades y regiones. Veamos.

Las peculiaridades de la España de principios de los 50, una nación no democrática pero furibundamente anticomunista, determinaron que EEUU, tras su coyuntural convergencia bélica con la URSS, propiciaran la incorporación de España a la esfera internacional capitalista. El objetivo último era la configuración de unos Estados Unidos de Europa constituidos por una serie de naciones que supondrían un dique frente al enemigo que acechaba tras los Urales. La estrategia continental, tan política como económica y cultural, permitió que un conjunto de prohombres de las letras españolas, bajo el común denominador del anticomunismo, fuera captado por el Congreso por la Libertad de la Cultura. El Comité español de tal organización, cuya figura políticamente más destacada era Dionisio Ridruejo, se estructuró alrededor de dos bloques: los castellanos y los catalanes. Políticamente se buscaba una España federal, es decir, la lectura en clave interna del diseño europeo norteamericano. Operativo durante dos décadas, hasta su eclipse con la llegada de la Constitución, el Comité organizó, entre otras muchas actividades, un encuentro en el que se analizaron los aspectos culturales de un catalanismo que operaba ya en diversos frentes. Si en la España autonómica Iglesias se reúne con el izquierdista católico republicano Junqueras en casa del magnate mediático, y ex trotskista, Roures, en diciembre de 1964, la hospitalidad corrió a cargo del fundador de Benéfica Minerva y de Banca Catalana, Félix Millet Maristany. En su mansión de La Ametlla del Vallés, comparecieron los castellanos: Ridruejo, Aranguren, Caro Baroja, Maravall y Pablo Martí Zaro; mientras que por los catalanes lo hacían: Badia Margarit, Josep Benet, Castellet, Marià Manent y Joan Raventós, fundador del PSC, entre otros.

Durante dos días, ideas tan de actualidad como las de "Estado plurinacional", "secesión" o "modelo federal", todas con un trasfondo europeísta, atravesaron las intervenciones del colectivo. En relación al catalanismo de sesgo cultural y lingüístico, destacó la intervención del filólogo Badia, quien expresó su mayor anhelo: "Que los catalanes se expresen según lengua y espíritu catalán", al tiempo que deslizaba argumentos xenófobos hacia lo que llamó "inmigración". Para Badia, la ingente mano de obra que descapitalizó otras regiones y aportó fuerza de trabajo a la industrializada Barcelona en la que el régimen implantó la Seat, constituía, como si de extranjeros se tratara, un flujo de inmigrantes que se asentó en su cinturón industrial de casas baratas y descampados. Un capital electoral en el que el catalanismo se infiltró ulteriormente de forma sutil mientras recibía la acusación de favorecer la aculturación de los naturales, argumento que, asentido por Castellet, fue empleado por diversos prebostes del catalanismo. Perdido para la causa, el colectivo propicio para los fines previstos, como reconoció Pujol, se desplazó a las nuevas y escolarizadas generaciones, es decir, los hijos y nietos de tales "emigrantes".

La reunión, que concitó a los que pueden llamarse, frente al clásico nacionalcatolicismo con el que se define al franquismo, federalcatólicos, se celebraba bajo el telón de fondo de la encíclica de Juan XXIII, Pacem in terris. Una encíclica, contextualizada dentro del diálogo cristiano-marxista, en la que se exhortaba a "que los gobernantes se consagren a promover con eficacia los valores humanos de dichas minorías, especialmente en lo tocante a su lengua, cultura, tradiciones, recursos e iniciativas económicas", mandato que los catalanistas católicos, hoy de nuevo tan presentes en el proceso secesionista catalán, supieron instrumentalizar. Uno de los efectos más evidentes del texto fue el reconocimiento, por parte de la Conferencia Episcopal, de cuatro culturas y otras tantas lenguas en España: castellano, catalán, gallego y vascuence. El efecto litúrgico en Cataluña no se hizo esperar. El catalán comenzó a usarse de manera creciente, y así, desde las parroquias rurales, que aún conservaban aromas carlistas, la sustitución del español llegó finalmente a las iglesias urbanas posconciliares.

Pero volvamos a la masía de Millet, en la que también resonó la voz de Julio Caro Baroja, que abogaba por un iberismo de tintes depredadores, al ver en el depauperado Portugal un territorio propicio para "los países más ricos de la península". Dentro de la ortodoxia catalanista, el orador más radicalizado, el mismo que en 1977 fue el senador más votado de toda España, fue el jesuítico Josep Benet. Antiguo presidente de los Jóvenes Cristianos de Cataluña, se anticipó en décadas a la CUP al hablar de una Cataluña ocupada que sólo encontraría acomodo en un Estado plurinacional, antesala de la independencia.

Junto a las de Benet, las palabras de Ridruejo parecen también actuales. El antiguo letrista del Cara al Sol no sólo señaló a la Universidad de Barcelona como un lugar en el que existía un "complejo de colonización" causado por la presencia de profesores de habla no catalana, sino que, precediendo a Sánchez e Iglesias, insistió en uno de los habituales mantras del izquierdismo patrio: la pluralidad nacional del Estado español, es decir, la estructura plurinacional de España, fórmula nunca definida en su realización en la que los políticos mentados cifran la solución, al parecer taumatúrgica, a los males de España. Las propuestas apuntadas por el viejo falangista para desbloquear aquella España que algunos creen persistente, también estaban en sintonía con la actual efebocracia socialdemócrata, pues Ridruejo afirmó la necesidad de una "negociación política" para la cual los intelectuales eran imprescindibles en su labor de preparación del terreno ideológico propicio.

Paralelamente a estas tenidas culturales, la partitocracia catalanista también encontró acomodo en la masía de Millet. En enero de 1966, las principales familias políticas y económicas de la región, con la única exclusión de PSUC y MSC, estuvieron representadas por gentes como Pujol, Benet o Carulla, dando continuidad a otras citas en las que participaron Castellet, Bohigas o Jordi Carbonell. Más de medio siglo después de las jornadas vallesanas, muchos de los invitados de Millet forman parte del panteón de hombres ilustres del catalanismo por sus contribuciones, aureoladas por el Mito de la Cultura, a tan hispanófoba causa. Los efectos disolventes de sus políticas, para desengaño de ingenuos y fundamentalistas democráticos, muestran hoy su verdadero rostro.

Iván Vélez es autor, entre otros, de Sobre la Leyenda Negra (Encuentro, 2014) y El mito de Cortés (Encuentro, 2016).

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