Felicidades, ‘zorionak’

En los años ochenta y noventa viajé con frecuencia al País Vasco, y recuerdo bien cómo se relajaba el ambiente cuando ETA anunciaba un alto el fuego y cómo todo se ensombrecía otra vez cuando volvían a atentar. En esas dos décadas hubo cuatro o cinco treguas. La organización terrorista se sentía legitimada para permitir a los vascos llevar una vida normal en una sociedad en paz y luego para prohibírselo: hasta tal fecha podréis vivir sin temor a ser secuestrados o asesinados, pero a partir de tal día volveréis a pasar miedo… Y, por supuesto, que esas treguas no concluyeran en un alto el fuego definitivo era siempre culpa del enemigo, la pérfida democracia española.

En el 2010, ETA hizo pública su renuncia a las “acciones armadas ofensivas”, que poco después se convertiría en un alto el fuego “permanente, general y verificable”. Han pasado seis años. Nunca desde el restablecimiento de la democracia habían disfrutado los vascos de un periodo tan largo sin terrorismo: seis años en los que nadie ha tenido que moverse por la calle con guardaespaldas ni buscar explosivos debajo del coche ni desconfiar de los paquetes sospechosos ni encontrar carteles con su nombre en el centro de una diana ni temer el chantaje del llamado impuesto revolucionario… Si durante las treguas anteriores la sociedad vasca transmitía una tímida ilusión, ahora respira una pletórica confianza en el futuro.

Creo no equivocarme si digo que el País Vasco está atravesando la mejor etapa de su historia. Las viejas heridas están cicatrizando con celeridad y los antiguos enconamientos han sido sustituidos por un anhelo general de reconciliación y convivencia pacífica. A esta nueva atmósfera de diálogo y concordia ha contribuido el que el País Vasco (ciertamente con la ventaja del concierto económico) haya capeado el temporal de la crisis con más desenvoltura que otros territorios. Y no es ajeno el hecho de que, debido a la escasez de casos de corrupción y a una razonable gestión de lo público, el alejamiento entre los ciudadanos y los responsables políticos parece menos acusado que en otras comunidades autónomas… Las cosas, en fin, no sólo van mejor que hace seis años sino que da la sensación de que seguirán mejorando en el futuro. ¿Quién podía imaginar la situación actual hace tres décadas, cuando no se atisbaba la salida del atolladero, con ETA asesinando a cuarenta personas cada año, la sociedad vasca desmoralizada y dividida y la economía hundida por la reconversión industrial?

Entre tanto, según las encuestas, el independentismo vasco ha caído por debajo del 20%. Estoy convencido de que esa bonanza material y espiritual de los últimos años está ayudando a templar los fervores patrióticos. Veamos por qué. Los relatos nacionalistas se ajustan a un patrón común que puede resumirse en la secuencia: paraíso perdido-presente agónico-utopía redentora. Dicho de otro modo: para el nacionalismo, la patria, que en un pasado remoto conoció una arcádica edad de oro en la que era envidiada por las naciones vecinas, experimenta en la actualidad una decadencia que la ha colocado al borde de la desaparición y no puede sino luchar por alcanzar un futuro utópico en el que la comunidad recuperará la cohesión y la armonía primigenias… Para aglutinar esos elementos sólo hace falta la argamasa del enemigo exterior, que sometió la antigua nación invadiéndola y colonizándola. Por supuesto, en el caso del País Vasco, ese enemigo no es otro que España y, en la cosmovisión nacionalista, el secular enfrentamiento entre las dos naciones se constituye en motor único de la historia.

Pues bien, a veces la realidad se expresa con rotundidad. Es lo que le está ocurriendo a la sociedad vasca, que, sin renunciar a un sentimiento de identidad colectiva, se resiste a ver fantasmas donde no los hay. Este presente, que el discurso nacionalista necesita presentar como una etapa de declive y postración, es percibido por la mayoría como una combinación sin precedentes de paz, democracia y prosperidad. De ahí que las recreaciones legendarias del pasado y sus fantasiosas proyecciones sobre el futuro hayan perdido vigencia con tanta rapidez.

Obsérvese que, con pequeñas diferencias de matiz, el esquema mítico de los paraísos perdidos y las utopías futuras es aplicable también al nacionalismo catalán. Si en el País Vasco ese relato contribuyó durante décadas a justificar la mortífera actividad de ETA, en Catalunya ha alimentado la deriva independentista surgida al calor del tricentenario de la guerra de Sucesión. ¿Cuántas veces, en los últimos tiempos, hemos escuchado a gente como Jordi Pujol o Artur Mas advertir sobre el riesgo de desaparición de Catalunya, su inminente aniquilación, etcétera? Esos alegatos sobre el presente, que habrían resultado excéntricos fuera de un contexto de feroz crisis económica, buscan ejercer de correa de transmisión entre dos ensoñaciones: el legendario paraíso del pasado y el no menos legendario paraíso del futuro.

Ignacio Martínez de Pisón, escritor.

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