Felipe de Borbón

Felipe de Borbón, que muy pronto será conocido como Felipe VI, ha sido siempre un Príncipe al que le gusta manejar bien los tiempos, que mira y trabaja a largo plazo. Un hombre convencido de que todo tiene su momento y su tiempo bajo el cielo, como asegura el Eclesiastés. Será, quizá, porque es plenamente consciente de su trascendental papel en la Historia, de la tarea que le corresponde hacer. Así lo sabemos y lo sentimos quienes hemos tenido el privilegio y el honor de compartir tantas e intensas horas a su lado en Asturias.

En su convicción de que su papel institucional es una complicada y comprometida responsabilidad, la prudencia es su norma, pero también la determinación. Don Felipe es, siguiendo la máxima de Saavedra Fajardo, un príncipe que ha nacido para todos y que actúa con prontitud, pero sin precipitarse, con bondad y sin descuidarse.

Como escribió Ortega y Gasset: «La vida humana tiene que estar puesta al servicio de algo, a una empresa gloriosa o humilde, a un destino ilustre o trivial. Pero si esa vida solo a mí me importa, si no está entregada a algo, caminará desvencijada, sin tensión y sin forma… será una vida sin peso y sin raíz». Este pensamiento traduce mi idea sobre el Príncipe y su compromiso con el reto y la responsabilidad que la Historia y la vida han puesto en su camino.

El Príncipe ha sabido recoger de la educación recibida todo lo mejor, para poder transmitir, con generosidad, valores que considera indispensables para una vida digna: lealtad, gratitud, equilibrio, ecuanimidad. Recuerdo siempre, cuando evoco su trayectoria, aquel consejo que le dio su padre, el Rey, en Covadonga, cuando, aún muy niño, fue jurado Príncipe de Asturias: «Ni un minuto de descanso, ni el temblor de un desfallecimiento, ni una duda en el servicio a los españoles y a sus destinos». En estos años, ha seguido este consejo trabajando de una forma rigurosa y responsable, sin olvidar que su imagen pública y su credibilidad dependen de la coherencia con la que actúe, de la correspondencia permanente entre el deber y el ser, aun a costa de renuncias y sacrificios.

Pero si en un concepto sobre el Príncipe hay unanimidad dentro y fuera de España es en el hecho incontestable de que es una persona que conoce en profundidad los entramados de la política y las relaciones internacionales, de que está muy bien informado y, puesto que tiene una especial capacidad para tender puentes y para alentar la concordia, de que ejerce a la perfección el papel de moderador. Para actuar de esta forma estudia, reflexiona y piensa mucho antes de tomar una decisión importante; pero una vez tomada, es muy difícil que cambie el rumbo.

Hoy pienso todas estas cosas desde la lealtad y el cariño, desde la profunda admiración que siento por la bondad de su corazón, por su rebeldía firme y severa ante la injusticia y por su compromiso con el reto que la historia y la vida han puesto en su camino.

Graciano García es director emérito vitalicio de la Fundación Príncipe de Asturias.

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