Felipismo tricolor

La monarquía y las elecciones segundonas mantienen una especial relación en España. Hace ochenta y tres años, unos comicios municipales parcialmente ganados por los partidos del pacto de San Sebastián condujeron a la abdicación de Alfonso XIII. Abril de 1931. La república advino, los guardias se cuadraron y Josep Pla, perplejo en Madrid, escribió grandes crónicas.

Dos de junio del 2014. Juan Carlos I abdica ocho días después de unas elecciones segundonas -parlamentarios europeos- en las que los dos principales partidos españoles han sumado menos de la mitad de los votos, por primera vez desde 1977. Partido Popular, 26%. Partido Socialista Obrero Español, 23%. Entre ambos, cinco millones de votos menos. El nieto de Alfonso XIII abdica y en España se proclama el Estado de renovación.

Reset. Reinvención. Replanteamiento. Las manifestaciones que tuvieron lugar anoche en muchas ciudades fueron tricolores, democratistas y, sin afirmarlo, felipistas. Implícitamente felipistas. En algún modo, felipistas. Hay más deseo de cambio en los modales del poder, que nostalgia de la república. Por ahora.

Hay canguelo en los grupos dirigentes. Y sin un cierto aliento en la nuca hay reformas que nunca se plantean. Habría que releer estos días a Giuseppe Tomasi de Lampedusa para acabar de entender que el mito de El Gatopardo esconde un saludo al cambio. Un saludo irónico, melancólico y lúcido. La frase cínica del joven Tancredi, tantas veces repetida -”todo debe cambiar para que todo siga como está”-, pronto queda desbordada por los acontecimientos. El viejo Don Fabrizio lo sabe y entrega unos miles de ducados al nuevo orden. Todo cambio lampedusiano contiene un desplazamiento de fuerzas.

El 25-M no ha forzado la abdicación del Rey, pero los historiadores del futuro establecerán una conexión entre ambos acontecimientos. Hace ochos días, España envío una inquietante señal de hartazgo y amargura, sin necesidad de votar a la extrema derecha o a un cómico airado. Las elecciones segundonas del 2014 no han derrocado al Rey, pero han dejado al desnudo las grietas del sistema. Una nueva subjetividad política recorre Europa y surgen por doquier los médiums de la ira. En España no hay un Frente Nacional, ni un Beppe Grillo, pero no faltan médiums. Viejos y nuevos. La noche del 25 de mayo se oyó un toc-toc-toc en la mesa camilla de la transición. Esquerra Republicana ganaba en Catalunya, por primera vez desde los tiempos de Francesc Macià y Lluís Companys. Y un nuevo partido titulado Podemos, izquierdista, posmoderno y radical-democrático, se convertía en flautista de Hamelín. De saque, un millón doscientos y pico mil votos. El club de lectores de Slavoj Zizek en Ciencias Políticas de la Complutense ha hecho jaque al PSOE y a Izquierda Unida. José María Lassalle, secretario de Estado de Cultura, se ha leído las tesis doctorales de los fundadores de Podemos. Ayer les dedicaba un largo e inteligente artículo en El País. Está preocupado Lassalle: “Una partida de ajedrez se ha iniciado en el tablero de las geografías urbanas y de las emociones de las clases medias europeas”.

Ocho días después de iniciarse esa partida de ajedrez europea, Juan Carlos I abdica y da paso a Felipe VI, apelando a la renovación generacional. Horas antes de la renuncia, un conocido magistrado del Tribunal Constitucional -hombre de Aznar- se veía obligado a dimitir tras ser sorprendido por la policía conduciendo ebrio y sin casco, a todo gas por el paseo de la Castellana. Valle-Inclán 2.0.

La abdicación del Rey envía un mensaje fuerte en favor de la reforma política y el saneamiento moral de España. La monarquía retoma la iniciativa, como ya hizo en 1976 al prescindir de Carlos Arias Navarro. En un país apaleado por la crisis, la palabra reforma no sólo puede ser el eufemismo de recortes de plantilla, rebajas salariales y despidos más baratos. Alguien se lo tiene que explicar a los alemanes. El contrato social debe ser reajustado. El contrato territorial, también.

Enric Juliana

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