Fernán Gómez, Umbral y otros crepúsculos

Fernán Gómez.

Una madrugada estival, como no había taxis, David Trueba preguntó a dos empleados del servicio municipal de limpieza: “¿Ustedes nos podrían hacer el favor de llevar en su furgoneta a la plaza de la Paja al señor Fernán Gómez y al señor Umbral, que ya están un poco mayores?”. El destino era una terraza donde continuar la fiesta. Por la puerta trasera de la furgoneta subieron los ilustres hedonistas acompañados por sus respectivas parejas, Emma Cohen y María España.

En Nosotros, los mayores, Fernán Gómez escribe: “Los jóvenes saben que no se han de morir ellos, sino el hombre que serán años después, y al que aún no conocen. Los viejos sí sabemos quién es el viejo que se va a morir”. Hace justo hoy diez años murió aquel hombre del Renacimiento. El amigo íntimo que le acompañaba en la furgoneta de la limpieza también moriría en 2007, a finales de agosto (el mismo día que había nacido Fernando). En Un ser de lejanías, Francisco Umbral escribió: “Lo que será mi muerte, la fiesta de los débiles, un agosto de varios meses donde me tendrán expuesto como cadáver exquisito”.

Fernando Fernán Gómez fue un niño pelirrojo, azules los ojos, tímido. Hijo único de madre soltera, no entendía por qué la luna podía estar a la vez en dos sitios. Lo que sí le enseñó su abuela fue a mirar las nubes y ver lo que eran.

Desde el balcón de casa en Chamberí, veía la pantalla de un cine al aire libre que acabaría proyectando en su imaginación uno de los primeros recuerdos: el salto de un esquiador que, luego de acariciar el cielo madrileño, dejó un perfume de nieve en aquel niño que lloró el día que fue consciente de que había dejado de ser niño. Siendo adolescente, cambiaría la misa dominical por asambleas anarquistas. Y empezó una vida sentimental que fue “de destrozo en destrozo, de derrota en derrota”, tal vez porque ninguna mujer pudo deshacer el hechizo de Marlene Dietrich, su primer amor.

Profesionalmente, como actor, quería éxitos y fama, “no por los éxitos y la fama en sí, sino para que me proporcionasen dinero y me librasen de ser un pobre ridículo”. A su futura suegra (la madre de María Dolores Pradera), Fernando le parecía, en efecto, “un pobre ridículo”, por eso intentó disuadirle del matrimonio mostrando los defectos de María Dolores, entre otros el estreñimiento. Al final se casaron; a la salida de la iglesia fueron al cementerio a dejar un ramo de azahar en la tumba de la abuela que le había enseñado a ver en el cielo perritos acostados, barcos veleros…

Convertido al ateísmo, pudo ser caracterizado con el mismo epíteto que usó un periodista para Julio Camba: “Anarko-aristócrata”. (Durante una época, Fernando vivió con un mayordomo en un lujoso piso de la avenida del Generalísimo). Protagonizó varias películas haciendo de cura y militar. Después vino una pasajera decadencia: “Llegué en aquellos años a ser como galán el más feo, y como actor cómico el menos gracioso”. Los bares siempre cerraban demasiado pronto; de ahí que continuase la juerga en el bar del aeropuerto de Barajas, cuyos viajeros asistían atónitos al espectáculo de prostitutas y noctámbulos borrachos. Como él mismo reconoce en El tiempo amarillo, la educación de sus hijos fue eclipsada por el hedonismo.

Frisando los ochenta años le llegaron las mejores ofertas cinematográficas, cuando veía con serenidad que ya no tenía futuro y los sauces de su jardín morían de vejez. Mientras, Umbral se sentía cada día más ánima y menos persona, y veía en el jardín de su “dacha” de Majadahonda cómo otoñecía la parra roja. Él, que se había pasado la vida “urdiendo metáforas”, ¿no se dio cuenta de la hermosa metáfora que dos viejos dibujaban en la furgoneta del servicio municipal de limpieza?

Cuando nacían las naciones africanas a principios de los sesenta, Alberto Vázquez-Figueroa se fue a África Central como cazador profesional de elefantes (la senectud era la sentencia de muerte). A los indios, al menos, les dejaban huir al bosque cuando cumplían los sesenta.

Frisando en los noventa, a Kundera le horroriza escuchar el latido de su corazón porque le recuerda continuamente que el tiempo de su vida está contado.

Cuando Fernán Gómez era un niño que trepaba por los árboles del Retiro, Ramón y Cajal era un anciano que vivía en una casa cuyos balcones se asomaban al parque. Sin embargo, en la serie que hizo Televisión Española, Fernando interpretaba el papel de padre de Santiago. Cajal escribió un libro, El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arteriosclerótico, donde recomienda a los mayores seguir el consejo del rey Alfonso de Aragón: “Leña vieja para quemar, vino viejo que beber, viejos libros que leer y viejos amigos para hablar”.

En Los Baroja, Julio Caro cuenta que su tío Pío, meses antes de recibir la visita de la muerte, había perdido casi la memoria. Tenía una arteriosclerosis que le impedía trabajar, aunque vivía en “una especie de placidez extraña”. Al gran escritor se le desbarataban las palabras. Así, por ejemplo, durante una comida dijo: “Este pescado tiene buen sonido”. En otra ocasión, señalando con la mano a un médico que no dejaba de sonreír, preguntó a Julio: “Oye, eso que hay ahí, ¿es un plato de arroz con leche?”.

Y Umbral, otra vez Umbral, siempre Umbral (autorretratado como un hombre incunable, afrancesado, que se conservaba joven entre libros viejos): “El miedo, quizá, no sea sino el olor de la muerte, como huele a tierra podrida y buena a medida que nos vamos acercando a un cementerio”.

A mí, de algunos crepúsculos, siempre me ha impresionado ese abismo donde ya no reconoces a la persona porque se ha apagado la luz de las velas de sus ojos. Me pasó con otro “anarko-aristócrata”, un director de cine genial de cuyo nombre no quiero acordarme por pudor.

De la muerte de Fernán Gómez recuerdo la bandera anarquista —roja y negra como la falangista— cubriendo el féretro. ¿Qué hubiera pensado la abuela republicana, qué la madre monárquica…? Fernando podía ser, como él mismo reconocía, una persona con mal carácter, pero no era un sectario, por eso tenía amigos de todas las ideologías. El día que recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, para ser feliz, le faltó su madre: “Mi deseo era que en el público hubiera estado la Fernán Gómez convertida en una viejecita. Aquella habría sido su fiesta. Aquel habría sido el momento más feliz de su vida, cuando habría podido ver —ella, tan monárquica— cómo el rey de España, sonriendo abiertamente, sin que su sonrisa llegara a romper el protocolo, pero con especial afecto, estrechaba la mano al hijo de Carola”.

José Blasco del Álamo es periodista y escritor.

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