Fernando El Católico, cinco siglos. Europa y España en nuestro tiempo

En este año 2016, se cumplen los primeros cinco siglos de la muerte de Fernando de Aragón, esposo de Isabel la Católica. Apenas se le recuerda. Acaso haya sido Javier Olivares el que lo haya preanunciado, en una Tercera de ABC, de 84-2016, y quien haya hecho una advertencia a la «falacia y olvido» sobre la cual no se construye el futuro. Y esa es la idea, brevemente expuesta, para resaltar lo que representó en su tiempo, y en el nuestro.

Sobre el primero, mi recuerdo está, dentro de la filosofía política o jurídica, en su apreciación o valoración de Maquiavelo. El nuestro es más elemental: lo sitúo en la ciudad de Daroca (Zaragoza), en la que se custodia el milagro de los Sagrados Corporales, ocurrido en 1239, en Luchente (Valencia), que provocó, con otras circunstancias, la proclamación de la festividad del Corpus Christi, en la Iglesia universal, por el Papa Urbano IV, que premió otro milagro eucarístico en la catedral de Orvieto (Italia). La capilla de los Corporales de Daroca, dentro de la basílica, cuyo altar mayor tiene inspiración vaticana, cuenta en las grandes losas laterales con el yugo y las flechas que lo testimonian.

Un Fernando el Católico, como recordamos en la obra «El Estatuto de Cataluña. Una meditación sobre España», que en las puertas de la catedral de Barcelona fue objeto de un atentado, que el Rey de las Indias y del naciente imperio en Europa supo perdonar. Pese a que en la catedral de Granada, en su escultura, su almohada estuviese más lisa y menos baja que la de su querida Isabel. Porque esta –se decía– tenía más seso. Un Rey que –según Vicens Vives– para los castellanos fue un aragonés, y para los catalanes, un castellano. Que tuvo siempre en la cabeza la gran Europa. La segunda expedición a América, mejor que en la primera, fue dirigida predominantemente por aragoneses.

A su vez, volviendo a las ideas del artículo, como vemos en la Europa y en la España de hoy, el panorama es bastante diferente. No seré exhaustivo ni excesivamente crítico. Sólo algunos detalles: los Reyes Católicos traen la unidad de España y la liberación a Europa de los sarracenos. Ahora, sofisticadamente, nace un estado islámico, con pretensión de dominio, desde el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, a todos los intentos de terrorismo islámico, que describe y analiza el embajador Iturriaga en el artículo «El estado islámico, tan lejos y tan cerca» (revista «Abogados del Estado», febrero 2016).

También la catolicidad del Estado, dentro de la libertad. Ahora, hasta en la España aconfesional se atiborra de «laicidades positivas», cuando no en ataques frontales, como la exposición en el Parlamento de Navarra de una burla grave a la religiosidad o al heroísmo de requetés o falangistas, que han sido además muy difundidas.

El espectáculo de una emigración, y aun persecución religiosa en lo que se llama la «Unión Europea», cuyas reacciones más evidentes están en el apoyo y preferencia del Papa Francisco.

Y, entre nosotros, la irrupción de la mentira, y la sofisticada ingenuidad política de los partidos políticos, que no supieron o quisieron acertar en la creación de un poder ejecutivo positivo, que ha provocado el desencanto por la desviación de una transición democrática, que nos expone a riesgos que no hayan sido satisfacer intereses personales. Con desprecio, o ignorancia de lo que es España, en nuestro tiempo y nuestra humanidad. No extraña el llamamiento a «El rey», del magistrado Trillo.

Jesús López-Medel, Premio Nacional de Literatura.

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