Fertilizantes, energía y alimentos

Por Santiago Grisolía, presidente ejecutivo de los Premios Rey Jaime I (EL PAÍS, 07/05/08):

La agricultura ha ido perdiendo importancia económica en los países industrializados, como es el caso de España, donde en los últimos años sólo representaba el 3% del PIB. Ello nos hizo crearnos la ilusión de que no debíamos preocuparnos por los productos alimenticios, y es la razón por la que los países de la Unión Europea apenas si permiten el cultivo de plantas transgénicas en su territorio.

Craso error, como demuestra la actual escalada de precios, que además evidencia lo que economistas y científicos llevan años anunciando: que el constante y vertiginoso aumento de la población mundial hace que la cantidad de alimento disponible esté condicionada por la calidad y abundancia continuada de las cosechas, y por el manejo de los depósitos que los gobiernos poseen.

Pocas comunidades son capaces de autoabastecerse. Y las actuales políticas de aumento de las extensiones de tierra destinadas a un monocultivo, para favorecer la rentabilidad internacional, provocan, cuando las cosechas generales son escasas, unas condiciones tendentes a aumentar el hambre en la zona en cuestión.

Esta reflexión evidencia muchos factores poco éticos de las sociedades actuales, los que con toda seguridad, desgraciadamente, aumentarán.

La pérdida de una cosecha de cereales, que todavía hoy cubre la mayor parte de las necesidades nutritivas de la población mundial, puede ser una gran catástrofe. Ahora mismo estamos viviendo una de esas catástrofes, debido especialmente a que la gran demanda de arroz supera las cantidades disponibles, lo que provoca un aumento de precios que lo ha convertido en un producto inasequible para las paupérrimas economías del tercer mundo.

Recordemos que esta semilla es responsable de la alimentación de cerca de la mitad de la población mundial. Al parecer, ha habido una mala cosecha. Pero ello no explica el aumento desorbitado del precio, que prácticamente se dobló en pocos días. Está claro que la deficiencia en productividad de este alimento depende en parte del agua, un bien cada vez más escaso, y también del excesivo aumento de precio de los productos energéticos. Pero esta crisis también responde a que los países que poseen cantidades almacenadas, ante el riesgo de quedar desabastecidas, hayan restringido su venta, y a la política arancelaria de la Unión Europea y otros países desarrollados.

Y no cabe acusar de la situación actual a la producción de productos bioenergéticos tales como el bioetanol, puesto que el arroz, que yo sepa, no se utiliza para estos fines. Y tampoco tiene una explicación clara el gran aumento del coste del petróleo, excepto por el deseo de hacer más ricos a determinadas personas o entidades.

Algunos economistas aseguran que se trata de un proceso coyuntural de reajuste del mercado: el anuncio del aumento de precio del arroz ha disparado la demanda en algunas regiones europeas, lo que propicia la carestía. Pero esto, según esos economistas, contribuirá a que las plantaciones de arroz aumenten. Olvidan que no todos los terrenos son aptos para el cultivo del arroz, y que para forzar las producciones se requieren cantidades siempre en aumento de fertilizantes sintéticos, cuyo precio se ha triplicado en un año. En los países industrializados, según datos de la Asociación Internacional de Industrias Fertilizantes, el consumo ha aumentado un 65% en los últimos 8 años.

La dramática consecuencia de este proceso es que miles de personas en los países pobres morirán de inanición mientras la crisis se resuelve. Son parte de esos llamados “daños colaterales” de los que tanto hablamos en los países desarrollados. Los mismos que padecemos un enorme problema de obesidad y que estamos limitando las variedades de cultivo a aquellas que nos resultan más rentables.

Se habla con pavor de los alimentos transgénicos, como obra de un grupo reducido de oscuro poder. Pero los agricultores llevan siglos realizando experimentos genéticos sin control. Hemos traído animales y plantas de los más remotos lugares de la tierra y los hemos instalado en nuestros jardines y terrenos, sin cuidar las consecuencias. Hemos cruzado especies vegetales y animales distintas para crear otras que nos resultaran más útiles, aun sabiendo que eran estériles y condenadas a extinguirse sin nuestra constante intervención, pongo por caso las mulas. Hemos esterilizado animales para que nos resultasen más sabrosos. Hoy se estima que cada día desaparecen algo más de 5 especies vivas para siempre. Muchas de ellas llevaban millones de años poblando el planeta.

De aquí que, afortunadamente, se esté hablando del Arca de Noé, que almacena las semillas de cuantas especies hemos identificado a fin de preservarlas y evitar una catástrofe.

La ciencia no es la responsable de las desgracias del hombre, aunque es cierto que los humanos logramos transformar en armas todo cuanto descubrimos. Incluso la palabra.

Con una población mundial en constante crecimiento, y con unas demandas de calidad de vida mayores, el precio del arroz está condenado a subir. Porque pronto los habitantes de países en desarrollo no se contentarán con los cereales como principal alimento en su dieta, y esto aumentará el consumo de arroz, trigo y otros a fin de nutrir con ellos a los animales que estos humanos coman. El precio del arroz es el precio del desarrollo de la humanidad, y sólo la solidaridad y la ciencia parecen capaces de hacerlo asequible, en un futuro, a todos.