Ficción política en Iowa

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 05/01/08):

Tras un año de febriles preparativos, la campaña electoral está oficialmente en marcha y se acelera con los resultados de los caucus de Iowa, donde el senador demócrata por Illinois Barack Obama logró un brillante triunfo y se anotó una relativa sorpresa al derrotar por amplio margen a la que hasta ahora era la favorita, la senadora Hillary Clinton, que terminó en un decepcionante tercer lugar, ligeramente por detrás de John Edwards, ex senador candidato a la vicepresidencia en 2004.
La victoria de Obama es una nítida respuesta a las cínicas preguntas sobre la renuencia de los votantes a colocar a un negro en la Casa Blanca, ya que la población de Iowa es blanca en más del 95% y se movilizó hasta doblar la participación de hace cuatro años. Un lema adecuado --Stand for change (Defendamos el cambio)-- y un buen equipo, extraordinario recaudador de fondos, explican el éxito de un candidato que en sí mismo es una novedad. Símbolo del sueño americano, representa tanto el rechazo del miedo a lo desconocido como la mayor esperanza y quizá la única de una mudanza y una eventual renovación del establishment.

NADA ESTÁ perdido para Clinton y Edwards, que siguen en una carrera de obstáculos, larga y complicada, que pondrá a prueba la inteligencia, los nervios, los recursos económicos y la resistencia física de los aspirantes, hasta que la convención del partido en Denver, en agosto, designe al candidato. La ex primera dama, aunque encabeza las encuestas a nivel nacional, tropieza con el factor femenino, deberá retocar su retórica y replantear a sus asesores la conveniencia de aparecer con un marido que suscita aún una fuerte irritación en los conservadores. Los demócratas en liza defienden con matices y acentos personales la herencia de Bill Clinton, un esbozo de programa que incluye la responsabilidad fiscal (fórmula políticamente correcta para encubrir el aumento de los impuestos en favor de los más necesitados), algunos programas sociales, empezando por el de la sanidad, y una política exterior pragmática y menos unilateral que acabe con la aventura de Irak, no se sabe cómo. Los tres abogan por la mejora de la imagen de EEUU en el mundo, aunque detrás se vislumbre el fantasma del proteccionismo.
Obama no solo representa la histórica reconciliación racial, sino que su ventaja radica, ante todo, en su posición abiertamente centrista y ambigua, entre la tradición de las clases medias descubierta por Clinton en 1992 y el airado populismo curiosamente anticapitalista de Edwards, el cual fustiga a la clase política anquilosada, corteja a los sindicatos militantes y denuncia la creciente colusión de los partidos con las grandes empresas, así como las incongruencias de una campaña condicionada por el dinero y las regalías que los candidatos prometen a los plutócratas.
En el Partido Republicano, los resultados de Iowa entrañan la sorpresa de una ola de fervor evangélico que coronó el asombroso ascenso del ex gobernador de Arkansas, pastor bautista y telepredicador, Mike Huckabee, que derrotó con claridad al ex gobernador multimillonario y mormón Mitt Romney, el más dispendioso de todos los aspirantes. Una lección de puritanismo. Huckabee seduce a la clase media baja no sólo porque ataca la arrogancia de la política exterior de Bush, sino porque se muestra "activamente hostil" a los preceptos tradicionales del republicanismo: menos gobierno, menos impuestos, privacidad religiosa y respeto del mundo financiero.
Otros dos candidatos, los más relevantes republicanos, el ex senador John McCain y el ex alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani, mantienen intactas sus aspiraciones en medio de la tremenda borrasca desatada tanto por la creciente impopularidad del presidente Bush como por las divisiones intestinas del partido entre la derecha cristiana, fuerte en el centro y el sur, y los sectores más templados y tradicionales de ambas costas.
Los pesos pesados esperan resarcirse en las elecciones primarias interpartidarias, un avance democrático inventado en el siglo XX (1910-1912) para oponerse a los caciques que dominaban las convenciones de los partidos, y que se ha extendido en detrimento de los caucus (reunión y deliberación de electores con voto a mano alzada), donde la elección queda a merced de los notables, ejercicio de democracia directa harto anacrónico que pervive en algunos pequeños estados, Iowa entre ellos, y que explica la confusión reinante.

PORQUE los caucus de Iowa y su importancia desorbitada, que movilizan a más personal político y periodístico que electores, son una ficción que arrastra un río de dólares (más de 20 millones por candidato). Una comedia que sólo se sostiene por el pánico que agarrota a los protagonistas ante el circo mediático-publicitario que se recrea en los detalles y amplía hasta el absurdo los efectos de una modesta reunión en uno de los estados menos poblados y homo-
géneos, poco representativo del cuerpo electoral, que sólo dispone de 7 de los 538 delegados del colegio que elegirá al presidente.
El cambio está en el ambiente de ambos partidos, pero los resultados no pueden extrapolarse y el trasfondo electoral tiene poco que ver con lo imaginado por los europeos más politizados, aunque luego resulte que éstos siguen la moda de las primarias y emulan la gran gesticulación tecnocrática para reemplazar a la ideología.