Fidelio, el hijo más querido

Beethoven no consiguió que ninguno de sus arrebatados amores le quisiera lo suficiente como para casarse con él. No tuvo hijos, por tanto, y cuando trató de superar esta carencia afectiva adoptando a un niño, su sobrino, le salió un badulaque. De Beethoven se puede decir como sentencia que era feo, sordo y sentimental, y pobre, muy pobre. No conozco un solo caso de músico – me refiero a la música de verdad-a quien una madre considere un buen partido para su hija. Y así ocurrió siempre. Por si fuera poco, tenía un carácter violento y era sumamente grosero con la gente en general y con los intérpretes en particular, hasta tal punto que estos se negaban a que presenciara los ensayos. Su ansiedad familiar, el sueño de poder constituir una familia, no sólo estaba entonces en plena ebullición, porque acaba de empezar el siglo XIX y se consolida el modelo familiar burgués que en su caso se exacerbaba; podía decirse que se quedó huérfano a los diecisiete años, cuando murió su madre y su padre no hacía más que entrar y salir de los calabozos por borracho, pendenciero y jugador. Con el debido respeto al “gran Haydn” – según expresión suya-que aún colearía hasta 1809, Beethoven tenía conciencia de ser el mejor, único. Seguro de sí mismo solamente en lo que se refería a su capacidad para crear; no a su música, digo bien, sino a su capacidad para hacerla cada vez mejor. Que un hombre arrogante hasta la temeridad haya dicho que Fidelio era su “hijo más querido” es cosa de tomarlo muy en serio.

Las representaciones del Fidelio beethoveniano en el Liceu de Barcelona son un acontecimiento cultural de primer orden, al que animo a participar incluso a todo aquel reacio a la ópera por legítima prevención – el mundo operístico, socialmente, es ridículo-,o porque considera la teatralización de la música una fórmula periclitada. Se equivocan. Fidelio no sólo constituye algo insólito por el hecho de que sea infrecuente en los repertorios operísticos, sino porque la calidad de su música, la exigencia de sus intérpretes, incluso de los efectos estrictamente teatrales, ponen el listón muy alto para todos. No creo que se trate en esta ocasión de un gran acierto de montaje y cantantes, por más que la puesta en escena traiga el marchamo made in New York,que ahora parece salvoconducto para todo, y los cantantes tengan tantos niveles diferentes de calidad que al final el resultado medio resulte modesto. Habrán de conformarse en el segundo acto con estar pendientes exclusivamente de la música y las voces, porque la escena ayuda muy poco a entender algo. Pero no les costará trabajo adentrarse en un auténtico prodigio musical. Y cuando lleguen al coro final, hagan como si no lo ven y sólo lo escuchan, porque si abren lo ojos y contemplan el fasto de Broadway se les pondrán los pelos como escarpias ante tal derroche de mal gusto.

Pero les incito a verla porque es una ópera que nos mete en otro mundo musical, incluso ideológico, escénico, operístico. Para todo aquel que asista a una representación de Fidelio,hay dos escenarios que contemplar a la vez. De una parte, lo estricto: el libreto, la partitura, la orquesta, los cantantes, los coros… De otra, el músico, un Beethoven en el momento más creativo y audaz de su trayectoria – a diferencia de otros grandes músicos, la trayectoria de Beethoven va siempre en ascenso, no retrocede nunca, lo que es increíble; lo que está hecho, hecho está y no viene a cuento utilizarlo de nuevo, sino ir más allá-.Ni Mozart el prodigioso, ni Bach el inmenso tuvieron el prurito de no retroceder de vez en cuando y recoger aquellos compases, aquella otra audaz combinación, el acorde brillante que bien merece ser repetido.

Cuando se señala que Fidelio exigió diez años a Beethoven (1804-1814) me temo que no estemos diciendo toda la verdad, porque en realidad hay tres Fidelios distintos de un solo autor verdadero. Nunca fueron exitosos los estrenos de Fidelio en su época, por diferentes motivos. Quizá en el fondo fuera la concepción de esa ópera lo que no calaba, estaba demasiado delante de su época, como todo Beethoven. Pensemos, por ejemplo, en las oberturas, porque yo me pierdo y nunca sé cuál de ellas están tocando y en qué momento. Tan es así, que hay cuatro oberturas de Fidelio-Leonora (que con este nombre empezó a trabajar el artista) y en la historia de la música figura como fecha estelar el día que el bueno de Mendelssohn dio un concierto en Leipzig ¡con las cuatro oberturas! Una detrás de otra. Lo contó Berlioz, que fue uno de los más brillantes analistas y defensores del Fidelio beethoveniano en un texto gozoso del que nadie que lo haya leído podrá olvidar su comienzo: “El 1. º ventoso del año VI…” (conservo una edición desvencijada de 1931 que evoca muy especialmente la Revolución Francesa; porque todas las revoluciones con ambición de futuro empiezan cambiando a los dioses y el calendario).

¿Y qué es Fidelio como ópera? Una reflexión musical, un exposición musical, diríamos mejor, en torno al lema “por el Amor y contra la Tiranía”, así con mayúsculas. El artificioso argumento sobre una esposa que se disfraza de hombre para ayudar a escapar a su marido encarcelado no es que estuviera de moda tras la Revolución Francesa como aseguran los comentaristas. Ya lo estaba en la época de Cervantes, y no hay teatrero de entonces que no tenga su obrita sobre los audaces rescates amorosos. Fidelio es tanto la representación de una música para el amor como de una música para la libertad. Se podría decir que Beethoven es por encima de cualquier otra cosa un compositor de la libertad, y entendiendo la libertad como una manifestación de la individualidad del ser humano, del creador, y sobre todo del defensor de la verdad. Es sorprendente esa suma exponencial de un músico poco dado a las teorías sociopolíticas o filosóficas; los músicos, tanto o más que los pintores, son biológicamente alérgicos a los esquemas intelectuales que utilizamos en los papeles. Ellos tienen otro lenguaje que no se parece en nada al nuestro. Pues bien, dejando esto sentado y sin poder avanzar un palmo explicándolo, hay que añadir que la ecuación beethoveniana suma siempre tres elementos: Amor, Verdad, Libertad.

Por eso, porque el lenguaje musical es alérgico a nuestros esquemas gramaticales donde no podemos menos que quedar en ridículo al tratar de describir en palabras una obra maestra musical como Fidelio,hay que recurrir a otro músico, de nuevo Hector Berlioz, que en su curiosa jerga literario-musical explicaba Fidelio de esta guisa: “A veces parece que hay colocado un espeso velo en los ojos del ´alma´ cuando se mira hacia el cielo del arte, luego, de pronto, sin causa conocida, rásgase el velo y se sonroja uno por haber estado ciego tanto tiempo”. Somos cronistas de la superficie de algo insondable, por eso no podemos ir más allá; sólo sugerir, animar, describir. A mí me avergüenza que en diciembre del año pasado no fuera capaz de encontrar un hueco para celebrar periodísticamente el bicentenario del concierto que abre, en mi opinión, una nueva etapa en el mundo musical. El 22 de diciembre de 1808, que al parecer era jueves, Beethoven dio un concierto en Viena que duró cinco horas, interpretando exclusivamente obras suyas. Ahí está el comienzo del concepto de concierto que hoy nos es habitual, pero me gustaría explicarlo por lo menudo y se me pasó la oportunidad.

Quiero terminar con un sarcasmo que considero de máxima importancia a la hora de valorar la otra instrumentalización de la música. ¿Saben ustedes que cada vez que se interpreta en público el Himno a la Alegría beethoveniano extraído de su Novena sinfonía,ese mismo que canta a la libertad y a la hermandad entre los hombres, y que ha sido adoptado como emblema de la Unión Europea, hay que pagarle los derechos de reproducción a los herederos de un ex nazi? El Himno a la Alegría de Beethoven fue adaptado y registrado legalmente por Herbert von Karajan, militante voluntario del partido nazi desde 1939 hasta 1945. La Unión Europea aceptó por contrato que se considerara como obra de Karajan y no de Beethoven. ¡Y luego dicen que el destino no le fue aciago al sordo de Bonn!

Gregorio Morán