Fiesta, entre el rito y la provocación

La finalidad de la fiesta tradicional era crear sentido, encantar, honrar a los dioses y a los santos, conmemorar el aniversario de grandes acontecimientos que habían marcado la historia del pueblo, del grupo o de la familia; tenía una utilidad ritual y simbólica fuerte. En la fiesta tradicional todo el mundo participaba, en la de hoy sólo hay espectadores.

Las fiestas uniformes de antaño dan lugar hoy a las diferencias individuales y a la vivencia de las contradicciones del individuo consigo mismo. Al fallar los encuadramientos colectivos tradicionales, cada uno inventa su fiesta. Todas las formas se vuelven legítimas para abrir el camino a la pluralización subjetiva. «A mí me pueden parecer inauténticas, falsas y estereotípicas tus maneras y a ti te lo pueden parecer las mías, pero son las tuyas y las mías», me dijo alguien. La fiesta es como un autoservicio, hace parte del consumo cotidiano, como el cine, las telenovelas o los conciertos; hace parte del menú diario del consumidor moderno que busca emociones y sensaciones nuevas, excluyendo de su vida los códigos ascéticos del pasado y buscando principalmente el bienestar, la moda, el ocio y el entretenimiento. Un acto más de la progresiva estetización de la sociedad.

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GABRIEL SANZ

El valor referencial de la fiesta se eclipsa en favor de los placeres sensitivos y emocionales personales. Lo que importa es la espontaneidad y dar rienda suelta a los deseos; se basa en la innovación continua y prescinde de la tradición. Lo único que importa es su capacidad de producir sorpresa, emoción, de cautivar, de apasionar e incluso de provocar al espectador. «Era algo nunca visto. Increíble», oí decir después de una actuación. «Si no impresionas, no puedes fascinar, y si no fascinas no te comes un rosco», me dijo un director artístico. Esto no sólo se aplica a la fiesta sino a las exposiciones, al cine, a los museos, a los libros, a las conferencias. Bueno, mejor, malo o peor depende de su espectacularidad. No hay ningún dominio que escape a la lógica del espectáculo. No subvierten nada, no les importa cambiar nada, sino crear lo nunca visto, lo inesperado. La fiesta ya no es la regeneración del orden social y cósmico, no significa derroche ni transgresión ritual porque está inscrita con normalidad en el orden económico y cultural. El mundo se convierte en una pantalla multiforme y en un mercado de estilos que se renueva sin pausa. Estar aquí o allá es como estar en cualquier parte porque en todos los sitios se ve lo mismo. El hombre moderno busca hacer de la vida un show que sorprenda, divierta, seduzca, haga soñar y cause emociones fuertes. Muchas fiestas son espectáculos híbridos, trufados con factores étnicos de procedencias diferentes de los que lo único que importa es su aportación a la vistosidad del show.

Las fiestas son un acto más del consumo, de solaz, distracción y diversión; algo para entretenerse, resaltan valores hedonistas, lúdicos. Aluvión de imágenes, ritmo cada vez más frenético, efectos especiales… Muestran una realidad transformada en espectáculo que se asemeja a una película. «No dejan nada porque son cascarones vacíos sin significado ni contenido. Hinchan la imagen y contraen el contenido y el sentido», dicen. A veces rayan en la obscenidad y la idiotez y profanan la intimidad porque su única finalidad es crear sensaciones fuertes mediante la desmesura, el exceso, la sordidez y hasta la inmundicia.

Lo religioso se emancipó de los dogmas, lo político de lo religioso y lo económico de lo político; y las fiestas de la tradición en nombre del principio de la libertad individual. La desacralización de la fiesta ha deslegitimado la fiesta tradicional especialmente para la juventud que busca la organización personal de los lugares y de los tiempos. Con la intensificación de la secularización y la desaparición del orden tradicional resulta un pluralismo normativo hecho de contradicciones interculturales. La estructuración del universo festivo ha cambiado la tradición por el principio creativo. La fiesta es una de las formas del deseo de disfrute ilimitado de la sociedad contemporánea.

La industria se vuelve cultura; y la cultura, la fiesta y el ocio se vuelven industria. La cultura se hace economía y la economía, cultura. A medida que desaparecen las referencias y los tabúes de antaño proliferan los cabalgamientos, las interpretaciones, las transversalidades. «El vintage permite sentir el delicado placer de la nostalgia porque nos sumerge en los buenos tiempos», dice Lipovetsky. La multiplicación de fiestas desarrolla un policentrismo que contribuye a que aparezcan nuevas formas de centralidad. Las fiestas de la comunidad de vecinos, de barrio, de grupos profesionales; las cenas de fin de año, de fin de curso… llenan el ciclo anual de referencias que no existían antes y que restan importancia a las referencias espacio-temporales tradicionales.

De la fiesta tradicional no queda más que un simulacro del que han desaparecido los elementos que la configuraban. Exaltación del patrimonio y de los productos locales, en la mayoría de los casos exclusivamente por interés político y comercial. Las referencias a la tradición están motivadas por el miedo al inseguro porvenir, por la complejidad de un mundo que es cada vez más difícil de controlar, por el placer de la distancia que nos permite reírnos de todo.

Si bien es cierto que las referencias a la tradición son, en la mayoría de los casos, un cascarón vacío de contenido y significado, también son una forma de salvaguardar las particularidades étnicas y locales frente a la uniformización planetaria, e implican sentimentalmente y emocionalmente al espectador. La tradición es un elemento más de diversión, una extravagancia, un desahogo sin someterse a ninguna convicción ni control que produce el placer de las imágenes encantadas. En la fiesta moderna los signos sólo remiten a sí mismos sin otra finalidad que el impacto en el espectador; se alimentan de sí mismos y en sí mismos se agotan al instante.

La ilusión de los organizadores y conservadores es que su fiesta sea declarada de interés turístico para convertir en una misma cosa lo comercial, lo económico, la diversión y la seducción. La festivización galopante de la sociedad tal vez sea un intento de reencantamiento del mundo.

El 15 de agosto, buena parte del mundo celebra el Día de Nuestra Señora. ¿Cuántos, aun entre los que se declaran católicos, saben que es la celebración de la Ascensión de la Virgen? Y de entre aquéllos que saben lo que se celebra este día, ¿cuántos saben que significa la Ascensión de la Virgen en cuerpo y alma a los cielos? La fiesta sin misterio, sin poder mágico, sin dimensión mítica, deja de causar admiración ni nos hace caer de rodillas.

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC, escritor y teólogo. Autor del blog Diario nihilista de un antropólogo.

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