Filek

Uno de mis libros favoritos es Dora Bruder, en el que Patrick Modiano rastrea las huellas dejadas en los registros públicos por una adolescente desaparecida en el París de la ocupación: partidas de nacimiento, datos del padrón, expedientes académicos, etcétera, y finalmente la lista de judíos deportados a Auschwitz, en la que figuran los nombres de Dora y su padre. Modiano hizo las pesquisas a mediados de los noventa, cuando internet era todavía un inmenso recipiente semivacío: no creo que se molestara siquiera en guglear el nombre de Dora Bruder. Dieciocho años después de la aparición del libro, la digitalización de fondos documentales ha avanzado tanto que a nadie se le ocurriría iniciar una indagación así sin asomarse primero a ese inmenso arsenal de información. Valiosísimas fuentes que antes te obligaban a visitar hemerotecas y archivos acuden ahora a ti con sólo teclear un nombre en el ordenador.

Filek

Por curiosear un poco, se me ocurrió un día buscar en internet el rastro de un personaje al que hace unos meses mencioné en estas páginas. Me refiero a Albert von Filek, el austriaco que engañó a Franco haciéndole creer que, gracias a una gasolina sintética de su invención, la famélica España de 1939 podía convertirse en una de las mayores potencias exportadoras de petróleo. El Portal de Archivos Españoles, que incorpora muchos fondos del Archivo Histórico Nacional, me dio las primeras pistas. El destino de Filek, militar nacido en 1889 en el seno de una familia aristocrática de Carintia, se torció cuando la oficialidad austrohúngara fue forzada a un licenciamiento masivo tras la derrota en la Gran Guerra. El antiguo capitán del ejército imperial se reconvirtió en químico y, sobre todo, en estafador, y en 1931 recaló en Madrid huyendo de reclamaciones por hurto y fraude. No parece que en España se esforzara por enmendarse: según una nota del Ministerio de Estado, Filek (que unas veces transformaba su apellido en Tulek y otras en Culek) volvió a ser denunciado por estafa al poco tiempo de su llegada. Su profesión de químico no era sino un señuelo, y en el también digitalizado Boletín Oficial de la Propiedad Industrial constan varias solicitudes suyas para patentar procedimientos de “soldadura para metales por medio químico”, “obtención de gasolina sintética”, “obtención de líquido gaseoso”… En esas solicitudes figuran los nombres de sus socios españoles, supongo que incautos inversionistas a los que Filek se disponía a desplumar.

En otro documento se menciona un modelo de bomba de mano de su invención. Que en España hubiera estallado una Guerra Civil no pareció amilanar a nuestro hombre, que el 9 de septiembre de 1936 se presentó en el Ministerio de la Guerra y solicitó entrevistarse con su titular, Largo Caballero, para venderle sus inventos. Fue ese el primero de sus dos grandes errores. El personal de seguridad del ministro sospechó de él y, tras una breve indagación, salió a la luz su relación de parentesco con el jefe del espionaje austrohúngaro durante la Gran Guerra. Filek fue acusado de espionaje y encarcelado. De la cárcel Modelo, en la que estuvo a punto de morir en una saca, pasó a la de Porlier. En abril de 1937, un tribunal popular sobreseyó el caso y ordenó su inmediata puesta en libertad. Pero las autoridades de Orden Público se negaron a acatar la orden, y Filek fue trasladado a la prisión Duque de Sesto. Allí, el 25 de junio, cometió el segundo gran error al escribir una carta a su tío, el barón Alfred von Waldstätten, para ponerle al corriente de sus penurias y pedirle ayuda para salir de España. Las referencias que en la carta hacía al intento de saca por unos milicianos fueron la base para acusarle de injurias al ejército. Tras diversos avatares procesales, el Tribunal Supremo le acabó absolviendo, pero la nueva orden de excarcelación tuvo los mismos efectos que la anterior, y Filek siguió en prisión hasta el final del conflicto.

Cuando su rastro se pierde en la Causa General, lo recupero en los archivos digitales del BOE, ABC y La Vanguardia. En abril de 1939, su nombre figura en una lista de “personas honradas que gemían en las cárceles” y que recobraron la libertad gracias a “la justicia de Franco”. Sin tiempo que perder y aprovechando su prestigio de mártir de la cruzada, Filek empezó a hacer negocios con las nuevas autoridades. En diciembre su empresa fue declarada de interés nacional, y a comienzos de 1940 se le concedieron unos extensos terrenos expropiados deprisa y corriendo en los términos municipales de Coslada y Barajas. Sólo un mes después reaparecía en la prensa para alardear de que “los rojos intentaron persuadirle para que colaborara en las industrias de guerra, pero todo fue inútil”. Para entonces, había obtenido el apoyo incondicional de Franco a su proyecto de producción de gasolina sintética, que no tardaría en revelarse una colosal estafa. Sobre su posterior condena no he encontrado nada en internet. Esa visita a los archivos no me la podré ahorrar.

Ignacio Martínez de Pisón, escritor.

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