Filipinas en España

La inmigración filipina no es un fenómeno reciente en España. Comenzó a finales del siglo XIX, cuando la élite hispanohablante conocida como los ilustrados vino a formarse a nuestro país. Esta incluía a los intelectuales José Rizal, Antonio Luna y Pedro Paterno.

En aquella época, España no estaba acostumbrada a recibir inmigrantes. La crónica Impresiones (Madrid, 1891) del propio Luna da cuenta de gritos de desconocidos por la calle («¡¡Chinitoo!!»), elogios condescendientes («Pero qué bien habla usted el español») y observaciones paternalistas. En una carta dirigida a Rizal (8-3-1889), Luna expresa su malestar por el racismo de la prensa española. El desencanto de los ilustrados con la metrópolis ayuda a entender la aparición del nacionalismo filipino y su evolución hacia posiciones independentistas.

Rizal nunca defendió abiertamente la ruptura con España, pero el racismo peninsular también le hizo mella. Una de sus cartas al jesuita Pablo Pastells (11-11-1892) describe la jerarquía racial resultante del colonialismo: «nadie escoge la nacionalidad ni la raza en que nace, […] al nacer se encuentran hechos los privilegios o las desventajas inherentes a ambas cosas».

Por ejemplo, las órdenes religiosas españolas no permitieron la ordenación de sacerdotes filipinos hasta bien entrado el siglo XIX. Esta exclusión racista frustró muchas vocaciones y alimentó el desapego hacia España. Por otra parte, no es casualidad que la oposición familiar española a un matrimonio interracial sea un tema central del Noli me tangere (1887), la novela nacional de Filipinas.

Su autor, Rizal, ocupa un lugar destacado en el imaginario colectivo del archipiélago desde su fusilamiento por las autoridades coloniales (1896). También es un referente para los filipinos residentes en España (la mayoría en Madrid y Barcelona), unos 50.000-70.000 según estimaciones de su embajada.

De hecho, el influjo del Noli llega hasta Tagó (Escondidos), Filipinos en Barcelona, pieza teatral estrenada en 2017. Un personaje llamado Bugoy resume el objetivo de esta obra: «Muéstrales quiénes somos. No todos los filipinos somos ‘tagós’… escondidos en la cocina, en almacenes, limpiando casas, baños, restaurantes y oficinas».

Entrevisto al autor, Berjer B. Capati, manileño residente en España desde hace catorce años. Denuncia que muchos filipinos solo reciben ofertas de trabajo en hostelería, con independencia de su formación. En ocasiones, la necesidad de combinar varios empleos conduce a situaciones límite.

Entonces surge la tentación del shabú, también llamada cocaína de los pobres. Esta droga se consume para aguantar jornadas de trabajo maratonianas, aunque la contrapartida puede ser trágica. Me reúno con el Padre Francis en la Iglesia de San Agustín del Raval, donde oficia misas en tagalo e inglés. A su juicio, los principales retos de la comunidad filipina son combatir el shabú y superar las dificultades de integración.

A raíz del libro Breaking the Bamboo Ceiling (2007) de Jane Hyun, en Estados Unidos se ha popularizado la expresión «techo de bambú». Alude a los obstáculos con que topan los inmigrantes asiáticos en entornos laborales occidentales. En España, por ejemplo, no estamos habituados a ver a asiáticos en puestos de responsabilidad, con españoles blancos a su cargo. Nuestras élites están entre las menos diversas de Europa occidental.

Aunque tendemos a llamar «chino» a cualquier asiático, existen clichés específicos en función del país de origen. Algunos son benévolos: se dice que los indios son buenos en matemáticas y tienen técnicos competentes. En cambio, los estereotipos sobre los filipinos son crudos: se les ve como currantes, en un sentido servil. En la época colonial se promovió la imagen del filipino como una «raza sumisa y respetuosa» (Diario de Manila, 12-5-1889). Aún quedan reminiscencias de esta construcción racista.

Si se busca en Google «Filipinas Madrid», las agencias de servicio doméstico copan los primeros resultados. Este es el lugar –siempre subalterno– de las mujeres filipinas en nuestro marco mental. Las empleadas internas son las inmigrantes que viven más cerca de los españoles, y al mismo tiempo las más invisibles para la sociedad. De ahí que algunas sufran discriminaciones o burlas desconocidas por la mayoría. Esta realidad aparece retratada en novelas contemporáneas como Historias del Kronen (1994), cuyo protagonista se mofa de su empleada doméstica («la fili») cada vez que se refiere a ella.

Tras entrevistar a varias empleadas filipinas, he recabado testimonios de tratos degradantes: comida estrictamente diferenciada para la familia y el servicio; hurgamientos preventivos de bolsos para evitar hurtos; insultos; explotación. «Me sentía humillada», me confiesa una filipina jubilada tras cuatro décadas trabajando en España.

Cualquier empleada del hogar puede sufrir abusos parecidos. Sin embargo, dos factores acentúan la vulnerabilidad de las trabajadoras filipinas: al llegar, raramente dominan el idioma y no siempre tienen todos los papeles en regla. Por eso en Estados Unidos se han llegado a registrar casos de empleadas filipinas sin sueldo, en condiciones de semi-esclavitud.

Desde luego, no todo son dramas: también he hablado con filipinas que se sienten «como de la familia» con sus empleadores. Sin embargo, por más que una pase tiempo trabajando/conviviendo en la misma casa, siempre hay una distancia infranqueable. Películas como Roma (2018) retratan el desequilibrio de poder entre ambas partes que ninguna familiaridad elimina.

Por otra parte, aun cuando la relación laboral/personal es correcta, ciertos comentarios dichos sin pensar pueden ofender. En Sarriá (un barrio bien de Barcelona) he oído cosas como: «Siempre había querido tener una filipina». Maca (empleada doméstica de Tagó) acierta al describirse como un «artículo de lujo» para burgueses catalanes. En círculos con poder adquisitivo, se presume de casa, coche o filipina como signo de distinción social.

El trabajo doméstico es tan digno como cualquier otro, pero las mujeres filipinas también han destacado en muchas otras ocupaciones. Y no me refiero al lucir palmito de Isabel Preysler, fetichizada como objeto exótico de deseo desde hace medio siglo. Hablo más bien de escritoras como Adelina Gurrea, cuyos relatos breves son parte esencial de la literatura hispano-filipina, incomprensiblemente ignorada en España.

A diferencia de otras excolonias, tras el cambio de régimen (1898) el archipiélago fue cubierto por un velo de amnesia postcolonial. En un primer momento, grandes bibliotecas españolas sobre Filipinas fueron vendidas a coleccionistas norteamericanos como Edward E. Ayer. Posteriormente, el franquismo fracasó en su afán de preservar la «hispanidad» del país, moribunda tras medio siglo de americanización y la devastadora batalla de Manila (1945). Fiel a su visión kitsch de la historia, hoy Vox apela a los «valores» de los últimos de Filipinas.

Ni el olvido ni la nostalgia imperial nos permitirán mantener una relación sana con el archipiélago. Por el contrario, el mejor homenaje que podemos rendir a Filipinas es leer a los ilustrados (comenzando por Rizal), y reflexionar sobre el racismo que obstaculizó sus vidas y aún dificulta las de sus descendientes.

Luis Castellví Laukamp es investigador postdoctoral Humboldt en la Universidad de Heidelberg.

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