¿Fin de ciclo?

Gana terreno la idea de que estamos llegando a un fin de ciclo. El debate penoso sobre el Estado de la Nación, y la pitada del miércoles 13 en Mestalla, han acentuado ese sentimiento. Las rectificaciones a que se vio obligado el PSOE durante las votaciones del 19, y el juego de alianzas cruzadas, agravan, y simultáneamente añaden un tono de comicidad, al desbarajuste fabuloso que vive el país. Me centraré antes de nada en el pugilato parlamentario del 12 de mayo. El mensaje estrella del presidente, a saber, el endurecimiento de las condiciones para obtener una desgravación por la compra de un piso, ocupó mucho a tertulianos y columnistas a lo largo de la semana pasada. To no effect, que dirían los anglos: el asunto ha quedado, como otros muchos, en «veremos» y «según». Vayamos a lo que no es anécdota: se hizo muy difícil evitar la impresión de que Zapatero no ha entendido todavía que existe una crisis de proporciones inusitadas. Esto, en cierto modo, no es sorprendente. Si no me engaña la memoria, Zapatero se avino a pronunciar por primera vez la palabra nefanda a finales de septiembre o comienzos de octubre del 2008, en un plató de televisión. Esto significa que fue el último español en advertir el fenómeno, quitando a los que no leen los periódicos, carecen de responsabilidades, y viven del aire. No es raro por tanto que no haya terminado de caerse del guindo, del que continúa suspendido por un pie, o quizá una pierna. La composición de lugar que en este momento se hace el presidente parece apoyarse en tres supuestos. Los tres son erróneos.

Uno: Zapatero identifica la crisis con un accidente exógeno, ocurrido en los Estados Unidos. Cuando el accidente cese, y llegue la recuperación internacional -de aquí a unos meses o un año-, España se recuperará también. Dos: soportamos treinta puntos menos de deuda pública que la media de los países situados en la zona euro. El Gobierno podrá permitirse por consiguiente déficits generosos durante el tiempo que considere oportuno. Tres: la crisis se combatirá cambiando, entre otras cosas, el modelo productivo. Zapatero no dijo exactamente esto. Pero habló sin tregua, en una exposición monopolizada por cómo superar la crisis, de revolucionar la productividad española. O hablaba por hablar, o ha establecido una relación causa/efecto entre esa revolución, y el vencimiento de nuestros agobios presentes. Ello permite inferir que, según el presidente, el modelo podría reconstruirse en un plazo muy corto.

Es claro que estas premisas no forman un todo coherente. Si lo que más urge en orden a combatir la crisis, es cambiar el modelo productivo, es rigurosamente inconcebible que la crisis tenga por origen un accidente exógeno y pasajero. Lo que ocurrirá, es que el accidente ha desencadenado un proceso cuya virulencia no es ajena a determinadas minusvalías estructurales y endógenas. Como, por desgracia, es el caso. Dado que Zapatero está lejos de ser un lerdo, hay que concluir que no ha dedicado dos minutos a estudiar en serio el problema. Resulta también alarmante que el presidente parezca pensar que el nuevo modelo productivo, o como le gusta decir a él, un modelo sostenible, pueda suscitarse de la nada creando un fondo ad hoc. La mudanza la verán, si se dan los pasos que hay que dar, los españoles de la siguiente generación. Hasta que cuaje el invento, habremos de conformarnos con hacer un uso más eficiente y racional de lo que ya tenemos. La tercera premisa no mejora a las otras dos. No es lo mismo una deuda pública como la francesa cuando, en vez de Francia, se es España; no es lo mismo llegar a tal o cual nivel de deuda pública a lo largo de muchos años, que de un repelón en los pocos que nos separan de las elecciones; y no es lo mismo la deuda pública en una sazón de bonanza, que en una coyuntura como la actual, en que estamos expuestos a recalificaciones a la baja o a que no quiera comprar nadie los papeles que subaste el Banco de España. Pero todo esto, en el fondo, le trae al fresco a Zapatero. Zapatero está pensando en otra cosa. ¿Cuál?

La política, en la muy precisa acepción que el concepto usufructúa para el presidente. Basta aplicar la clave política, para que las piezas se recoloquen y lo que era un caos, adquiera congruencia y sentido. Deuda significa gasto a discreción, mientras el cuerpo aguante. La idea es tener a los españoles apaciguados, hasta que la situación se restablezca por sí sola y se puedan convocar las elecciones con garantías. El ingreso de Campa, un economista ortodoxo, en el ministerio de Elena Salgado, es enteramente irrelevante. El presidente ni quiere, ni puede a estas alturas, desmentir su compromiso con la defensa a ultranza de un orden de cosas que era llevadero cuando el país crecía, pero que lo será mucho menos a medida que vaya menguando -repárese en su alocución del domingo 17 en Albacete-. Los actores, force de frappe de la antigua clase universal marxista en esta era postmoderna, le cuestan al Gobierno unos cuantos, no muchos, millones de euros. Los sindicatos, empatados ya con los actores -¿dónde se ha visto que, mientras sube el desempleo como la espuma, los representantes de los trabajadores arremetan contra la oposición?-, van a costar muchísimo más, en especie y, sobre todo, por su resistencia feroz a todo intento serio de regenerar la economía. Por concluir: la creación de fondos para una economía sostenible, se traducirá en dinero con que generar clientelas, pagar adhesiones, y mandar.

Era la coyuntura propicia para que Rajoy se luciera. El líder de la oposición, sin embargo, se limitó a señalar con el índice un librito azul, donde estaba dicho todo lo que hay que decir. Los españoles que desearan conocer la doctrina del PP se vieron remitidos a la autoridad de un texto que el jefe popular no se consideró en la obligación de desvelar. Es obvio que el PP ha articulado su estrategia en dos tramos. Primero, no soltar prenda, no vaya a espantarse un solo voto potencial. Segundo, esperar a que la violencia de la crisis haga inevitables medidas impopulares pero necesarias: reforma del mercado laboral, moderación de los salarios, etc… Cuando el PP gane, si gana, lo ineludible de las medidas le eximirá de la responsabilidad de haberlas aplicado. Me atrevo a insinuar que, de un partido con iniciativa, uno espera ligeramente más.

En la noche del 13, a debate vencido, en los preámbulos de la final de Copa, el himno nacional fue multitudinariamente pitado en Mestalla por los hinchas del F.C.Barcelona y del Athletic de Bilbao. Al día siguiente, un tertuliano afectado de ecolalia comentó que la culpa la teníamos todos, porque España, la España una, no había aprendido aún a ser plural. Esto suena un tanto raro después de un Estatut confederal que ha destrozado la Constitución, de que el castellano se persiga de oficio en Cataluña, y de que, cosa respetabilísima por otro lado, el presidente, mitad leonés y mitad vallisoletano, se declare entusiasta del Barça. Indaga uno nuevos arbitrios, registra el interior de la chistera, y la encuentra absolutamente limpia. Ni un conejo, ni siquiera un gazapo. De ahí la sensación de cansancio, de infinitas recombinaciones que nos mantienen surtos en el mismo punto, mientras el paisaje se transforma y las dificultades se agravan. Los potenciales de una democracia son inmensos. No los estamos aprovechando como Dios manda.

Álvaro Delgado-Gal