Fin de ciclo

Hoy podemos decir con seguridad que la insensata aventura, que se presentó en público con el Pacto de Estella hace algo más de diez años, ha fracasado. Los conjurados en el pacto partían de una acumulación de fuerzas nacionalistas, con el pecado original de no respetar las mínimas exigencias éticas, y que suponía, como lo repetí en su día, un «giro hacia el abismo». El abismo de una sociedad vasca a la que se fragmentaba y enfrentaba inevitablemente al intentar imponer un proyecto etnicista y asimilante. El abismo de un nacionalismo vasco que, lejos de proceder a una revisión de sus postulados en línea democrática, aceptaba la hegemonía ideológica del abertzalismo radical. El abismo de un rupturismo social en abierta confrontación con el Estado y lleno de incertidumbres. El señuelo que se ofrecía para tan arriesgada operación era 'la paz'. Una paz miserable y falsa porque se ofrecía a ETA la consecución de sus objetivos básicos para que dejase de matar. Con el paso del tiempo resulta más inexplicable la tremenda irresponsabilidad política y el envilecimiento moral que se escondía detrás de esta operación. Se revela también el gran desconocimiento de la sociedad vasca que tenían sus muñidores, pese a presumir continuamente de una identificación casi consustancial con 'el pueblo vasco', de la que carecen los demás.

En efecto, lejos de sumar adhesiones a su proyecto de soberanía y territorialidad han ido perdiendo cota electoral en las sucesivas convocatorias. Los pasos políticos previstos -desde la independencia en cuatro años hasta la convocatoria del famoso referéndum- han fallado todos. La ciudadanía, lejos de una insurrección popular, ha contemplado todas estas proclamas mesiánicas con indiferencia creciente, sobre todo a medida que se hacían patentes otros problemas cotidianos y concretos. La filosofía de jugar sólo con la cantera, aunque sale muy cara, se acepta aún en algún deporte, porque además no priva de emoción, aunque sea por no descender en vez de por ganar como en otros tiempos. Pero no se está dispuesto a trasladar estos criterios cuando están en juego cosas más serias: no importa que en Houston, en La Paz o en Navarra los cirujanos no sepan euskera. Veremos qué pasa con la educación, porque los enormes recursos y esfuerzos dedicados al euskera inevitablemente repercuten en detrimento de otros aspectos (calidad del profesorado, su cualificación y formación en sus disciplinas, contenidos de la docencia, renovación pedagógica). La sobredosis ideológica, que está al servicio de un sistema de promoción y de exclusión personal, se soporta un tiempo silenciosamente, pero incuba un descontento que, pronto o tarde, acabará por aflorar. Me da que en ésas estamos.

Hay dos elementos claves para explicar el fracaso del ciclo iniciado en Estella y a cuyo final asistimos, muy opuestos, pero que coinciden en la resistencia y dureza tanto del fanatismo como de la apatía. En primer lugar, ETA ha exigido un control total del proceso, sin concesiones a intermediarios con capacidad de maniobra, lo que implicaba una humillación de los restantes socios nacionalistas. El maximalismo de sus propuestas ni responde a la sociedad vasca ni cabe en la Europa de nuestro entorno. Los firmantes de Lizarra no contaban con la dureza y el fanatismo de ETA, y se han quedado sin lo único que habrían podido ofrecer: el fin de ETA.

En segundo lugar, la sociedad vasca es poco propicia para aventuras; es una sociedad comodona, conservadora, cuya reacción ante el terrorismo ha dejado mucho que desear, porque se ha limitado a sectores minoritarios y muy meritorios o a reacciones esporádicas de los afectados en un caso concreto por alguna barbaridad cercana. El Gobierno vasco ha estado muy lejos de liderar un amplio movimiento de deslegitimación ciudadana del terrorismo. El nacionalismo ha sometido a la sociedad a un proceso de maceración largo e intenso, pero resulta que la fruta sigue tan dura que el nacionalismo no avanza, pese al control de la enseñanza y de la cultura, y a toda sus redes clientelares. La sociedad se está mostrando más resistente de lo que pensaba, no por militancia, sino simplemente por pragmatismo y porque no está por afiliaciones ideológicas fervorosas. ¿Cuál será el peso del nacionalismo vasco el día que cese la presión que ejerce desde los resorte sociales decisivos? Espero que pronto podamos encontrar respuesta a tan intrigante cuestión.

El maximalismo y el fanatismo de ETA han seguido teniendo consecuencias muy graves durante este decenio negro. Ante todo las víctimas del terrorismo, la tragedia de tantos conciudadanos amenazados y chantajeados. También la nefasta influencia en algunos jóvenes, a través de sus espesas redes de socialización, en los que han inculcado una visión grotesca de la Historia y paranoica de la realidad vasca, a la par de unos hábitos cotidianos llenos de mal gusto, por expresarme con delicadeza y recato. Pero hay otra consecuencia muy negativa: ha impedido el proceso de renovación ideológica que tiene pendiente el PNV y que todos los demás partidos han ido realizando por exigencias de la situación democrática y de los cambios sociales. Josu Jon Imaz no quiso forzar la máquina y desistió del empeño. Sin embargo, la tarea es urgente e inaplazable; vistas desde afuera se diría que las tensiones internas en el PNV no son simplemente entre doctrinarios y pragmáticos, sino que se ha introducido en su seno una ideología, engendrada en el abertzalismo radical, que supone una reinterpretación radical tanto de los postulados sabinianos de los inicios como de la reinterpretación democristina de Aguirre, Irujo y compañía. Está claro que el poder es un aglutinante poderoso en los partidos y, por eso, sólo en la oposición pueden realizar sus transformaciones ideológicas y sus renovaciones personales. Es muy conveniente, por el bien de la sociedad vasca, que el PNV se encuentre en una situación que le permita acometer esta tarea imprescindible.

Una de las grandes incógnitas que se abrirá a partir del 2 de marzo es la decantación interna del PNV, porque se le han acumulado los problemas ideológicos y las rivalidades personales. Su ideología exacerba fácilmente los ánimos, va a estar sometida a una fuerte presión del 'polo soberanista' y, además, hay mucho poder en juego que se ve en peligro.

En la sociedad vasca hay mucho fatalismo. Muchos dan por hecho que tienen que mandar los de siempre. Piensan que Ibarretxe va a ser presidente muchos más de los que piensan votarle. El fatalismo es la falsa interiorización por la gente de la inevitabilidad de un poder que es absolutamente contingente. Hay momentos de congelación histórica y de perpetuación de los poderes. Nosotros hemos asistido a un colosal período de cambios históricos: fin del franquismo, caída del muro de Berlín, derrota del PRI, derrocamiento de las dictaduras sudamericanas, supresión del 'apartheid', llegada de un negro a la Casa Blanca. Con el sencillo 'we can' ('podemos') se quería sacudir el fatalismo de la sociedad estadounidense y llamarla para algo que parecía imposible hace sólo un par de años. El cambio de Obama me gusta porque no lo entiende como la vuelta de la tortilla, busca entendimientos muy amplios, ha elegido para los puestos de responsabilidad a gente muy capaz sin fijarse en adscripciones ni amiguismos y no quiere que las redes clientelares ('lobbies') dicten sus decisiones y nombramientos. Mi sueño es modesto y posible para superar el decenio negro: que el País Vasco salga de una etapa de bloqueo y de maximalismos, que el empecinamiento y el parasitismo político no condicionen a un gobierno que debe ser de todos los vascos y debe prestigiar a unas instituciones democráticas combatidas por el abertzalismo totalitario, que cambiemos a una situación menos sectaria y solidaria con el conjunto de España y, sobre todo, en la que la memoria de las víctimas sea un referente político permanente y decisivo.

Rafael Aguirre