Fin de las oscilaciones

Por Ignacio Sotelo, catedrático de Sociología y autor de A vueltas con España (EL PAÍS, 18/03/07):

Conviene distinguir un planteamiento personal, que se ocupa de los cambios del intelectual ante la política, de otro social, que se centre en las tendencias de izquierda o de derechas, dominantes en cada momento. En el primer caso lo decisivo son las coordenadas individuales, por ejemplo en Thomas Mann, que durante la I Guerra Mundial encarna un conservadurismo nacionalista que se quiere apolítico, y que en una progresiva politización se va inclinando a posiciones democráticas que le obligan a exiliarse de la Alemania nazi. Aunque en ningún caso quepa abstraer la circunstancia histórica, la evolución política se explica a partir de experiencias personales.

Desechado el prejuicio estúpido de que los intelectuales que cuentan son siempre de izquierdas (lo inventaron los fascismos en su furia contra el gremio), lo frecuente es que el joven revolucionario se sosiegue con el paso del tiempo y desemboque en posiciones conservadoras que suele incluso legitimar apelando a su pasado -“no me diga usted, si yo ya era miembro del Partido a los 18 años”-; aunque los casos más raros, y pienso que también los más atractivos, son los que atestiguan el proceso inverso, desde posiciones juveniles muy conservadoras caminan en la madurez hacia la izquierda, como ilustra el caso de Aranguren.

Un planteamiento sociológico, en cambio, ha de responder a algo tan llamativo como que de pronto todos se hacen de izquierda o de derecha. ¿Cómo explicar estas oscilaciones repentinas? A los más viejos nos ha tocado vivir cambios en las dos direcciones, conversión multitudinaria a la izquierda en el 67/69 y fuerte derechización en los años noventa.

En 1960 llegué a una Alemania Occidental muy conservadora. Un libro de un sociólogo que tuvo entonces gran predicamento (Helmut Schelsky, La generación escéptica, 1957) describía una juventud sin otro afán -los años de la posguerra fueron muy duros- que salir adelante, asumiendo los valores y normas imperantes en la Alemania restaurada de Adenauer. Al darse de bruces con el carácter imperialista de la guerra de Vietnam, junto con el apoyo de Estados Unidos a las dictaduras en el “Tercer Mundo”, como la del Sha de Persia, se derrumba la admiración por la potencia, madre de la libertad y de la democracia, que había liberado a Alemania. Si a ello se suma la reacción incomprensible de la policía berlinesa que, en una escaramuza callejera, mató a un estudiante, una ola de indignación trajo consigo una ruptura inmediata con el orden establecido. En este ambiente las lecciones berlinesas de Herbert Marcuse resultaron explosivas.

También en el último decenio que precedió a la muerte de Franco, España se convirtió a un izquierdismo en el que se llegó a discutir en serio cómo aprovechar el fin inminente del franquismo para, ahorrándonos la etapa “burguesa”, saltar de una vez a la democracia socialista.

Dos caracteres parecen propios de estos procesos. La inmediatez. Por causas tan diversas como inesperadas, de repente se desploman las creencias que sostienen al orden político y social establecidos, expandiéndose las nuevas ideas con una rapidez extraordinaria. Al igual que en las modas, que unas eliminan a las otras, tampoco cabe vincular estas oscilaciones a factores socioeconómicos; no vale el principio marxista de que las ideas dominantes son las de la clase dominante. Más bien parece que toda sociedad tiende a establecer un consenso generalizado, pero que puede estar tanto a favor como en contra del orden establecido. Según la opinión se inclina en una dirección, aumentan las voces discordantes, y cada vez con mayor peso, el conjunto empieza a ladearse en sentido contrario, originando el que en poco tiempo se recupere una mayoría social en el otro polo. Tal vez la función específica del intelectual sea la de oponerse a las tendencias mayoritarias, actuando en una o en otra dirección.

En los años noventa, con el desplome de la alternativa socialista, pareció a muchos creíble que la historia marcharía ya para siempre jamás por la senda del capitalismo, el único modo eficiente de producción, y por la de la democracia establecida, el menos malo de los sistemas políticos. Pues bien, hoy se es de derechas si se consideran ciertos ambos supuestos, de los que, conviene insistir, se aparta la ultraderecha radical. Con este criterio hay que dejar constancia de la desaparición de la izquierda que nació con la Revolución Francesa y que tuvo su mejor expresión en el afán de crear un orden social nuevo, más justo y eficaz, aunque aún queden minorías marginales, cuyas voces apenas se cuelan en los medios.

¿Tienen vigencia todavía las oscilaciones que hemos comprobado en la historia reciente y, por tanto, al dominio aplastante de la derecha seguirá pronto una alternativa de izquierdas, capaz de poner en tela de juicio el orden establecido? O más bien, ¿las oscilaciones quedarán reducidas a las electorales entre sedicentes izquierdas y derechas que en el fondo se parecen como dos gotas de agua? Lo grave es que no podemos ofrecer una respuesta, porque lo que caracteriza al futuro, incluso al más inmediato, es su absoluta opacidad.

Lo propio de la izquierda, lo que le dio identidad en el pasado, es que creía saber cuál era el futuro que ambicionaba, convencida, además, de que podía alcanzarlo. Pues bien, tamaña confianza se ha quedado sin el menor sostén, y para los de un lado o del otro del espacio político el futuro se presenta con las mismas amenazas, desde una conflagración nuclear por la proliferación creciente del armamento atómico a un cambio climático que haga muy difícil la pervivencia de nuestra civilización tecnológica.

Temores muy fundados que, o bien, terminarán por unir al género humano, dispuesto a obrar en consecuencia por encima de los viejos litigios entre izquierda y derecha, países ricos y países pobres, o bien, más vale no pensar en lo que nos espera.