¿Fin de los exámenes de septiembre?

La comunidad educativa ha abierto un nuevo debate sobre los exámenes de septiembre. Los defensores de mantener los argumentan que es positivo que los alumnos con evaluación insuficiente en los exámenes de junio tengan más tiempo para prepararlos, pues a finales de junio apenas es posible la recuperación. Las posiciones contrarias afirman que casi ningún alumno aprueba en esta convocatoria y que es mejor repasar las materias suspendidas en las últimas semanas de junio con el profesor habitual.

Ahora bien, el debate no debería situarse solo entre elegir la opción de junio o la de septiembre para los exámenes de recuperación, sino especialmente en cómo se orienta esta preparación para que los alumnos desarrollen sus competencias y mejoren sus aprendizajes durante este tiempo. Apuntaremos a continuación algunas sugerencias sobre la forma más adecuada de organizar estas semanas en cada una de las opciones.

Las actividades de recuperación en junio tendrían que suponer una reorganización del tiempo, de los espacios, de la metodología y del sistema de evaluación. Los alumnos deberían disponer de varias semanas para mejorar sus competencias y sus conocimientos. Habría que destacar que el objetivo no estaría tanto en memorizar los contenidos para aprobarlos en un nuevo examen, sino en realizar actividades y proyectos de forma individual y grupal y conseguir también de esta forma reforzar sus habilidades y estrategias de aprendizaje. La evaluación debería tener en cuenta el proceso de aprendizaje desarrollado y las tareas realizadas durante estas semanas y no basarse solo en una prueba final.

También hay que pensar en lo que pueden aprender los alumnos durante este mes si ya han aprobado todas las materias en la evaluación de primeros de junio. El riesgo es que no tengan nada interesante que hacer y se aburran o pierdan el tiempo. La mejor alternativa sería que desarrollen proyectos nuevos que incluyan varias áreas de conocimiento y que les exija buscar información y trabajar en equipo. Los alumnos más competentes o de cursos superiores podrían también colaborar con aquellos que no han aprobado algunas materias.

La opción de los exámenes de septiembre exigiría un cambio todavía más drástico. Realizar un examen clásico de contenidos en este mes, para cuya preparación se le ha dejado al alumno a su suerte con la compañía de un libro de texto más o menos voluminoso, es un modelo bastante inútil. Salvo que se tenga una ayuda extra de un profesor particular, lo que no está al alcance de todos los alumnos, la probabilidad de suspender es máxima.

La propuesta que se formula apunta a que es posible plantear los exámenes de septiembre en la educación obligatoria de otra manera. Los centros escolares deberían realizar una oferta de todas o de la mayoría de las materias en el mes de julio para los alumnos que no hubieran aprobado anteriormente. Dos o tres horas a la semana en cada asignatura y un tiempo máximo de tres horas por la mañana para un alumno. Se podrían organizar grupos de alumnos procedentes de clases distintas. ¿Qué profesores serían los responsables? Docentes contratados por el propio centro en las condiciones que se establezcan. O incluso en el caso de los centros públicos, docentes que están en la lista de profesores interinos.

Los maestros o los profesores titulares de cada asignatura, que serían los responsables de la evaluación final, deberían orientar previamente a los que den las clases en julio sobre el tipo de tareas, actividades y trabajos que tendrían que realizar sus alumnos, de forma individual o en equipo, en este mes. La incorporación de metodologías activas basadas en proyectos y en actividades cooperativas con los compañeros permitiría favorecer su interés y su dedicación, algo que es necesario para que los alumnos con retrasos o dificultades se comprometan en el aprendizaje.

El material resultante de estas actividades tendría un peso fundamental en la evaluación final del alumno al comienzo de septiembre. De esta forma, posiblemente, los alumnos podrían aprender algo más, aprobarían en un mayor porcentaje y quizás se sentirían más animados y preparados al empezar el curso siguiente. Hay que tener en cuenta también que para aquellos estudiantes que tienen dificultades de aprendizaje o están poco motivados, un mes más de estudio con un buen enfoque metodológico suele ser beneficioso.

Conviene, sin embargo, no olvidar que el esfuerzo principal de la comunidad educativa debe situarse en la prevención. Mientras discutimos si son galgos o podencos, se nos puede escapar que lo más importante es reducir el número de alumnos que no aprueban en la convocatoria ordinaria. Es necesario tener en cuenta que España es uno de los países con mayor número de repetidores de la Unión Europea y que todo lo que se haga para reducirlo es bueno para los alumnos y para la mejor utilización de la inversión en educación.

Si dedicáramos el elevado gasto que suponen los repetidores a programas de apoyo, orientación y formación, tendríamos menor abandono escolar y mayor nivel educativo. La paradoja en nuestro sistema educativo es que existe una queja bastante extendida de que somos poco exigentes en la evaluación de nuestros alumnos. Sin embargo, tenemos el triste honor de ser unos de los países de la UE con mayor porcentaje de suspensos. ¿Pensarán algunos que nuestro nivel educativo mejorará cuanto mayor sea el número de suspensos y de repetidores?

Este objetivo preventivo se facilita con un cambio en los métodos de enseñanza; con una clara referencia al desarrollo de las competencias de los alumnos y no tanto a la memorización de contenidos excesivos que se van ampliando reforma tras reforma; con suficientes profesores de apoyo para ayudar a todos los alumnos que se retrasan; con una mayor oferta de actividades educativas en los centros; con la colaboración de las familias; y con una mayor sensibilidad de todos hacia la importancia de ofrecer respuestas educativas diversas a las diferencias entre los alumnos. ¿Junio o septiembre? El riesgo está en reducir los problemas complejos a alternativas relativamente simples.

Álvaro Marchesi, catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación en la Universidad Complutense de Madrid.

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