Final de curso

El final del año es también final de curso para muchos. Lo ha sido para mí, que he tenido la suerte de dar clase a más de un centenar de alumnos, en Barcelona y en Madrid. Al no estar muy seguro de lo que podía enseñar he decidido esta vez tratar de aprender, interrogando a mis alumnos, en la segunda mitad del curso, sobre dos asuntos de importancia: Europa y España. Se trata de gente madura, que suelen ser reticentes a expresar su opinión sobre asuntos de interés general, quizá por estar en el mundo de la empresa; por ello puede ser interesante resumir las opiniones de esa población, pensante pero muda.

Al hablar de Europa se les propone pronunciarse sobre un abanico de opciones, desde la continuación del statu quo hasta la ruptura del euro, pasando por alternativas intermedias: salida de los países del Sur, salida de Alemania y liderazgo alemán. De forma casi unánime –y eso que se trata de grupos muy distintos entre sí– la solución que todos prefieren es el liderazgo alemán, eso sí, dejando claro que liderar no es lo mismo que mandar.

Esa es también la solución que todos creen menos probable, mientras que la más probable, la continuación del statu quo, es la que menos les gusta, por sus consecuencias probables: sustos en los mercados financieros, estancamiento y conflictos sociales en el Sur. Nadie considera la salida del euro como probable, ni como deseable. Mejor seguir dentro, piensan, pero sin contar con que de Europa venga la solución de nuestros problemas. Bastaría quizá con que no nos riñeran: “Al que castigues de obra no le maltrates con tus palabras”, advertía don Quijote a Sancho.

¿Y España? Nadie parece poner en duda que el obstáculo inmediato a un mayor crecimiento, y posiblemente a una mayor contratación, viene de una insuficiente demanda: son las perspectivas de demanda, más que la disponibilidad de crédito, lo que frena la inversión, y con ella el empleo. Nadie parece negar que las medidas laborales del Gobierno han ido en la buena dirección, pero el contrato temporal sigue siendo más atractivo que cualquier alternativa, de modo que la reforma no está terminada.

Tampoco se percibe progreso en una reforma que impida el excesivo recurso a los tribunales; reformas que ayudarían sin gravar el presupuesto. Mientras que la idea de impulsar, por parte del Gobierno, proyectos ligados a la construcción que permitan reducir en algo el paro encuentra buena acogida, nadie parece esperar gran cosa de las múltiples iniciativas anunciadas por todos los niveles de la Administración para ayudar al empresario, puesto que no pueden compensar el obstáculo que constituye la jungla normativa en la que todos parecen querer ahogarlo. Esas iniciativas deben estar destinadas a una población distinta de la que asiste a clase: mis alumnos manifiestan que se conformarían con una administración que no estorbase.

Nos adentramos en la espesura de nuestros problemas: corrupción, crisis del sistema político; el procés apenas merece una mención. Se ensombrece el semblante de los alumnos y parece adueñarse de ellos el desánimo. Ha llegado el momento de echar mano de una fotografía, tomada por el americano W. Eugene Smith en una aldea española en el año 1951, de la misma serie que otra, de un velatorio en la misma aldea, que se hizo muy famosa. La que enseño muestra una madre con cuatro criaturas que se dispone a ir a la iglesia para celebrar la primera comunión de la mayor de ellas. Esta, vestida de blanco, es la única que va calzada; el resto, madre incluida, visten poco más que harapos.

La escena muestra en toda su crudeza la España que teníamos ante la vista hace sesenta años. Si vale la pena recordarlo, es porque esa España ya no existe. Ni esta crisis la ha hecho volver: hay islas de pobreza –que estaría en nuestra mano remediar– pero son islas. Ha llevado mucho tiempo llegar hasta aquí, pero el cambio ha sido mayor de lo que uno se atrevía a esperar. Lo hemos hecho con nuestras propias fuerzas, unas fuerzas peor alimentadas y vestidas, menos preparadas y viajadas, con menos idiomas que las que el profesor tiene ante él. Con mucha menos ayuda, porque éramos entonces un Estado paria, mientras hoy estamos en el ámbito que nos corresponde. Desde luego, las incógnitas y los peligros que esperan a mis alumnos no son menores que los que afrontaron sus predecesores, pero el profesor piensa que ellos tampoco son menos, y que son muchos los que, a través de los años, han contribuido a prepararlos para un futuro que está hecho a su medida. Se van los alumnos, parece que con mejores ánimos. Los mismos ánimos les desea el profesor a sus lectores.

Alfredo Pastor, profesor de Economía en IESE Business School.

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