Final de Partida

Final de Partida

Viendo tan lóbrego espectáculo, no cabe sino darle la razón a Samuel Beckett, cuando hacía decir a uno de los personajes de su segunda obra más emblemática que "no hay nada más entretenido que la desgracia". Y es que, en efecto, todo recuerda al escenario ajedrecístico de Final de Partida, con un Sánchez incapaz de levantarse del sillón del poder, ciego, como el eterno Hamm, ante todo lo que no sea su propósito de permanencia. A su lado, Pablo Iglesias, el otro protagonista que, como Clov, quiere sentarse en alguna poltrona, en cualquiera, pero nunca puede. La relación entre Hamm Sánchez y Clov Iglesias también parece extraída de Losey: ¿quién es el amo y quién es el sirviente?

Y en un extremo del escenario, asomando sus cabezas de los repintados cubos de basura de Waterloo y Lledoners, tenemos a los padres de la criatura pidiendo siempre comida. De igual manera que Nagg y Nell engendraron a Hamm, careciendo de piernas, Puigdemont y Junqueras permiten que gobiernen Sánchez e Iglesias no para que hagan algo, sino para que no hagan nada, excepto atender sus demandas... para terminar con todo. Este es el tablero sobre el que el rey Hamm parece querer eludir el ineludible jaque empeñado, en realidad, en que haya vida después del mate.

Vayamos por partes. Si yo formara parte de los jurados del Enemigo del Año o del Tonto Contemporáneo, consideraría seriamente la candidatura de Luis Díez-Picazo para ambos galardones. Y ello, dando por hecho que es un claro amigo de las leyes y una de las mejores cabezas del Derecho Administrativo actual. Pero su conducta, como presidente de la Sala Tercera, encaja en la amarga ironía de que a veces lo único peor que un crimen es una estupidez. Y no digamos, cuatro estupideces.

La primera en la frente fue no convocar al pleno cuando, como presidente de la sala de admisión, se topó con unos recursos que, en caso de prosperar, iban a alterar la jurisprudencia sobre un asunto de tanta trascendencia social como quién es el "interesado" que debe pagar el impuesto sobre las hipotecas. Su segundo error fue continuar impávido cuando la petición de informes técnicos, por parte de la sección que deliberaba sobre esos recursos, era un claro indicio de lo que se estaba fraguando. La tercera estupidez fue convocar el pleno como respuesta a lo que ya era un vuelco doctrinal, en perjuicio de los bancos. Y el remate que lo convirtió en inútil cum laude, fue inclinar la balanza en sentido contrario, tras haber sido incapaz de fraguar el fácil consenso de asumir el nuevo criterio sin retroactividad.

¿Acaso es ponerse demasiado estupendos si nos sumamos al clamor de que se vaya cuanto antes a su casa, con unas grandes orejas de burro, cuando él solito ha creado lo que el cofundador de Idealista, Fernando Encinar, describía este sábado en EL ESPAÑOL como "tormenta perfecta"? Hacía tiempo que la torpeza de alguien, situado en un punto neurálgico del Estado, no hacía tanto daño a tantos.

Desde luego a los bancos -o sea, a sus cientos de miles de accionistas- que vieron volatilizarse de la noche a la mañana parte de su valor bursátil y quedan ahora a expensas de la litigiosidad inducida a sus clientes. Pero también al conjunto de la ciudadanía, por la doble vía del previsible retraimiento de la inversión extranjera, de resultas de la flagrante falta de seguridad jurídica, y de la merma del prestigio del alto tribunal, justo cuando la inminencia del juicio a los golpistas catalanes requería exactamente de lo contrario.

No es casualidad que el gobierno de Torra sea el que se querelle contra Lesmes y Diez-Picazo, como si los hipotecados catalanes hubieran sufrido un redundante ensañamiento especial, por parte del Supremo. Vete tú a explicarle ahora al personal que la frivolidad de la Sala Tercera contrasta con la consistencia de la Segunda, entre otras cosas, porque Diez-Picazo se parece a su presidente, el respetado y solvente Manuel Marchena, lo que a un huevo una castaña.

Los más perjudicados por el gatillazo de las hipotecas van a ser, en todo caso, los españoles que desean ver a Sánchez fuera del poder lo antes posible. Hay que reconocer que el presidente tuvo los reflejos de convertir el problema judicial en una oportunidad política. Y, como tantas otras veces en su trayectoria, es casi imposible distinguir su don de la oportunidad de su propensión al oportunismo. No se precipitó hacia el BOE por un déficit de "sangre fría" -como alega Encinar-, sino más bien por lo contrario: era lo que a él -perdón, a Él- le convenía.

Que un Ejecutivo en minoría absoluta haya enmendado la plana, en horas veinticuatro al Tribunal Supremo y que una ley aplicada, sin apenas contestación ni sobresaltos durante veinticinco años, sea sustancialmente modificada por Real Decreto y a uña de caballo ayudan bien poco a nuestra imagen internacional. Pero ni lo uno ni lo otro es óbice para que Sánchez haya impulsado su popularidad al simular darle la vuelta a la tortilla en beneficio del pueblo, zurrándoles a la vez a los jueces y a la banca. Con algún obispo de por medio, la carambola habría sido perfecta.

Lo de la simulación viene a cuento por la obviedad de que los bancos repercutirán el coste adicional sobrevenido en las condiciones de las hipotecas. Y si no se les permitiera hacerlo, como viene sugiriendo el Gobierno, simplemente orientarían su actividad comercial hacia otros productos, con el subsiguiente colapso del mercado de acceso a la vivienda.

Sólo Pablo Casado ha puesto esta vez el dedo en la llaga: en el punto en el que estamos, únicamente la supresión de ese impuesto -inexistente en gran parte de la UE- garantizaría un abaratamiento real del coste de las hipotecas. O sea, lo mismo que ha ocurrido con el recibo de la luz, cuando se ha eliminado el impuesto a la generación eléctrica. Pero, claro, si las autonomías perdieran esa recaudación transferida tendrían que reducir proporcionalmente sus partidas de culto y clero; y las clases extractivas no están por la labor.

A propósito del líder del PP, quede también constancia de que la "crisis Cospedal" ha supuesto, en medio de tantas desolaciones, una reválida de la que él y su bisoño equipo, encabezado por Teo Egea, han salido meritoriamente airosos. Aquella, a quien en su día bauticé como María Dolores de las Mentiras, ha resultado ser también María Dolores de las Sentinas y su reproche contra quienes "no defienden a los suyos" es una señal de que algo estarán haciendo bien los vencedores del Congreso Extraordinario.

Es el camino de la intransigencia ante los chanchullos que adoptó el primer Aznar, sin preservar ni a los más próximos. Ya solo falta que el PSOE se atrinchere en el absurdo de que el caso de la ministra de Justicia, que veía a jueces con menores sin denunciarlo y jaleaba el espionaje sexual, es sustancialmente diferente para que el PP empiece a recuperar algunos centímetros de ese largo de ventaja que, en términos de autoridad moral, llegó a tener sobre el PSOE hace treinta y pico años. Lástima que sea ya demasiado tarde para incidir en las candidaturas a las elecciones andaluzas.

Mucho más impacto que el finiquito en diferido de Cospedal -ay de las que escupen al cielo- ha causado, de hecho, en la opinión pública el caso del fulano de Tarrasa que, además de pregonar que quería asesinar a Sánchez, tenía un arsenal adecuado para intentarlo. De repente, la sombra del magnicidio -la propia palabra tiene una solemnidad terrible- ha engrandecido a Sánchez, impregnando de dramatismo su tesón por exhumar a Franco.

Es como si este último soldado zombie, perdido en la espesura de la jungla de la memoria y dispuesto a salir de ella para matar a quien trata de ultrajar a su Caudillo, diera validez a la teoría de que la guerra no ha terminado. E incluso a la variante estrafalaria de que PP y Cs no son sino legatarios, vía UCD, del bando sublevado contra la sacrosanta República de Izquierdas. Mayúsculas contra minúsculas. Todo demasiado perfecto como para no suscitar sospechas sobre estos cincuenta días transcurridos desde la detención del tal Manuel Murillo sin que ninguna instancia policial diera la menor importancia al episodio.

Sin presupuestos ni apoyos bastantes para levantarse de verdad a gobernar, cualquiera diría que Sánchez, como el postrado Hamm de Final de Partida, sólo aspira a "fracasar cada vez mejor". Pero Beckett, gran aficionado al ajedrez, distinguía entre los jugadores amateurs que en la hora del jaque mate prorrogan la agonía hasta la extenuación y los profesionales que entregan con elegancia el Rey en el mismo momento en que adquieren conciencia de que su mejor opción es dar por perdida una partida para comenzar de inmediato la siguiente. No me cabe duda de que Sánchez ama la política pero más aún se ama a sí mismo y eso ha transformado en profesional al amateur. Cualquier mañana del invierno que viene, o todo lo más de la primavera, lo comprobaremos.

Escena de 'Final de Partida' durante una representación de la obra en Buenos Aires.
Escena de 'Final de Partida' durante una representación de la obra en Buenos Aires.

"La fin est dans le commencement et cependant on continue", dice Hamm en un momento de Final de Partida. En la política, como en la vida, todo final implica la continuidad de un nuevo principio. Esa es la función de las urnas que nos esperan, en cuanto termine la representación de este gobierno atornillado a su paréntesis. Y por mucho que soplen vientos de ruptura y la búsqueda de las imperfecciones de nuestro pasado reciente parezca estar a la orden del día, cuando llegue la hora de la verdad y toque valorar en su conjunto esa etapa mágica llamada Transición, en la que unidos superamos las pruebas más arduas, estoy seguro de que, parafraseando el colofón de toda buena novela de amor, "ninguna fuerza será lo suficientemente grande como para hacernos olvidar que, por alguna razón, una vez algo nos hizo felices".

Por Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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