Final por dilución

La certeza de que ETA se encamina hacia su propio final, la percepción del problema del terrorismo como una cuestión prácticamente amortizada, suscita una impaciencia más que comprensible, pero que se volvería nociva si los responsables institucionales acaban creyendo que está en su mano abreviar el tiempo de espera mediante alguna iniciativa supuestamente dirigida a facilitarles los pasos. No sería aventurado concluir que nunca estuvimos tan cerca de la desaparición del terrorismo etarra. Pero tampoco está escrito cómo será su final ni cuándo se producirá. Lo único que sabemos es que el mito de la imbatibilidad de ETA se fue al traste hace algún tiempo, y que la izquierda abertzale parece haber tomado nota de ello. Aunque lo que está surtiendo efecto no es sólo la eficacia policial a la hora de impedir que la banda terrorista perpetre los atentados que planea.

La gran novedad de los dos últimos años, confirmada especialmente tras los gestos de apertura de la izquierda abertzale, es que por primera vez la trama que esta compone junto a ETA se ha quedado sola. Sola en el sentido de que no está siendo capaz de transferir sus culpas y sus responsabilidades a la sociedad y a las instituciones. Con la interesada excepción de una más que disminuida Eusko Alkartasuna, ninguna formación política se ha mostrado dispuesta a ser destinataria de ese mensaje pueril con el que ETA y la izquierda abertzale terminan los comunicados en los que simulan encaminarse hacia la salida del túnel: “Ahora los estados español y francés deberán corresponder a nuestra generosa oferta”. Nadie está dispuesto a darse por aludido, y por primera vez ETA y la izquierda abertzale se cuecen en su propia salsa.

La indisposición de ETA para acabar con su trayectoria violenta y las dificultades de la izquierda abertzale para desligarse del destino que le espera a la banda no responden únicamente a la voluntad – o a la falta de voluntad-de sus integrantes. Son también la consecuencia de una doble carencia, cultural y orgánica. La trama no cuenta con un mecanismo de decisión capaz de reconducir su historia hacia el final del terrorismo, sino que está dominada por una inercia alimentada por el tabú que para ella sigue representando cuestionar la idoneidad de la “lucha armada”. Es habitual que cada comunicado de ETA despierte comentarios del tipo “no renuncia a la violencia”.

Pues bien, es probable que nunca explicite tal renuncia. Como es probable que la izquierda abertzale nunca condene los atentados. Quienes esperan esa renuncia o esa condena expresan, en realidad, la idea que ellos tienen de cómo será el final de ETA: un final perfecto y ordenado. Pero, tal como van las cosas, es muy posible que no acabe así. Es muy posible que, más bien, asistamos a un proceso de dilución de la trama terrorista, imposible de contener a base de comunicados y declaraciones crípticas después de que la comisión de atentados haya dejado de ser el mecanismo de cohesión principal de tan sectarizado mundo. Nadie controla la situación interna; y en el desconcierto todo es posible: saltos hacia delante, silenciosas deserciones, acusaciones de traición, atomización de los círculos de influencia.

Harían mal los responsables institucionales en tratar de poner orden en el caos resultante. Bastaría con que estuvieran bien informados de lo que sucede. Porque la pretensión de moldear la trama etarra es lo que, en el fondo, ha conducido al fracaso de todos los intentos de negociación.

La creciente debilidad de ETA hace que le resulte aún más difícil rectificar. Aunque la debacle descrita adoptará la forma de una derrota sin paliativos, impedirá que esta sea ritualizada por los derrotados a modo de reconocimiento del daño causado, de solicitud de perdón a las víctimas y de asunción del horror que ha representado su propio pasado. Paradójicamente, la derrota más inapelable podría dejar abiertas las heridas de la afrenta que supondrá que las víctimas se crucen por la calle con sus verdugos derrotados sin que estos hayan mostrado gesto alguno de arrepentimiento.

Algo parecido puede ocurrir con la reconversión de la izquierda abertzale y su regreso a la legalidad. Entre quienes se resistan a clausurar su trayectoria pasada en tono autocrítico y quienes soslayen hacerlo aduciendo que ellos no tenían nada que ver con ETA es posible que los requisitos de la ley de Partidos se den por cumplidos también por dilución de la amenaza terrorista. Y es posible que una izquierda abertzale relativamente distinta a la que hemos conocido se haga con un sitio en las instituciones, pero sin contrición.

Kepa Aulestia