Financiación y control de la OTAN

«Creo que la política de los Estados Unidos debe ser apoyar a los pueblos libres que están resistiendo intentos de subyugación por parte de minorías armadas o presiones exteriores. Debemos actuar resuelta e inmediatamente». Estas palabras del presidente Truman en el Congreso el 12 de marzo de 1947 reflejan el núcleo de lo que ha quedado acuñado para la historia como la «doctrina Truman», y la toma de conciencia norteamericana de su responsabilidad como superpotencia a nivel mundial. También marcan el inicio de un capítulo que terminaría con la firma dos años más tarde del Tratado del Atlántico Norte.

El Tratado del Atlántico Norte se firmó el 4 de abril de 1949 y desde entonces, y hasta la desaparición de la Unión Soviética, Europa ha vivido durante toda la Guerra Fría con el temor a una agresión comunista a gran escala, pero ésta, gracias a la existencia de la OTAN y a la protección nuclear norteamericana, nunca tuvo lugar. Finalmente fue decisiva la respuesta que, en el marco de la Alianza Atlántica, dio Estados Unidos a la crisis de los misiles nucleares de alcance intermedio al principio de los años ochenta, llevando a la Unión Soviética a una insostenible situación económica y posteriormente a su desaparición. Y todo este recorrido se ha hecho bajo la tutela y el control de los Estados Unidos, lo que en la práctica ha favorecido que los europeos se hayan ido acostumbrando progresivamente a dejar la responsabilidad de su defensa en manos americanas.

A la hora de valorar el control norteamericano sobre la Alianza Atlántica, dos elementos muy importantes a considerar serían su estructura de mando y la contribución económica de sus miembros a los presupuestos comunes. En cuanto a la primera, el Comandante Supremo de las fuerzas aliadas en Europa (Saceur) ha sido siempre un general o almirante norteamericano, y los puestos de responsabilidad operativa más importantes de su estructura militar son ejercidos generalmente por norteamericanos o británicos.

En lo que respecta a la contribución económica y al burden sharing o reparto de la carga, repetidamente Estados Unidos ha requerido y presionado a los países europeos para que aumentasen sus presupuestos de defensa con el objetivo de mejorar las capacidades convencionales de la Alianza. La última vez ha sido en la reciente Reunión Especial de Jefes de Estado y de Gobierno que tuvo lugar en Bruselas el pasado 25 de mayo. En ella el presidente Trump puso su nota de presión afirmando con vehemencia que «veintitrés de los veintiocho Estados de la OTAN no gastan lo que deben y esto no es justo para el contribuyente norteamericano». En cualquier caso este asunto viene de lejos, y desde hace mucho tiempo está extendida en Estados Unidos la idea de que los europeos no invertimos lo necesario en nuestra propia defensa y la dejamos en sus manos, cosa que por otra parte es cierta. En este contexto la posición norteamericana es comprensible, teniendo en cuenta que ellos son los principales contribuyentes a los presupuestos aliados, y que en las operaciones reales aportan más medios, las soluciones tecnológicamente más avanzadas y, de mucha más importancia aún, la sangre de sus soldados.

No obstante, y todavía sobre el burden sharing, también podríamos traer aquí la afirmación que hace Dan Smith en su libro «Pressure. How America Runs NATO»: «Si Estados Unidos quiere defender la Europa Occidental contra las amenazas percibidas, no es simplemente por altruismo. Es, por encima de todo, defendiendo sus intereses en Europa Occidental. Su papel regional en Europa es parte de su papel a nivel mundial». Esta idea, que puede influir en nuestra percepción del reparto de la carga, es compatible con el hecho de que Estados Unidos sigue siendo la más sólida garantía de seguridad para nuestro continente y que los bajos presupuestos de defensa de algunas naciones europeas afectan negativamente a las capacidades defensivas que nos proporciona la OTAN.

Siempre dentro de las relaciones entre la Europa de la OTAN y los Estados Unidos, algo que he tenido la oportunidad de observar durante mi permanencia en el Cuartel General aliado en Bruselas en los años ochenta, y después cuando regresé una década más tarde, fue la desaparición del concepto de la Alianza como compuesta por dos pilares, uno a cada lado del Atlántico, y formado el europeo por el conjunto de las naciones de nuestro continente miembros de la misma. La idea venía de los tiempos del presidente Kennedy, que durante un discurso en el Independence Hall de Filadelfia el 4 de julio de 1962 se mostró partidario de que «la Europa política y económicamente integrada quedara asociada en igualdad de condiciones con los Estados Unidos, compartiendo las cargas y obligaciones de la hegemonía mundial».

En los años ochenta era frecuente la mención a los dos pilares en la OTAN, el americano y el europeo, pero en los últimos años de los noventa ya no se hablaba apenas de ello, y el término pilar europeo había desaparecido del vocabulario oficial de la Alianza. Nos dice Kissinger en su ensayo «Diplomacia» que «la amplia perspectiva de Kennedy de una asociación atlántica basada en los pilares gemelos de Europa y los Estados Unidos, sosteniendo un techo común, tropezó con la implacable oposición de De Gaulle». En cualquier caso lo cierto es que De Gaulle desapareció, pero del pilar europeo no se ha vuelto a hablar seriamente.

Valorando sin prejuicios la historia, podríamos aceptar que Estados Unidos ha ejercido un cierto control sobre Europa a través de la Alianza Atlántica, pero también podríamos convenir en la necesidad real durante toda la Guerra Fría del liderazgo norteamericano. Raymond Aron, en su libro «La republica imperial», estimaba que «la reconstrucción económica y moral de Europa tenía como condición un clima de seguridad y confianza, y tal clima a su vez exigía la garantía de los Estados Unidos y la presencia física de las fuerzas estadounidenses».

No cabe duda de que en los tiempos en que vivimos la amenaza a la seguridad europea ha cambiado pero sigue existiendo, y la necesidad de la defensa colectiva de nuestro continente sigue vigente aunque ahora deba hacer frente a un espectro más amplio y complejo de amenazas que hace unas décadas. Por otra parte es evidente que la potencia militar de los Estados Unidos sigue siendo, y lo será durante los próximos años, la mejor garantía contra una agresión a gran escala o nuclear a nuestra vieja Europa. Además, es precisamente nuestro aliado norteamericano el único que dispone en su panoplia de armamentos de las capacidades críticas necesarias para acometer con razonables perspectivas de éxito los nuevos conflictos.

Uniendo todas estas ideas creo que la Alianza Atlántica sigue siendo vital para la seguridad de nuestro continente, y su liderazgo por Estados Unidos lógico e inevitable. Matizarlo y equilibrarlo con una Europa cada vez más unida es quizá nuestra tarea principal. En esta línea deberíamos esforzarnos por lograr una OTAN de dos pilares, como apoyaba Kennedy, siendo el nuestro el resultado del esfuerzo integrador de la Unión Europea en el terreno de la defensa y quizás un primer paso en el camino hacia la creación del Ejército Europeo.

Eduardo Zamarripa, exjefe de Estado Mayor del Mando de la OTAN del Sur de Europa.

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