¡Firmes, Curro!

Querido J:

El miércoles pasado el presidente de la Generalidad asistió a la conmemoración de una llamada batalla de Talamanca que habría supuesto, según la segregación nacionalista, la última victoria de los ejércitos catalanes sobre las tropas españolas. Fruto de mi espesa ignorancia, yo descubrí esta misma semana que la llamada batalla había existido, y también su triunfo. El triunfo es un aspecto capital de esta historia. Siempre había creído que hasta la llegada de Leo Messi la historia de Cataluña solo era una historia derrotada. Pero resulta que ahí estaba agazapada Talamanca. En los meses en que Jordi Pujol empezó a disfrutar de la opaca herencia de su padre se discutió mucho en Cataluña sobre la conveniencia de hacer de una derrota la fiesta nacional. Recuerdo cómo los partidarios de San Jorge oponían sus argumentos a los partidarios de Rafael de Casanova, hasta que al fin la cursilería patriótica se impuso a la cursilería botánica. Desde que he sabido lo de Talamanca la elección del 11 de septiembre de 1714 aún me parece más injustificada y consolida la hipótesis de que el carácter nacionalista está marcado por el masoquismo.

Entre el marqués de Poal, que dirigió las operaciones talamanquesas, y Rafael de Casanova hay la abrumadora distancia que separa un vencedor de un vencido. Y ni siquiera la evidencia de que una de las formas más simples, cómodas y eficaces de ganar cualquier batalla de la vida es haciéndose la víctima me apea de mi sorpresa ante la elección. La explicación que encuentro al asunto tiene un doble carácter.

Pudiera ser, por una parte, que los trabajos de arqueología patriótica no hubieran dado hasta la semana pasada, como quien dice, con este hito victorioso. Durante los últimos 200 años las hemerotecas de los diarios locales guardan un magistral silencio sobre la presunta batalla, que solo rompe la publicación en el año 2009 del libro La derrera victòria de l’exèrcit català, de Francesc Serra y Gustau Erill. La otra posibilidad es, simplemente, que la batalla no existiera y que fuera, como explicaba con palabra precisa César Cervera en el diario Abc, “una escaramuza” en la fase ya declinante de la Guerra de Sucesión. Comprendo que entre una derrota fundacional y una escaramuza victoriosa en los riscos del Rossinyol la fiesta nacional ceda a la épica pretensión.

En cualquier caso no solo quería hablarte de este mito tierno, que tenemos el privilegio de ver germinar por ser contemporáneos de esa fase primigenia en todo proyecto de nación que se titula Construcción de la mentira. Mi intención principal era describirte el espectáculo inaudito que protagonizó el presidente Mas en la explanada del castillo de Talamanca. Te paso un vídeo rodado por la agencia Europa Press por si quieres verlo con el pleonasmo de tus propios ojos. Pero, en cualquier caso, no puedo resistirme a explicarte lo que vi desde que el presidente Mas llegó al castillo y se encontró con una banda de migueletes (miquelets) que le rendía honores. Tú quizá no sepas lo que es un miguelete, pero aquí estamos yo y la wiki, dándole el nombre de miguelete (llamado así, probablemente, por un célebre capitán Miguel de Prats) a un cuerpo paramilitar de mercenarios creado durante la Guerra de los Segadores y que en la Guerra de Sucesión española luchó con el bando austracista. Hay algo obvio, pero importante, en lo que debes recalar: los migueletes no existen. Aunque demostraron una notable capacidad de reaparición después de sucesivas aboliciones provocadas por su alta competencia para el pillaje, los migueletes desaparecieron después de las guerras napoleónicas.

Por lo tanto los que recibieron al presidente Mas en Talamanca no eran migueletes, sino unos tipos disfrazados de migueletes, pertenecientes a la empresa Migueletes de Cataluña, que yo no puedo decirte de qué leva del arte dramático proceden. Así pues, en ese momento puramente estelar de la historia catalana de todos los tiempos en que el figurante anfitrión recibe al presidente, lo saluda con gran énfasis, lo acompaña hasta el núcleo de la tropa y le dice: “Presidente, el coronel”, yo pensé, justo un segundo antes del vahído, que el presidente Mas no podía ser otra cosa que un figurante haciendo de presidente Mas, sospecha, por lo demás, muy extendida en el ambiente a la vista de la distancia de carácter sideral entre aquel Mas que en el año 1995 declaraba (me declaraba, vaya) que la independencia era un anacronismo tipo miguelete y este último al que un grupo de motivados rinde honores militares en Talamanca. Espero que a pesar de mi torpeza puedas comprender bien lo que te estoy explicando. Es que Mariano Rajoy está pasando revista a las tropas de Curro Jiménez, eso es lo que te estoy explicando exactamente.

La escena inaudita no solo legitima la innoble confusión entre realidad y ficción y entre historia y mito. Esa confusión se ha convertido ya en un lugar común. En la comuna. No solo supone también la escena una metáfora fácil sobre la calidad del proyecto de secesión. Por encima de esas consideraciones está el respeto que estos pintorescos nacionalistas tienen por sus propios mitos. “¡Por la gloria de nuestros muertos!”, dice el Miguelete de la empresa Miguelete antes de descargar salvas de honor. Es probable que el 13 de agosto de 1714 hubiera muertos. Hay escaramuzas que le joden la vida a cualquiera. Si los hubo, si hubo Talamanca, si hubo un Poal y hubo incluso un presidente Mas, esos muertos remotos habrían merecido al menos un mozo de escuadra uniformado, firme, de verdad. Pero bien sabemos, querido amigo, hasta qué punto Cataluña es un simulacro.

Sigue con salud,

Arcadi Espada

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