Flaco favor

Ocurre con más frecuencia de la deseada que, queriendo hacerle un favor a alguien, lo que se le hace es la pascua. Se debe a esa incapacidad nuestra de prever todas las consecuencias de nuestros actos y, a menudo, a querer hacernos a nosotros mismos el favor, en vez de a la persona al que va destinado. Una semana después de que el Comité noruego encargado de conceder los Premios Nobel de la Paz decidiera otorgar el de este año a Barack Obama, puede decirse con toda rotundidad que le ha causado más problemas que satisfacciones. Querían, sin duda, apuntalar su prestigio cuando empezaba a dar muestras de desgaste en su país y en el mundo, animarle a seguir por el camino que se había trazado de diálogo con todos los países, enemigos incluidos, y compensarle por la derrota sufrida en Copenhague, al no conseguir los Juegos Olímpicos de 2016 para su ciudad adoptiva, Chicago. Aparte de darle otra patada a Bush en el trasero, deporte favorito de la izquierda europea. No por nada, el presidente de dicho Comité es Thorbjorn Jagland, ex primer ministro laborista de su país.

Pero lo que han logrado, al menos en Estados Unidos, es movilizar a todos contra ese premio. La izquierda, porque dice es inmoral conceder el Nobel de la Paz a alguien que está librando dos guerras, sin haber dicho aún cómo y cuándo va a acabarlas. La derecha, porque ve en ello otra prueba de que Obama es un peón del socialismo -e incluso del comunismo- mundial para introducirlo en este país y dar la vuelta a su espíritu. El centro, hasta ahora el bloque social más firme de Obama, aparte del negro, naturalmente, porque se ha puesto a pensar, dándose cuenta de que la concesión de ese premio ha sido prematura, cuando no precipitada. O sea, injusta. Como resultado, los señores de Oslo, en vez de haber reforzado la figura del presidente norteamericano, lo que han hecho es mostrar su desnudez. «El único mérito de Obama para recibir ese premio es que la hayan concedido el Nobel de la Paz,» comentaba jocosamente Jay Leno, uno de los «entretenedores» más famosos de las noches norteamericanas. Porque el premio ha pasado de los comentarios de los periódicos y de las cartas al director a los programas de televisión, al haber descubierto en él los humoristas una auténtica mina. Hasta ahora, sólo podían meterse con las orejas y los perritos del presidente. Ahora, tienen ese galardón que les ha caído, si no del cielo, de los serios y distinguidos países escandinavos. «¿Sabes el último chiste?» «No» «Pues que a Obama le han dado el Premio Nobel de la Paz», es uno de los más celebrados. Aunque ninguno llega a la gracia y crueldad de Maureen Dowd, en el «New York Times», inventándose una conversación telefónica entre Clinton y Bush, comentando la noticia. Clinton: «Primero, se lo dan a ese gilipollas de Carter, luego, a ese otro gilipollas de Gore. Y ahora, al Presidente Paris Hilton. ¡Estoy que bufo! Antes, tenía una conspiración de derechas contra mí, ahora, tengo una de izquierdas» Bush: «Quien tendría que estar cabreado sería yo. Esa chorrada noruega no tiene nada que ver con él. Es sólo otra forma de que los progres del mundo echen mierda sobre mi herencia…» ¡Y esto en el Times neoyorquino, a cargo de una de sus columnistas más celebradas! No, no le han hecho ningún favor a Obama los señores del Comité del Nobel. Más, en un momento como éste, en el que necesita tener a todo el mundo tras él, con sus planes de la reforma sanitaria debatiéndose en el Congreso, con los generales pidiéndole más tropas en Afganistán, con iraníes y norcoreanos decididos a seguir con sus programas nucleares, con Chávez revolviendo en su patio trasero, con ambos bandos en el Oriente Medio abiertamente contra él.

De ahí que la Casa Blanca trate de minimizar el premio, a fin de sacarlo de la polémica. El mismo presidente anunció dedicar el millón y pico de dólares del premio a obras benéficas y cedió el honor a su país, al dar las gracias: «No lo veo como el reconocimiento de lo que he conseguido, sino como la reafirmación del liderato americano en pos de las aspiraciones de todos los pueblos del mundo.» Hay quien piensa, sin embargo, que debería de haber ido más lejos. Pero esas cosas hay que hacerlas en su momento, y el momento ha pasado, por lo que no tiene más remedio que apechugar con un premio que le señala un camino que ni siquiera sabe si podrá seguir. Pues en Afganistán, aún no ha decidido si enviar más tropas o retirarlas: en Irán, si seguir negociando con los iraníes o imponerles sanciones, ya que ordenar destruir sus instalaciones nucleares resulta demasiado para un Nobel de la Paz; en Guantánamo, qué hacer con aquellos presos; en el Oriente Medio, cómo convencer a los israelíes de que congelen los asentamientos en los territorios ocupados y a Hamás, de que se deje de atentados suicidas; en casa, cómo sacar adelante su reforma de la sanidad, en la que ya hay casi tantos planes como congresistas. ¡Para que le vengan esos finolis de noruegos a premiarle por su buena conducta! Lo que Obama necesita de los europeos no son premios, sino más soldados para Afganistán, más celdas para los presos guantanameros, más presiones sobre Irán, en vez de hacer negocios con él. La misma imagen de una Europa victoreándole como campeón de la paz y el entendimiento entre los pueblos no ha sentado nada bien entre sus compatriotas, acostumbrados a ser ellos quienes decidan su política, no los demás. Lo que abona precisamente la tesis, lanzada ya durante la campaña electoral, de que Obama no es un auténtico norteamericano, sino un agente de fuerzas extrañas introducido aquí para cambiar la esencia del país. Es una tesis extravagante, pero que en momentos de crisis, y estos sin duda lo son, puede prender con fuerza y volverse peligrosa.
Ante lo que algunos de sus defensores, como Thomas L. Friedman, le aconsejan que, al recibir el premio el próximo 10 de diciembre en Oslo, lo acepte en nombre de los soldados norteamericanos que desembarcaron en Normandía para liberar Europa del nazismo, de los que lucharon en el Pacífico para liberarlo de la tiranía japonesa, de los que salvaron Berlín durante el bloqueo soviético, de los que murieron en Corea para evitar que los comunistas se apoderaran de la parte Sur del país, de los que hoy patrullan por Irak para darle la oportunidad de tener una democracia, de los que combaten y mueren por las montañas y desiertos de Afganistán para que aquellas gentes no vuelvan a caer en manos de los talibanes ni su país se convierta en un foco del terrorismo mundial. «Pues no hay paz sin guardianes de la paz -termina el borrador de Friedman para su presidente-, y el ejército norteamericano es el más importante guardián de la paz en el mundo.»

Sería, sin duda, un buen discurso. Pero puede que, visto el giro que están tomando las cosas, lo que le pida el cuerpo a Obama sea otro discurso mucho más escueto y dolido: «Señores del Comité del Nobel, ¿por qué no han esperado ustedes un poco? ¿Por qué no me han dejado demostrar que sé y puedo cumplir mi palabra? ¿Por qué se han puesto a señalar la política de mi país, creándome más complicaciones de las que ya tengo?»

Pero la izquierda europea no ha sabido ni querido esperar. Como si, al no poder hacer política de izquierdas en casa, quisiera hacerla en Estados Unidos a través de Obama. Puede salirle el tiro por la culata.

José María Carrascal