Forzando las costuras

No es imposible que Fráudez se haya enredado en sus propias mentiras y se haya armado un lío colosal. El trolero eficaz debe hacer excepciones y decir la verdad de vez en cuando. Pero el presidente y candidato parece perseguir la máxima coherencia en el engaño, y enseguida se busca la contra a sí mismo cuando se digna afirmar algo, lo que sucede con frecuencia decreciente a pesar de la irritante manía periodística de hacerle preguntas. A fin de zanjar tan molesta costumbre, este año no ha hecho balance tras el último Consejo de Ministros. Y a fin de llevarse la contraria, no vayan a pillarlo en una verdad, dicho Consejo ha dejado a dos velas a los pensionistas que esperaban una subida del 0’9% anunciada como una especie de aguinaldo.

Entiendo que sea difícil aceptar la hipótesis del lío, la de un presidente que da palos de ciego porque la luz y la responsabilidad le son ajenas, porque su íntima consejera es la soberbia y porque interpreta su extraño mandato como una forma de venganza personal. El ser humano identifica patrones y los interpreta de acuerdo con esquemas innatos y con experiencias previas. La búsqueda de sentido nos caracteriza, y, si algo no lo tiene, el universo se nos antoja mal diseñado. Tan natural es la tendencia que hasta en un Fráudez querremos hallar estrategias vertebradoras y tácticas racionales, aunque debamos esperar al final del relato para comprender dónde encajaba cada una de esas piezas que ahora resultan disparatadas, inexplicables.

Esta modalidad de determinismo ha engañado a las mentes más despejadas, produciendo complejas disciplinas como la teoría de juegos, que presuponen racionalidad en todos los jugadores. Consideremos un ejemplo doméstico de irracionalidad suprema, alguien que no ha creado más que problemas, todos ellos evitables, creyendo que seguía uno de los modelos típicos de la teoría de juegos: Artur Mas. El pobre se definía como «astuto» con una sonrisa de inteligencia, en la línea del anuncio de «yo no soy tonto», mientras organizaba este contradiós que arrastraremos durante muchos años.

Quizá porque nadie cree capaz a Fráudez de llevar a cabo por sí mismo nada que no sea vano, pronto se buscó una cabeza pensante, dando con la legendaria figura del mistagogo Iván Redondo. En su leyenda de todo a cien hay un antiguo asesorado, o iniciado, que le debería su éxito betulense: García Albiol. Ja. Que desde años antes don Xavi no pudiera pasear por las calles de Badalona sin que los ciudadanos espontáneamente corrieran a abrazarle no tiene nada que ver, por lo visto, con que saltara de 7 a 11 escaños y ganara las elecciones de 2011.

Al grano. No podemos vivir sin la concurrencia del hechicero o del minucioso plan, a pesar de que los hechiceros son un timo (especialmente los dedicados al marketing político) y de que un plan minucioso solo es útil si lo ajustas cada día varías veces. Es decir, si le quitas la minucia, lo dejas en los huesos, luego arrojas los huesos y conservas el sustancioso tuétano de una voluntad fuerte atada a una persistencia inhumana. Eso es la política.

Para acepciones menores y anecdóticas de la política, podemos atemperar los apetitos mejor dispuestos con algunos canapés, que siempre entretienen el hambre de saber. Sin gluten y sin tuétano:

Habrá terceras elecciones si ERC no obtiene, en forma escrita y muy formal, una importante concesión simbólica «del Estado». Sí, en efecto, cuando los subordinados del delincuente Junqueras charlan con la maniatada Lastra, creen tratar con el Estado. Y no es que a Lastra la haya maniatado nadie; es que, por fortuna, todos estamos maniatados cuando se trata de chalanear con resoluciones judiciales o con posiciones de la Fiscalía. Y también, y aquí viene lo bueno, con los escritos de los abogados del Estado. Entiéndanlo cuantos creen que ese órgano hoy tan en boga es una especie de cuerpo de ujieres de ministerio, con el mayor respeto a los ujieres.

Por ejemplo, si lo que exiges para propiciar la investidura con tu abstención es que antes del 3 de enero la Abogacía del Estado emita un escrito de alegaciones al Tribunal Supremo incluyendo la solicitud de que un sedicioso condenado en firme sea excarcelado para recoger las acreditaciones de un cargo que ya no tiene, o que se declare la nulidad de la sentencia que lo condenó, es bastante probable que el órgano en cuestión se revuelva, que empiecen a decirse unos a otros «Fírmalo tú mismo, que yo tengo la muñeca dislocada»; o que, buenos conocedoras del Derecho, presientan querella contra el firmante; o que se pongan a invocar el principio de legalidad.

Naturalmente, a un hombre como Fráudez, persuadido como estaba de mandar en la Fiscalía, le tiene que estar afectando bastante tanta reticencia: ¿Acaso tampoco mando en el órgano de la señora Castro? ¿Eso no depende de Delgado? ¿No pertenece al Ministerio de Justicia?

Fráudez, haga un esfuerzo, combine dependencia jerárquica con principio de legalidad. Imagine el cuerpo en cuestión como un bufete de abogados, y luego suponga que el titular del despacho le ordena a uno de sus letrados que recomiende algo ilegal a un cliente. Feo e incómodo, ¿no? Pues bien, como los abogados del Estado son funcionarios públicos, además de la incomodidad y la fealdad, añada la prevaricación.

A lo que se dedica ese órgano normalmente es a lo contrario que ahora se pretende: le trasladan al ministro de turno lo que no puede hacer, le comunican los límites legales de sus proyectos. Que nadie dude de que, igual que el abogado con su cliente, también estos funcionarios querrían dar la razón al gobierno. Solo que no ven (aún) cómo podrían defender jurídicamente su postura. Con todo, y a la vista de lo poco que parece importar el lamentable estado de las costuras institucionales, seguro que alguien en la Abogacía del Estado firmará. Puestos como siempre a encomendarnos al mal menor, esperemos que en el escrito al Supremo se decanten por la absurda excarcelación para recoger las credenciales de la nada antes que por la nulidad de la sentencia, que sería tanto como poner a una parte del Estado a los pies de los golpistas. Luego hablará el Supremo.

Juan Carlos Girauta

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