Fosa común

Por Kepa Aulestia (LA VANGUARDIA, 07/09/04):

La masacre terrorista de la escuela de Beslan sigue mostrando ángulos oscuros sobre el curso de los acontecimientos que acabaron en tan desgarradora tragedia. Tras la estremecedora crueldad de los asesinos, la resistencia o incapacidad de las autoridades para precisar cuántos y quiénes acabaron muertos en tan pavorosa manifestación de barbarie convirtió el duelo general en una angustiosa espera para cientos de osetios aturdidos entre la vida y la muerte. En una lapidaria frase –y nunca mejor dicho– Putin sentenció que “la debilidad mata”. Pero probablemente no exista un régimen más débil que aquel que se muestra reacio o impotente a la hora de dar cuenta de sus muertos. Porque un sistema capaz de convertir el recuento de sus muertos en una ceremonia confusa de prestidigitación está indicando, sencillamente, que esos muertos no son suyos, sino ajenos a sus intereses más acuciantes.

Pero sería demasiado sencillo juzgar al régimen ruso por su reiterada insensibilidad al administrar con opacidad el drama humano de las víctimas del terrorismo para que el dolor individual no llegue a resquebrajar lo más mínimo los muros del Kremlin. Porque el recurso a la fosa común es habitual también en la parte más occidental de nuestro hemisferio. En el infierno de las Torres Gemelas quedaron fundidos centenares de vidas humanas cuyo listado tardó semanas en confeccionarse, ante el criterio compartido por gobernantes e informadores de que no convenía exacerbar la indignación de los estadounidenses con más detalles. Si hoy preguntásemos a los ciudadanos de Madrid sobre si la cifra de asesinados el 11-M fue superior o inferior a doscientos, probablemente nos encontraríamos con respuestas dubitativas como secuela de un error en el recuento que se mantuvo durante días: al parecer nadie reparó en que algunas víctimas habían sido contadas dos veces. ¿Qué importa uno más o uno menos ante una matanza de tal magnitud? Ésta es la actitud que acostumbramos a mantener cuando los asesinados suman más de uno. La misma que mantenemos ante los efectos de una catástrofe natural.

Muy pocos sabrían precisar cuántas personas han sido asesinadas por ETA desde que ETA existe. Además, la memoria de cada uno de nosotros, los vivos, se vuelve selectiva e injusta. Recordamos a unos y olvidamos a la mayoría. Si eso ocurre aquí, donde la autoría de casi todos esos asesinatos ha sido judicialmente esclarecida, qué decir de aquellos rincones del planeta en los que el terror hace que la víctima y el victimario lleguen a confundirse, donde los cadáveres no pueden ser recuperados por sus familiares, e incluso donde su misma existencia es ocultada por las autoridades. Sin embargo hay una constante en todos los casos: la inclinación humana al olvido de la tragedia mediante el uso de la fosa común.

Es posible que se trate de un recurso natural en la supervivencia de la especie, una vez que ésta alcanzara a reconocer la muerte en los muertos. Pero sería más lógico pensar que se trata de un comportamiento cultural, de la aversión a tener que pensar que también podría pasarle a uno mismo, de las prisas de una sociedad indispuesta a detenerse en el relato de la peripecia personal que representa cada asesinado, de la dificultad para ejercer la compasión hacia el semejante, del continuum informativo que convierte la narración de los actos de violencia en una secuencia tan estruendosa que se vuelve inanimada, de la inclinación a mostrar los sentimientos con medias palabras para así evitar importunar a nuestros interlocutores.

Esa tendencia a hacer uso de la fosa común para evitarnos problemas no es una actitud social políticamente inocua, porque facilita la manipulación y el fortalecimiento de poderes o estrategias que consagran formulaciones abstractas y absolutas sobre los problemas y sus soluciones. Hubo pasajes en la alocución de Putin tras su visita a Beslan que resultaban verdaderamente inquietantes. El anuncio de la revisión de su política antiterrorista o la imputación de la masacre al “terrorismo internacional” representa, cuando menos, una interpretación marcadamente interesada y poco matizada de lo ocurrido. La fosa común invita al olvido. Pero también permite que en el nombre de los muertos sin nombre se enuncien políticas de trazo grueso y se proclamen eslóganes sin otro significado que el que los hechos quieran concederles. La fosa común invita a pensar en la seguridad de los vivos, pero de forma equivocada. Como si una declaración de guerra contra el terrorismo fuese suficiente para garantizar la seguridad de occidentales y orientales. Por el contrario, es el relato concreto de cada asesinato, el recuerdo de cada víctima, el recuento preciso de todas ellas lo que más nos aproxima a la realidad; y nos advierte de que los errores que puedan haber cometido los gobiernos y regímenes del hemisferio norte no son, por lo general, de alineamiento frente al terrorismo, sino de interpretación precisa de lo que eso ha de significar en cada caso y en cada momento.

Junto a la fosa común, el aserto de que “la debilidad mata” puede convertirse en una cruel afrenta respecto a la memoria de cada una de las víctimas.