Fractura europea

Más allá de lo que se decidiera en la cumbre de ayer, está la cuestión principal de fondo, el cambio profundo que de hecho se ha producido en la Unión Europea: los ricos se han cansado de pagar. Tal como suena. A la luz de este hecho, lejos de acercarse a los máximos, los acuerdos habrán sido, como mucho, justitos, apenas suficientes. En el momento de escribir no los conozco, pero espero que hoy compartamos un muy moderado optimismo. Ya sería mucho. Inútil pedir más Europa porque la aguja de navegar de la Unión señala el rumbo de los mínimos imprescindibles. Los países del centro y el norte consideran dos cosas: que los estados son la primera garantía del bienestar, y que ya han hecho bastante por los periféricos. No son los políticos, son las sociedades y sus élites. En bloque.

En el centro y norte de Europa todo el mundo está convencido, y con razón, de lo siguiente: con los fondos estructurales y de cohesión, se ofreció a los periféricos la oportunidad de aproximarse lo máximo posible a los líderes. La han desaprovechado. En Grecia y el sur de Italia, de una forma escandalosa. En España, sobre todo con un dispendio fabuloso en infraestructuras improductivas. A partir de ahora, tendrán que espabilar. La misma lentitud en perfilar un salvavidas para Grecia es un síntoma inequívoco de ello. Se salve o no se salve Grecia, tenemos la fractura europea del diferencial de niveles de vida instalada por muchos años.

Este es el nuevo parámetro. Podemos obviarlo, protestar, argumentar o maldecir a la señora Merkel. No hay nada que hacer. Esto no cambiará. A partir de ahora los pobres de Europa tendrán que espabilar. Los que están varios escalones por debajo de los ricos de Europa, que es nuestro caso, deberán resignarse o subir por su propio esfuerzo, sin que nadie se sacrifique para echarles una mano. Por el contrario, veremos cada vez más cómo las políticas monetarias y la mayoría de acuerdos dificultan la competitividad de los menos ricos. Los que han hecho Europa han decidido que se acabó preocuparse por los periféricos. Ya se espabilarán. Una moneda con grandes diferenciales geográficos de bienestar. Si los rezagados quieren atrapar al gran grupo, que pedaleen más fuerte. Punto y aparte.

¿Y por qué nadie se plantea irse? Como saben todos los griegos menos los de la plaza Syntagma, fuera la subida es más empinada que dentro. En España, en cambio, el ejercicio de realismo se empaña con un velo proeuropeo propio de soñadores. Ya es hora de quitárselo. Reclamar más Europa es fantástico. Entre los españoles, y más entre los catalanes, se instaló la opinión de que Europa va mal por culpa de los estados. Iba mal cuando pagaban. Imagínate ahora si no pagan. Con perdón, la mirada que se impone es la de los que han hecho Europa, que no somos nosotros, y es la contraria. No sacaremos gran cosa de darles lecciones.

Fue un error considerarnos europeos de primera. A ver si con un recurso geográfico reconocemos el lugar en el que estamos. No es en donde quisiéramos estar. No es un lugar tan bueno, pero es el nuestro. En la escuela aprendimos que Egipto es hija del Nilo. Del mismo modo, Europa es hija de los ríos que nacen en los Alpes o en las montañas cercanas y discurren por las grandes llanuras. La Europa de los últimos mil años ha sido constituida sobre todo por las tierras que riegan el Ródano, el Loira, el Rin, el Danubio o el Po. Esto incluye el norte de Italia, no toda Italia, pero sí el norte (y si no nos lo metemos en la cabeza no entenderemos nunca a Italia ni a Europa). Los países del Norte se han sumado. Con los del Este ya sabemos cómo les cuesta.

La fractura es de siglos. Se hunde la ilusión de borrarla con 20 años. Pero fractura no quiere decir ruptura. La necesidad de dimensión aún une más de lo que divide el fin de las transferencias. A pesar de la Europa de mínimos que se ha instalado, aún es mucho mejor cobijarse bajo el gran paraguas que ponerse a la intemperie. Y los que tienen el gran paraguas por el mango tampoco quieren perder dimensión en este mundo de gigantes. Ahora bien, si alguien había confundido el paraguas con una guardería, ya puede bajar de las nubes. Los pájaros abandonan el nido cuando consideran que los pollitos ya son bastante mayorcitos para buscarse la vida. Por mucho que abran el pico y píen, ya no les caerá la comida. Nunca más. Invertirán por el interés común y eso será todo. Ya es todo.

Los ricos de Europa, además de haberse vuelto insolidarios, tienen intereses. La dimensión del mercado les importa. La solvencia de la moneda, también. La idea de que los bancos pierdan una parte del capital que dejaron con tanta alegría a Grecia es estupenda. La de los eurobonos universales, impracticable, porque equivale a germanizar la deuda de los insolventes y de los menos solventes.

No somos dueños de las circunstancias. No podemos cambiar Europa. Nunca hemos podido, pero ahora menos. Las circunstancias nos favorecían. Ya no tanto. Ahora somos conscientes de las nuevas dificultades. Y del valor del propio esfuerzo. Nosotros sí podemos cambiar.

Xavier Bru de Sala, escritor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *